Viernes, 4 de diciembre de 2020

Se nos va el año sin conocer estaciones

El otoño está resultando de lo más atractivo. Las mañanas brumosas y frías, alguna lluvia, los atardeceres exultantes de color; todo está siendo ideal para dar largos paseos vespertinos. Las tardes son tan breves, tan llenas de vida e intensidad que no quiero perderme ni un solo instante de la belleza inigualable, imposible de encontrar en otra estación del año. Noviembre está ya en su segunda mitad y la neblina, junto al aire, dejan una pátina de humedad en las calles, que invitan a perderse por ellas hasta que el crepúsculo sea solo recuerdo y la noche, sea la dueña de la ciudad hasta que el alba irrumpa un día más.

Iría y Enrique están integrados en el hogar,  son dos miembros más.  Lo que hace que seamos familia numerosa. Me despiden en la puerta de entrada y reciben con alborozos la llegada. Hoy es día de compra semanal. Aprovisionar la despensa con todo lo preciso. En la frutería he de enfrentarme al primer obstáculo. Siempre hay alguien que tiene demasiada  prisa por salir a charlar largo y tendido en la puerta y, claro está, necesita colarse con las argucias más grotescas e irrisorias. Enrique e Iria, esperan impacientes mi retorno,  al llegar les contaré como un precioso perro blanco, espera a su dueña,  orina disimuladamente junto a la bolsa de una señora que se ha regocijado en su habilidad por pasar por delante de todas las personas que hacíamos cola para pagar  en la caja. Está tan ensimismada  que no se percatará de las salpicaduras del chucho.

La ciudad, una vez recuperada de las modas extranjeras de las fiestas de fantasmas y monstruos ajenos nuestra cultura.  Este año, solo pequeños disfrazados, el covid nos tiene amedrentados,  mucho más que Halloween. El alumbrado -anticipado-  nos anuncia otra Navidad, muy diferente a todas las natividades  vividas en la centura del siglo XX. No se habla de consumismo y postureo social, nos dejan que demos muestras de solidaridad, efímera. De momento  un año bisiesto, se nos va de las manos sin enterarnos  que ya pasó primavera, verano, otoño y casi estamos inmersos en pleno invierno, todas la estaciones nos han parecido iguales,no así a la sabia  naturaleza, que indiferente, siguió su curso, quizá más hermosa, seguramente  por ayudarnos a llevar la pesada carga del confinamiento. Eso digo a mis gatitos, que escuchan atentos las historias. Abro el buzón,  además de las habituales facturas y publicidad variada, contiene una carta .¡Una carta en estos tiempos! Dije en voz alta. La señora del tercero me mira sorprendida.

Inquieta la abro. Es solo un reconocimiento del Instituo Cervantes a los años que llevo trabajando en soledad, un año más me nombran, Embajadora de la Palabra. Muevo la cabeza y digo ¡Señor cuantas envidias levanta un reconocimiento meritorio!  Iria y Enrique parecen sonreír -¡Como deseo llevaros al parque, seguro, que disfrutáis de la belleza que aun tienen los arboles con sus diferente tonalidades- Pero esta propuesta no parece interesarles, se entretienen en abrir las bolsas. Son así, y así los adoro. Regresan al sofá para a continuar durmiendo.