Domingo, 29 de noviembre de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Tan solo un ejemplo

Rubén Juy relata con su propia experiencia lo que está suponiendo para tantas personas el aislamiento por el coronavirus

Me despierto y miro el reloj; aún faltan dos minutos para que suene el despertador, por lo que maldigo mi mala suerte y empiezo a caminar, en silencio, hasta la cocina. Las nubes de los últimos días, cargadas de lluvia, se han esfumado como por arte de magia y en el cielo brilla un sol demasiado radiante para el mes de noviembre. Que lo disfruten los que puedan.

Mientras la taza de leche gira en el microondas, mi móvil me avisa de que el primer WhatsApp de la mañana acaba de entrar. Es ella y, a juzgar por su mensaje, la noche no ha sido todo lo buena que debería. Aun así, nada de malos pensamientos, es un nuevo día y hoy toca pensar en positivo. Acto seguido, niego con la cabeza y maldigo mi inoportuno sentido del humor.

Me pongo la primera mascarilla y encima la segunda. Cargo la bandeja con el desayuno y la deposito en el suelo, a escasos centímetros de la zona cero de la casa. Toco la puerta y me alejo unos metros. Debería irme, pero mis piernas se paran y esperan en un punto inexacto del pasillo, a varios metros de distancia, mientras sus compañeras, las manos, juguetean nerviosas. A los pocos segundos la puerta se abre y, del interior de la habitación prohibida, aparece ella, su mascarilla y una cara completamente demacrada. Sus ojos me sonríen insistiéndome en que todo está bien, que la noche no ha sido para tanto y que ya está casi superado. Nos miramos durante unos segundos sin decir absolutamente nada hasta que, el primer responsable de los dos (que siempre es ella), corta esa comunicación visual tan extraña y vuelve a la triste realidad.

Regreso por el pasillo y me quito ambas mascarillas tirando ligeramente de las gomas. Inconscientemente, agarro el bote del alcohol y suelto una buena dosis sobre mis manos. No es necesario, claro que no, pero, sin saber muy bien por qué, siento que es lo apropiado.

Entro, de nuevo, en la cocina y, en la mitad de tiempo y con la mitad de esmero, preparo mi desayuno. Una vez listo, me siento, abro su conversación y le doy al botón de videollamada. Una señal, dos, tres y, antes de que suene la cuarta, la pantalla de mi teléfono se divide, mostrando dos personas que están a tan solo unos metros de distancia, pero que se sienten a millones de ellos.


Ella lleva todavía la mascarilla, pero se la quita al instante. Al hacerlo sonríe por instinto, pero su expresión es excesivamente apagada y triste. Unas ojeras kilométricas, acompañadas por un gran herpes en su labio, me confirman que la noche, en efecto, ha sido una auténtica mierda.

Permanecemos unos segundos callados, escudriñando cada una de nuestras caras pixeladas. La conexión no es buena pero conseguimos distinguir los rostros con bastante detalle. Algo es algo.

Comenzamos a hablar de temas triviales, los cuales mantenemos hasta que ella da el último sorbo a su Cola Cao. Mi vaso, por entonces, ya está vacío.

Me pregunta qué voy a hacer esa mañana y le cuento mi plan: fregar los platos del desayuno, escribir un rato, adelantar mi tesis doctoral y, a la una, hacer la comida. Hoy macarrones; tan ricos.

Le devuelvo la pregunta y, haciendo una mueca de despreocupación, me responde que tiene pensado irse a hacer una ruta de veinte kilómetros y que, dependiendo las ganas que tenga después, irá al cine o a tomar una copa con sus amigas. Reímos ambos, con esa cara que solo dos personas enamoradas saben poner. Nos despedimos hasta la hora de la comida. Yo le digo que la quiero y ella me responde el típico “yo más”. Repite la misma jugada cada día, pero, curiosamente, nunca me canso de escucharla. Me dedica una última sonrisa de resignación y, acto seguido, finaliza la videollamada.

Entonces, y solo entonces, comienzo a llorar.

Esta es solo mi historia, pero apuesto a que es similar a la de cientos de miles de personas que, día a día, sienten la soledad y la tristeza del aislamiento.

Sirva este texto para dar ánimo y aliento a todos los que, como nosotros, luchan contra el virus.

Nos leemos el próximo domingo por aquí o, hasta entonces, en Instagram.

@rubenjuy