El asintomático

No cabe duda que esta pandemia será también culpable de poner en circulación vocablos cuyo uso estaba ya algo “oxidado”, o sacados del ambiente normal en que se emplean: coronavirus, mascarilla, pandemia, confinamiento, desescalada, EPI, PCR, teletrabajo, asintomático, etc. Es este último el tomado prestado para nuestro comentario de hoy.

En medicina, se dice que una persona es asintomática cuando padece una enfermedad o infección y no muestra los síntomas con los que normalmente se presenta. En el caso que nos ocupa, se calcula que el número total de personas contagiadas por la Covid-19, pero sin los síntomas característicos, puede ser el doble de las diagnosticadas. De ahí la necesidad de tenerlas controladas, lo más pronto posible, para evitar que sigan contagiando a las sanas. Precisamente, la diferencia en la eficacia mostrada por los gobiernos radica en la mayor o menor cantidad de análisis hechos para diagnosticar - ¡y controlar! - los positivos asintomáticos Y no miro a nadie.

 Por analogía, podemos afirmar que hay ciudadanos que presuponen estar sanos y, como desconocen que no lo están, no son responsables directos de los posibles contagios que originen. Por el contrario, cuando sí que son conscientes y persisten en su condición de sanos, adquieren una responsabilidad de la que se les debe exigir cuentas.

Cuando una persona se considera sincera, amante de la verdad, consecuente con lo que dice o promete y, de una forma totalmente consciente, tiene la costumbre de faltar a esa verdad o a ese compromiso, decimos que es un mentiroso compulsivo y, por consiguiente, no es sincero. Aplicando ese razonamiento, podemos concluir que Pedro Sánchez, que repetidas veces aseguró no aliarse con Podemos ni con partidos independentistas para acabar haciendo lo contrario, no es una persona sincera. Dirá que es sincero, pero la verdad es que no tiene ninguno de sus síntomas.

En una nación como España, dotada de una Constitución aprobada por abrumadora mayoría y en cuyo Título VI queda meridianamente clara la función del poder judicial y la obligada independencia de jueces y fiscales, se supone que el gobierno debería seguir lo que en el mismo se indica. Si se vale de una mayoría parlamentaria -por muy artificial que sea- para bordear ese texto y nombrar los miembros necesarios del CPJ afines a sus ideales, que puedan influir en aquellas sentencias de los altos tribunales que afecten a sus intereses partidistas; o que nombre como Fiscal General del Estado a una persona que previamente ha desempeñado la cartera de Justicia en el partido que gobierna, estaríamos hablando de una nación cuyo presidente está saltándose la Constitución. No es casualidad que desde que la exministra Dolores Delgado fue nombrada se hayan dado actuaciones del ministerio fiscal muy difíciles de asimilar para un ciudadano sin toga. Lo acabamos de ver con algunas sentencias que han visto la luz tras los sucesos del 1-O. Ignoro si Sánchez ha obrado por propia iniciativa o le han espoleado los chantajes de algún partido en apuros. En cualquier caso, es lo que tenemos y de lo que no se arrepiente, y, además, se jacta de ser más demócrata que nadie. Pues, no señor, es Vd. un demócrata totalmente asintomático.

Pocas naciones de nuestro entorno europeo –yo creo que ninguna- han sufrido una etapa tan larga y tan dura como la que emprendió ETA contra todos los españoles de bien. Tantos muertos a manos de unos asesinos sin conciencia ni remordimientos han teñido de luto a casi mil familias, que han visto cómo debían tragarse sus lágrimas ante la bravuconería de los autores y ante los privilegios que han recibido de forma bochornosa, sospechosa o, al menos, incomprensible. Se puede presumir de progresismo cuando ello signifique practicar una política que mejore las anteriores, pero nunca cuando consista en mercadear con la honradez, la dignidad y el dolor de los demás –algunos, compañeros de partido- para obtener beneficios o para seguir aferrado al poder. Eso no lo concebiríamos hoy en uno de los políticos de nuestro entorno –por ejemplo, francés-, pero se ha dado en España, cuyo presidente no ha dudado a la hora de negociar con los compañeros de armas de los asesinos de tantos españoles inocentes, y acercado a sus domicilios, a escondidas, a los presos que cumplen condena, pero que no se arrepienten de nada. Para que no haya demasiadas dudas de lo que digo, con ocasión del fallecimiento del exdirector general de la Policía Nacional y Guardia Civil, Juan Mesquida, Pedro Sánchez puso un twiter en el que se calificaba el terrorismo de ETA como “lucha armada”. Eso lo ha hecho el Presidente del Gobierno de España, que no digo que no sea español, digo que es un español muy asintomático.

Cuando se padece un gobierno que ha demostrado ser el que peor ha gestionado en todo el mundo la puñetera pandemia del coronavirus, no es justo que, además de sufrir las consecuencias, tengamos que comulgar con el mantra de ser uno de los gobiernos más eficientes de nuestra órbita. Lo dicen conscientes de que mienten y se irritan si se lo niegas. Durante la primera oleada de contagios fuimos el modelo de lo que no se debe hacer, sin que se pusiera remedio, hasta que se tuvo que ordenar el más largo y duro confinamiento de cualquier nación. Era tal el desdoro sufrido que, nada más constatar buenos resultados, le faltó tiempo a Sánchez para colgarse la medalla del éxito personal y, a la vez, soltar la responsabilidad futura en manos de las autonomías. Por pura egolatría, se nos urgió para que saliéramos alegremente porque “hemos vencido al virus”. Las consecuencias nos han traído hasta hoy. Vista la tranquilidad que le proporcionó el primer estado de alarma, y la posibilidad que le otorgó para gobernar sin dar explicaciones en el Congreso, Sánchez ha visto el cielo abierto -perdón por la alusión. Otro estado de alarma, pero esta vez para seis meses, que no quiere que se le pidan explicaciones. Una vez más, tenemos un presidente que presume de ser progresista y amante de la Constitución. Lo de progresista ya lo hemos aclarado más arriba. En lo de constitucionalista, hay que reconocer que estaríamos hablando de uno totalmente asintomático.

Desde que “disfrutamos” este gobierno de coalición, Sánchez está empeñado en llevar a cabo una especie de golpe de estado “sui generis”, a base de ir introduciendo un goteo de reformas, aparentemente de objetivos parciales, pero encaminadas a un régimen presidencialista, estilo sudamericano, en el que se aglutinen los tres poderes. Aprovechando la vieja cantinela marxista de su compañero de viaje (esa que busca la destrucción del régimen del 78), ya ha emprendido la marcha. Basta observar las propuestas que se lanzan continuamente: Supresión del Senado, estatalización de la Banca, férreo control de los medios de comunicación, desaparición de la iniciativa privada en la sanidad y la educación, aumento de la deuda compensado con subida de impuestos, etc. Ahora bien, no se le cae la cara de vergüenza cuando, con la que está cayendo, propone subir el sueldo a los diputados y, acobardado por el unánime rechazo de la calle, da marcha atrás, pero espera al primer consejo de ministros para subírselo él y sus veintidós palmeros. Hay que concluir que Pedro Sánchez es un político que ha llegado a lo más alto del poder, pero, según los cánones que se observan en una democracia occidental, sigue siendo un Presidente de Gobierno asintomático. Cada vez se va pareciendo más a un absolutista.