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Domingo, 17 de enero de 2021

El vuelo de los ángeles de piedra

Rechonchos, barrocos, orondos. traviesos, los rostros rubicundos de su eterna infancia... se encuentran en monumentos de la ciudad

Uno de los angelitos retratados por José Amador Martín "subiendo y bajando por las fachadas salmantinas, detenidos en su vuelo"

         Sólo aquellos de probada bondad son capaces de percibir su existencia. Y el objetivo del fotógrafo, de limpia mirada y visión generosa, los descubre subiendo y bajando por las fachadas salmantinas, detenidos en su vuelo. Son los ángeles de piedra mollar, los querubines de la gracia. Rechonchos, barrocos, orondos en su generosidad de carne prieta, traviesos en el vuelo de sus alas, los rostros rubicundos de su eterna infancia, el pelo ensortijado en movimiento.

         Ángel significa guardián, enviado de ese Dios que se rodea de un ejército de seres hermosos y diversos. Son los querubines del escultor, del orfebre de la piedra de Villamayor que los talla con esmero de Machín Pintor que pintas iglesias. Poco tienen de mensajeros, guardianes de Dios, segundos en los nueve coros angélicos. Los nuestros, cabezones, rellenos, rollizos, más que nimbados de gracia, mensajeros de la gloria de Dios, parecen un enjambre de niños traviesos, un ejército de guardería, carne nueva y fragante, olorosa a jabón y a novedad. Son los bebés rellenos, los cachorros ahítos como bizcochos de carne a los que morder y masticar con fruición de abuela. Son los “putti” barrocos a medio camino entre las moscas molestas, los gorriones urbanos, los pollitos de la cartilla, los cupidos de los dibujos animados. Son nuestros ángeles de piedra que elevan la ciudad hacia las alturas de la gracia, graciosos y plenos.

         Y tiene el fotógrafo bienaventurado la capacidad de convocarlos: querubines, serafines, elegantes adolescentes alados como el Gabriel que anuncia la buena nueva a María o al Profeta. Ángeles que en Lorca tenía alas afiladas como navajas de Albacete en la reyerta nocturna, ángeles de Alberti, ángeles, que en el barroco monumental de la ciudad de Salamanca, juegan a ser cupidos, eros, traviesos y tiernos infantes deslizándose por el tobogán de la fachada ornamentada, de la columna, del cuadro donde la Inmaculada parece poner orden desde su altura de Madre. Son los alados, desnudos cupidos disfrazados de angelitos, espíritus guardianes del amor y del secreto, volando entre símbolos religiosos, heráldicos, guerreros. Les da el sol y parecen aún más apetecibles, pan crujiente, piel tostadita, delicada costra resbaladiza de puro tersa. Son la piel tirante de un bebé sano, de un infante perfecto.


         Sin embargo, qué rostro a veces desesperado, de pura sorpresa, tienen los “puttis”, angelotes, querubines, serafines, aves de rostro redondeado cuya misión era festejar la gloria de Dios y no lanzar flechas mitológicas. Las deidades aladas se remontan al mundo asirio y han sido siempre protectoras, como si las alas cubrieran a aquel que invoca su protección infantil, traviesa e imparable… ángel de la guarda, dulce compañía. El ángel tiene peso, entidad, nos cubre, nos cuida, nos guía, no me dejes solo ni de noche ni de día. Es patrono de quienes trabajan en el riesgo, custodios de los otros, vela junto a mí, que me perdería. Sin embargo, los nuestros, rechonchos, orondos, inflados de gracia, se pasean felices por los monumentos salmantinos dispuestos a seguir cometiendo trastadas, a alegrar el paso de los hombres por las calles ahora desiertas. Son los hermosos angelotes de rostro rubicundo, apenas cuerpo, solo alas, o desnuda densidad de bebé bien alimentado. Gordos adorables de puro abrazo, de achuche inmediato, desnudos y felices, acompañando madres, niños Dios de gravedad serena mientras a ellos les cabe toda la alegría en sus cuerpos generosos. Son los ángeles que adornan y que la mirada atenta y generosa de Amador Martín encuentra en plena trastada. Huyendo de una cornisa, escapando de la escena sacra, mirando hacia otro lado. Son los cupidos que invitan, epicúreos, a escapar al sol, a regodearse en la alegría, a revolcarse en la arena, a perseguir al perro, a escapar al recreo. Son los ángeles de nuestra esencia barroca que luego crecerán, serán adolescentes rubios, espigados, conscientes de su tarea, custodios de nuestra sombra… ángel de mi guarda, dulce compañía. Pero hasta entonces, el fotógrafo se detiene en su infancia prodigiosa, y les encuentra, todo carne, toda alegría, en su cualidad de niños a los que inundar de abrazos, cachorros adorables de la piedra, alados protectores de lo bueno. 

José Amador Martín, Charo Alonso.