Domingo, 29 de noviembre de 2020

Goodbye Trump

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Una de las últimas mañanas de esta semana escuché a un comentarista radiofónico agradecer a Biden que haya sido capaz de ganar a Trump y “echar a la basura de la historia a ese personaje funesto y deleznable”. Esta expresión resume el sentir general de una inmensa mayoría de la población que habitamos en los países económica y socialmente más avanzados del planeta. Incluso entidades políticas supranacionales, como la Unión Europea, celebran que deje de ser el inquilino de la Casa Blanca porque durante su mandado no ha hecho más que inocular odio y enfrentar y dividir a la sociedad norteamericana; una sociedad que tardará tiempo en recomponer los jirones de la convivencia, rotos deliberadamente por la prepotencia y la soberbia de quién ha sido su presidente –mejor dicho caudillo- durante los últimos cuatro años.

El escrutinio de los votos de los ciudadanos está siendo largo y tedioso (lleva ya tres días al cierre de la elaboración de este artículo) y, aunque Biden gana en el conjunto de USA por más de 4 millones de votos, la decisión final será proclamada por los denominados “votos electorales” de cada uno de los 50 estados que lo componen. Esos votos electorales son emitidos por los compromisarios elegidos por cada estado y que, en definitiva, serán los que eligen directamente al presidente norteamericano. De ahí que un candidato pueda tener más votos emitidos por los ciudadanos y, en cambio, no ser elegido presidente. Es lo que ocurrió hace 4 años en los que Hillary Clinton obtuvo más votos de los ciudadanos, pero menos votos electorales de los respectivos estados.

Como parece muy previsible, Biden ganará las elecciones y será presidente, aunque Trump no ha aceptado ni aceptará el resultado, acusando de fraude, pucherazo y corrupción a Biden y al partido demócrata y calificando de “ilegales” muchos votos depositados por los ciudadanos. Todas estas acusaciones las está formulando sin pruebas y sin que lo comparta la mayoría de su séquito republicano. Es más, ante la conferencia de prensa ofrecida por Trump este viernes, en la que escupe literalmente odio y perversión, muchos canales de televisión han suspendido la emisión de la comparecencia. ¿Cómo es posible que el presidente del país más poderoso de la tierra tenga tanta maldad y sea tan poco respetuoso con los valores profundamente democráticos que siempre han caracterizado al pueblo norteamericano?

Trump, profundamente déspota y autoritario, ni siquiera ha tenido el valor y la humildad de rendirse ante la evidencia y lleva tres días amenazando con acudir a los tribunales de justicia para buscar una victoria que las urnas no le han dado. Qué diferencia con otros presidentes (también republicanos) como George Bush (padre), que cuando perdió las elecciones en 1992 frente a Clinton dijo que “el pueblo ha hablado y nosotros respetamos la majestad del sistema democrático”, felicitando al ganador y poniéndose a su disposición para que el traspaso de poderes se llevara a cabo de la mejor forma posible.

No obstante, aunque Trump acabe en la “basura de la historia”, sus vientos de cólera, odio y persecución hacia todo lo que no se mueve en su dirección ideológica, han invadido el escenario político de muchos países avanzados y hay multitud de ejemplos: Salvini en Italia, la radicalización de los conservadores británicos, Marine Le Pen, en Francia y, por supuesto, Abascal y los líderes de Vox en España, donde esos vientos se han “huracanizado” llevándose por delante también al mediocre presidente del PP, Pablo Casado, y a muchos de sus dirigentes actuales. Ese es el origen del mezquino comportamiento político de Ayuso y de la crispación siempre latente en los debates parlamentarios en el Congreso y en el Senado. Abascal y Casado, al igual que Trump, no han reconocido la victoria electoral del PSOE en las pasadas elecciones (generales, europeas, autonómicas y locales) y califican sistemáticamente al gobierno español de “ilegítimo, separatista, golpista”, que simpatiza con los terroristas e incluso de “gobierno criminal”. Y como ejemplo, han sellado alianzas de gobierno en varias regiones, como Andalucía y Madrid (entre otras) y ayuntamientos importantes como el de la capital de España.

Al menos, el primero, Abascal, aunque duro y atrabiliario, es claro y sincero conforme a sus planteamientos políticos e ideológicos y tarde o temprano se irá desinflando como le ha pasado a Trump. El máximo peligro está en el segundo, Casado, que, siendo fiel seguidor de los planteamientos materiales del “trumpismo”, se hace pasar hipócritamente por moderado, reivindicando el centro político, cuando sus hechos y su estrategia política demuestran todo lo contrario, su huida hacia posiciones radicales de la extrema derecha. Mientras siga alternando entre los personajes de doctor Jekyll y Mister Hyde, manteniendo e incluso resaltando más esa dualidad, su espacio político será arrebatado, por la derecha por Vox y por la izquierda por Ciudadanos y PSOE.