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Sábado, 23 de enero de 2021

Las cuentas del Gran Capitán 

La política estadounidense nos ha tenido en un sinvivir y en la aldea global todos contenemos el aire mientras se cuentan los votos, los muertos, los positivos, los negativos y hasta los neutros. Lo de contar es una actividad muy primaria y me acuerdo de mi madre preguntando antes de poner la mesa: “¿Cuántos somos?” En este tiempo que nos toca vivir, salvo en la sala de espera del especialista o en las aulas de secundaria, somos pocos, habas contadas, menos de seis.

-El que parte y reparte se queda la mejor parte.

En mi casa, el que reparte es un matemático avezado que se da cuenta de que ha trazado mal la partición de panes y peces y siempre aduce que no tiene hambre, que algo le ha sentado mal o que no quiere más. Somos de pueblo, pero muy mirados con que nadie se quede sin arte ni parte. De ahí el talento multiplicador de mi madre cuyas ollas no tenían fondo, igual que el hambre de mis hermanos, que no tenían más gusto que dejar el papel del chocolate vacío en el frigorífico para que el siguiente se llevara una sorpresita.

-Mamá, que se te ha acabado el azúcar, ya no tienes en el fondo de reserva.

-Qué alegría cuando vienen y qué descanso cuando se van ¿Me meto yo a mandar en tu casa?

La intendencia de las madres de mi generación daba para dos ministerios, el de economía y el de Santa Rita, patrona de los imposibles. Eran especialistas en alargar el jornal, comprar bueno y barato, hacer de un pollo una bandada y del cerdo, una piara. Con ellas no faltaban ni el pan, ni la sal ni el azúcar, y siempre tenían un lugar secreto donde esconder el arroz, los paquetes de macarrones, las latas de conserva y el café. A ellas una pandemia no las dejaba desabastecidas y si siempre había un puñado de gambas congeladas para hacer sopa, y en los resquicios de la nevera, fondo de armario para uno de esos guisos contundentes y por la noche sopa de ajo, que calienta mucho el estómago.

-Mamá, es que el ajo me repite.

-Pues mejor. Así te acuerdas.

De a poquitos, pero siempre cargadas, nuestras madres salían a hacer cola y venían con la bolsa alargándole los brazos, acarreando un carro que pesaba más que ellas. Eso del comercio de proximidad lo inventaron las madres, y lo de no consumir plástico, también. Lo suyo era el cuarto y mitad del corazón, el puñado de una cosa, el cucurucho de la otra, el envoltorio en papel de estraza para desenvolver en una mesa que era tabla de cortar, de amasar y hasta de hacer los deberes. Lo suyo eran las cucharas de madera, las agujas de punto, el zurcido del corazón y la zapatilla pedagógica. Esa que no osan usar con un nieto aunque la criatura le pinte una pared con el rotulador con el que marca la caja de las pastillas.

-Salió artista la criaturita, con lo mal que dibujaba su padre.

Y de las cuentas y los cuentos, las del Gran Capitán, las de la vieja, las de la pandemia, las del banco, las del rosario que se reza cuando uno se acuerda de tanta letanía, mi madre saca una conclusión llena de gracia.

-Hay que ver cómo pasan los días, si es que una no se da ni cuenta.

Y contamos con los dedos, ábaco del corazón, muertos y muertas, cuentos de la vieja y puntadas al derecho y al revés. Tu cuenta, cuenta…

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.