Entre el miedo y la esperanza

Cada vez que siento el Miedo a mi alrededor y en mí mismo, alternando con momentos de esperanza, me acuerdo de las palabras de Mozart en la etapa más triste de su vida, después de la muerte de su padre: “He vivido siempre entre el miedo y la esperanza”. Recuerdo que cuando la leí la primera vez no entendí esta frase de Mozart: ¿Cómo era posible que una vida riquísima de experiencias y afectos la resumiera en dos sentimientos limitados? ¿Acaso, él como pocos seres humanos, no había sentido a lo largo de su vida, la alegría, a veces desbordante, a veces mezclada con una tenue melancolía, y el placer, el de la creación, el del amor, el de la paternidad, el de los aplausos, el amor de su madre y el amor conyugal?

Lo entendí cuando pensé que esa frase la pronunció en un momento de su vida (recién fallecido su padre, Leopoldo) en el que intuyó que a partir de ese presente solo el Miedo y una cierta Esperanza ocuparían su vida anímica.

Esto lo mostró muy claramente  (sin quizás ser muy consciente de ello, como le ocurre tan frecuentemente a los artistas) en su ópera Don Giovanni: Con la figura del fantasma del Comendador presidiendo una vida, mientras anuncia a Don Juan que  su crimen le llevará a los infiernos, solo cabe tranquilizarse con la esperanza de que algo suceda, o algo pueda hacer la víctima amenazada para impedirlo. Ese fantasma era el símbolo de su padre (como intuyó con genialidad Milos Forman en Amadeus).

En esta segunda ola del coronavirus, gran parte de la población del planeta giramos en torno al Miedo y a la Esperanza: Al miedo a que esta pandemia se alargue o se cronifique, o nos traiga la muerte, o la enfermedad, o la pobreza, o gobiernos totalitarios, o injustos. La mayor parte de la población no cae en las garras definitivas del miedo utilizando el escudo de la esperanza. Unos son más conscientes de estos dos sentimientos que anidan en la propia alma, otros son menos o nada conscientes.

En el caso de la humanidad contemporánea nuestro “crimen” ha sido el maltrato infligido a la naturaleza de forma irreversible. Y esta pandemia que se ha apoderado  de nuestras vidas la vivimos como el castigo (¿un primer duro castigo?) que la Naturaleza nos ha devuelto. A partir de aquí, ya no podrá haber en el alma del hombre contemporáneo fantasías de ningún maravilloso estado de bienestar, de ningún progreso ascendente no dañino, de ninguna etapa áurea.

 Solamente podremos evitar quedarnos atrapados en el Miedo, con la Esperanza de nuestra salvación, a través de la inteligencia, el sentido común, el respeto a las diferencias y a la naturaleza de la que formamos parte.  Los seis meses siguientes  de alarma general que nos toca vivir deben ir, para poder salir, en esa única dirección.