Domingo, 29 de noviembre de 2020

El Colegio Marista celebra el Día Montagne

Dada la emergencia sanitaria actual y la ilusión con la que los alumnos vivían esos encuentros, se ha decidido realizar un “hermanamiento online” por videollamada, cada uno desde su clase

Toda la comunidad educativa del Colegio Marista Champagnat ha celebrado este miércoles el día Montagne, una fecha muy especial para todo el mundo marista. Tal día como hoy, hace ya más de 200 años, Marcelino Champagnat conoció a Juan Bautista Montagne, un joven moribundo que no había recibido educación ni conocía la religión. Eso transformó a Champagnat y le llevó a fundar el Instituto Marista. En conmemoración de este día, todos los colegios de la provincia Compostela hemos tenido un momento para reflexionar sobre las necesidades que pasan muchas personas hoy en día y pensar quiénes son los Montagne de hoy.

En cursos pasados, celebraban esta fecha con un “hermanamiento”, en el que las clases de los mayores y las de los pequeños se unían para hacer juegos, almorzar juntos o acudir a una celebración. Dada la emergencia sanitaria actual y la ilusión con la que los alumnos vivían esos encuentros, se ha decidido realizar un “hermanamiento online” por videollamada, cada uno desde su clase, para compartir un rato especial, algo tan necesario para los niños y jóvenes en estos momentos tan inciertos.

La historia de Montagne

28 de octubre. Era un día del mes de octubre de 1816, el día 28, para ser precisos. En el paraje llamado “Les Palais”, cerca del Bessat, en la región del Monte Pilat, un adolescente de 17 años, Juan Bautista Montagne, estaba en cama, gravemente enfermo. Prácticamente había llegado al final de su carrera por este mundo. El joven vicario de La Valla-en-Gier, un pueblecillo de 2000 almas, el Pbro. Marcelino Champagnat, había sido llamado para asistir al moribundo. Cuál no sería su sorpresa al constatar que este adolescente no sabía nada de religión, ni de Dios, ni del más allá. El pobre muchacho se hallaba desprovisto de los conocimientos culturales y religiosos más elementales. Verdaderamente era alguien que ignoraba hasta a qué había venido al mundo y qué es lo que le esperaba después. A un momento dado, el joven se sintió presa de una inmensa angustia, tomó a Marcelino por los brazos y le gritó, con los ojos arrasados en lágrimas: “¡Padre Marcelino, ayúdeme!”. El vicario de La Valla, conmovido hasta lo más hondo de su corazón, lo atendió con enorme solicitud. Pero bien poca cosa podía hacer en semejantes circunstancias. La situación de abandono en que había crecido era gigantesca. Le habló de ese Ser Supremo que lo recibiría con gran amor porque era su Padre. Y de María, que era su madre… Después de que el joven Montagne falleció, Marcelino emprendió el camino de regreso a la parroquia, bastante alejada de la casa del Palais. Todo el tiempo que caminaba por esos senderos zigzagueantes de las montañas, no podía callar en el fondo de su corazón el eco de aquel grito angustiado del joven que había quedado atrás... Una angustia le subía hasta la garganta, como la oscuridad que se trepaba sobre los troncos y el follaje de los árboles que le rodeaban. Era una angustia semejante a la del joven, era una angustia compartida. Marcelino ya no oía una sola voz sino un coro inmenso de jóvenes en desamparo que gritaba. Detrás del grito de ese muchacho, Marcelino percibía el grito inmenso de la juventud abandonada en todo el mundo. Apenas llegado a su parroquia se puso a trabajar de inmediato. Era preciso responder a ese grito sin importar el precio. Y la respuesta que dio Marcelino Champagnat a la juventud que pide auxilio, son los Hermanitos de María que él fundó, a sólo dos meses de haberse encontrado con el joven Montagne.

Episodio Montagne, por el H. Aureliano Brambila.