Todo lo que muere

Noviembre vuelve a desplegar la sombra de los imponentes cipreses sobre el cementerio. Pasea cabizbajo entre el gentío de la urbe funeraria, envolviendo de tristeza y engalanando de rigurosísimo luto sus treinta días y sus treinta noches. Ignorando lágrimas y esquivando miradas vacías; coloca, en completa soledad, polvo sobre las lápidas para que las personas se afanen en limpiarlo  y aquellos que descansan sepan que alguien los cuida con el corazón puesto en los trapos ajados. No hay nadie que consuele a noviembre, tan cansado de ser testigo del dolor y de amanecer muerto cada año, convertido en el alma errante del calendario.

Paseando como de costumbre por la ciudad, miré con atención los escaparates de las tiendas llenas de telarañas falsas y demás adornos que anunciaban la cercanía del pasado Halloween y con ello, la cercanía de noviembre, el mes de los difuntos. Y recordé el efecto lóbrego de la muerte atado a tantas cosas. Cargándoles con una aura que no es la suya. Usurpando y suplantando su lugar en el espacio y el tiempo. Lo primero que me vino a la cabeza tras ser sorprendido por estos recuerdos fue en una placa que reza lo siguiente: “LOS QUE DAN CONSEJOS CIERTOS A LOS VIVOS SON LOS MUERTOS” incrustada en una de las esquinas de la Iglesia de San Julián y Santa Basilisa. Dicha expresión es, por lo menos, una advertencia que nos puede llegar a ayudar en algún momento. Los hechos o lo dicho por un muerto pueden servir de ejemplo para muchos. Es también una buena manera de reflexionar sobre el final de aquellas cosas que nos construyen y destruyen sin que seamos conscientes de ello. Al fin y al cabo, no solo los seres vivos mueren.

Pienso en todos aquellos infructuosos cálculos matemáticos que al principio me ayudan, pero al final me pierden en los exámenes y cuyos números dejan de respirar al pasar la goma con inquina sobre ella. Pienso en todas las palabras que me quedaron por decir y que no pude pronunciar. Pienso incluso en las veces que no saludé porque no tenía ganas. Todo esto muerto y amalgamado en su propia fosa común y yo cometiendo delitos de homicidio en grado de tentativa cada día. Cosas sin nombre ni apellidos que mueren puntualmente, sin tener su propia necrológica. Todo esto que muere sin velorio, sin despedidas, sin dar el pésame. Quizás sólo robando unos minutos a la vida diaria, apareciéndose sin haber venido, preguntando qué nos va a pasar cuando termine la noche y rebelándose contra el letargo. De este tipo de muertes, las que más me duelen son otras más complicadas. Cada día me acuerdo de personas con las que hace mucho que no hablo o que no veo y quisiera saber qué es de su vida y si todavía me corresponde algún lugar en ella. Para que vivan un poco más conmigo, porque me niego a dejarlas morir en mi memoria, aunque quizás yo ya haya muerto en la suya y se tengan que ir un día de la mía. Porque al fin y al cabo, todo lo que muere “revive” cuando lo recordamos y no quisiera olvidar aquello que me hizo un poco más feliz algún tiempo.