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Martes, 26 de enero de 2021

Aquél 11 de septiembre

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La reciente victoria en Chile de los partidarios de una nueva Constitución nos ha retrotraído enseguida a aquella fatídica fecha en que los militares encabezados por Pinochet dieron un sangriento golpe de Estado contra el régimen de Salvador Allende. Está por ver que saldrá de ese proceso, pero una cosa parece clara: se trata de poner punto final a la actual constitución pinochetista, vigente desde 1980, y a la proyección política de una figura ignominiosa.

Recuerdo bien de ese día. Estaba en la universidad central de Barcelona y la noticia nos impactó en un momento de gran tensión política en Cataluña y en España, añadiendo pesar e indignación por la vileza del caso. Su denuncia fue enseguida una más de las líneas del activismo antifranquista en esos ambientes universitarios, que veían en Chile una situación no muy distinta a la de España. En ese momento –el curso 1973-74– la universidad de Barcelona cerraba sus puertas cada dos por tres y había un retén permanente de la Policía armada en el interior del recinto, lo cual da una idea de la continua agitación en que nos movíamos. Tanto es así que algunos profesores (recuerdo especialmente al añorado Jesús Mosterín) nos señalaban el peligro de que la irregularidad de las clases pudiera dañar nuestro futuro académico. (De hecho, a algunos nos amenazó el rector personalmente con la expulsión).

 Entonces la agitación más importante era la promovida por la Asamblea de Cataluña que, pese a su corta vida, era ya el organismo antifranquista unitario más implantado, integrando a partidos, sindicatos asociaciones de vecinos y estudiantiles, intelectuales y artistas. Pocas semanas después del golpe chileno, la policía interrumpió una reunión de la Asamblea y llevó a los 113 asistentes –casi el pleno de la élite política catalana– directamente desde la iglesia donde estaban a la cercana prisión Modelo. Y no menos vigoroso era el movimiento sindical, que ligaba sus luchas de empresa con la exigencia de libertades y la denuncia del proceso 1001 del Tribunal de Orden Público, que iba a condenar a la dirección de Comisiones Obreras por "asociación ilícita". Así mismo en las ciudades había un amplio movimiento vecinal y de colegios profesionales (abogados sobre todo).

Pero la diversidad de frentes en la lucha contra la dictadura, que entraba ya en su agonía, no nos impedía a los militantes ser muy sensibles los problemas de otros países, sobre todo a lo que entonces se denominaba "Tercer Mundo", donde muchos emprendían el difícil camino de la descolonización o de la liberación del neocolonialismo en el contexto de la Guerra Fría. Entre ellos, aparte de Vietnam, Laos y Camboya, atraían más nuestra atención y solidaridad política los de Latinoamérica. El golpe de Pinochet, el asesinato de Allende y la dura represión posterior fueron episodios muy destacados en un proceso general plagado de pronunciamientos militares, intervencionismo yanqui, subordinación de las economías al neoliberalismo de los Chicago boys (que se estrenaron en el Chile de Pinochet) , represión y miseria popular. Todo ello teledirigido por Estados Unidos, con la CIA y el siniestro Henry Kissinger al mando de las operaciones encubiertas (o no tanto).

Apenas podemos apuntar aquí algunas notas de una historia convulsa por demás. El caso es que la movilización provocada por este contexto político suscitó la correspondiente reacción represiva del franquismo. Muchos activistas fueron detenidos y encarcelados, entre ellos el que esto escribe, entonces afiliado al PSUC. Dos policías de la BPS me sacaron de la facultad a punta de pistola, convenientemente oculta debajo de una chaqueta doblada, y me llevaron a Vía Layetana. Y el 20 de diciembre del 73, el mismo día en que debía empezar el proceso 1001 y en el que fue asesinado el almirante Carrero, salí de la celda de incomunicación para compartir los patios de la Modelo con una multitud heterogénea de presos políticos.

En esas circunstancias, al menos tenía una coartada: yo no había sido.

(Foto: Europa press)