Viernes, 4 de diciembre de 2020

“El contexto de la actualidad”, opinión del sevillano Enrique Barrero Rodríguez

Portada de Derecho rendido y sociedad durmiente, de Betania

 

La madrileña Editorial Betania, dirigida por Felipe Lázaro, acaba de publicar, en su colección Ciencias Sociales, el libro Derecho rendido y sociedad durmiente (Un ensayo desde el desencanto), el cual contiene 11 ensayos y un epílogo firmado por Enrique Barrero Rodríguez, jurista y poeta sevillano. El prólogo es de Rafael Rodríguez Prieto. He leído varios de los ensayos y, debo comentarles que el libro es muy interesante.

 

Por ello he querido compartirles, con permiso del editor, la primera reflexión de este libro que merece tenerse entre las lecturas de referencia.

 

EL CONTEXTO DE LA ACTUALIDAD

 

El mundo actual es solamente insoportable vértigo, marasmo y confusión. La relatividad ha impuesto su dictado aciago y la ira ha arrastrado cualquier atisbo de serenidad y de sosiego hasta el estercolero del abismo. Los parlamentos, los Senados, a veces incluso hasta las Academias y los foros más distinguidos, se han convertido en una jauría ávida de confrontación y vociferante. La razón que alumbró el siglo de las luces se ha disipado en la noche oscura de la mediocre uniformidad.

 

Asolados por las pandemias invisibles e indemostradas del miedo, los pueblos han cerrado sus fronteras y sus aeropuertos mientras los derechos se sacrifican en el mercadillo ambulante de las democracias traicionadas.

 

Los hombres se detestan, como en los versos del poeta Ángel González se aman de dos en dos para odiar de mil en mil y engendran toneladas de asco por cada milímetro de dicha. Hay un brillo acechante de navajas dialécticas en los ascensores, donde el Buenos días es compatible con el espionaje secreto de las conductas ajenas.

 

Los seres humanos se aborrecen, pero se arrodillan en minutos de identidad planetaria, se solazan en regueros de tuits clónicos, incapaces de pensar; aplauden desde el alféizar con las manos blanqueadas los lemas y consignas que les sean dictados por el interés o la calculada corrección política.

 

La Humanidad toda se ha convertido en los últimos tiempos en una ola gigantesca de miedo e incertidumbre que ha favorecido el oportunismo de gobernantes que sacrifican los valores de la sagrada libertad en el altar interesado y perverso de una seguridad presuntamente amenazada.

 

La muerte, la decadencia, el dolor y la enfermedad, realidades y certezas que han acompañado los pasos del ser humano sobre la tierra desde la noche de los tiempos, eterno nombre sin fecha en el verso preciso del poeta Vicente Aleixandre, se han convertido en hechos que desatan alarmas furibundas, insospechados y colectivizados pánicos, como si el jactancioso y engreídamente denominado Estado del bienestar hubiera de asegurarnos la vida por democrático e igualitario imperativo o concesión graciosa de los gobernantes, produciéndose en caso contrario universales aflicciones y poderosos corrimientos de tierra (1).

 

Como delicado y sensible sistema social el Derecho ha comenzado a tambalearse peligrosamente ante este cúmulo de adversidades derivadas de este extravío conceptual de la contemporaneidad. El Derecho debería haber servido de freno, de dique de contención frente a estas aguas enfangadas derivadas de esta ola, de este tsunami que está anegando la cosecha de nuestras vidas y los muros de los hogares tras los que nos han encerrado y puede que vuelvan a hacerlo.

 

El Derecho y la inteligencia deben volver a reclamar la muerte, deben partir de la constatación irremediable de que la muerte acude inexorable y nos iremos con paso ligero de la tierra que un día habitamos por azar o providencia. El espectáculo que nos rodea, sin embargo, no parece dar pie para abrigar demasiado optimismo.

 

Nunca como en la actualidad resultó tan nociva y perniciosa, tan autodestructiva y sorprendente el alma de esclavos de los seres humanos. Ha muerto la libertad porque es más fácil la muerte de la libertad, porque resulta más cómoda la enfervorizada adhesión al clon aséptico, al pensamiento inane, al apriorismo bobo, al eslogan, a la consigna telegrafiada del publicista o demagogo de turno.

 

-Boga de ariete –gritaba el cónsul romano a los amarrados a galeras en la célebre e inolvidable escena de la mítica película Ben-Hur. Y aquellos infortunados remaban exhaustos hasta el abatimiento y el derrumbe físico. Al menos, ellos remaban encadenados y forzados. La humanidad, sin embargo, rema hoy indigna, arrastrándose feliz y sonriente ante los cantamañanas que han dispuesto su humillación y su oprobio.

 

Con independencia de algunos valerosos articulistas y escritores de medios de comunicación independientes de la prensa tradicional o escrita, porque el entramado de las redes sociales ha colonizado de manera perversa y desquiciante, para su propia degradación y deterioro, el gran océano del mundo, pocos son quienes levantan la voz ante esta situación desquiciada. En el mejor de los casos guardan un amedrentado y cómplice silencio, sabedores seguramente de que en la arena de la refriega dialéctica

serán irremediablemente derrotados si no están revestidos, como sus contendientes, del escudo mágico e invisible de la corrección política.

 

Vivimos sobre la gasolina derramada. Vivimos en la espesura umbría donde el sol ni siquiera se filtra por entre las ramas de los árboles porque, en el fondo, la tecnología no nos ha servido para levantar la vista hacia las estrellas sino que seguimos siendo las mismas bestias, las mismas bestias que han convertido el dolor en estadística y han vuelto a arrojar, como los aguerridos espartanos, a los enfermos por las laderas del monte.

 

Unos cuantos aprovechados, lúcidos en su inteligencia práctica y en la enfermedad de su ambición, como sabuesos espoleados por el olor pútrido de un cadáver en descomposición, han olfateado que los hombres quieren cantar abrazados, adormecerse

con una nana silbada al oído, olvidar que la muerte existe, que la muerte nos acompaña sin remedio, entornar los visillos para vigilar al vecino independiente, aplaudir mientras autolesionan su libertad, silbar lemas y cancioncillas bobas. Estos aprovechados han dictaminado y decidido la muerte del Derecho y bien podríamos llamarlos figuradamente, claro, los nuevos tiranos, los asesinos del Derecho.

 

Nota 1: Al frívolo hedonismo de la posmodernidad le aterra la muerte y la excluye de su vocabulario nihilista. Tal y como ha escrito AZNAR FERNÁNDEZ- MONTESINOS, F., (2018), “El mundo de la posverdad”, Cuadernos de Estrategia, núm. 197, p. 26. “El posmodernismo también es posheróico. La muerte, las ideas negativas, pesarosas y aun hasta el mismo esfuerzo desaparecen. Es este un tiempo líquido, sin certezas ni relatos; no reconoce nada valioso detrás del esfuerzo, se desecha a los héroes por innecesarios o incluso por peligrosos; los héroes, a lo mucho, son personajes genéricos o carcasas”.

 

Enrique Barrero Rodríguez

 

ENRIQUE BARRERO RODRÍGUEZ (Sevilla, 1969) es Profesor Titular de Derecho mercantil de la Universidad de Sevilla, dedicación profesional que compatibiliza con la actividad literaria y en la que cuenta con tres sexenios de investigación oficialmente reconocidos. En el primero de estos ámbitos ha publicado con anterioridad las monografías El Consorcio de Compensación de Seguros (Tirant Lo Blanch), Las excepciones cambiarias (Tirant Lo Blanch) y Hacia un nuevo régimen jurídico de la creación industrial (Marcial Pons). En cuanto a su actividad literaria destacan títulos poéticos como El tiempo en las orillas (Colección Adonais), Poética elemental (Editorial Renacimiento), Fe de vida (Colección Ángaro de Poesía), Liturgia de la voz abandonada (Cuadernos de Sandua, Cajasur), Instantes de la luz (KRK Ediciones) o Los héroes derrotados (Fundación Valparaíso), junto con poemas publicados en revistas literarias nacionales e internacionales como Renacimiento, Extramuros, Suspiro de Artemisa, Hilos de Araña o Piedra del Molino. Ha obtenido numerosos reconocimientos literarios, entre los que destacan el Premio Florentino Pérez Embid de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, el Ateneo Jovellanos de Gijón o el Primer Accésit del Premio Internacional de Poesía Luis Cernuda del Ayuntamiento de Sevilla.