Sábado, 28 de noviembre de 2020

No tener casa mata, el lugar del sol era la casa

¿Te molesta el confinamiento?, ¿te duele la calle deshabitada?,  ¿te irrrita la puerta cerrada?, ¿la  monotonía de los pasillos de tu apartamento te raya?, ¿o las escaleras, o el patio de tu casa, que es particular,  el jardín todo mojado, la piscina sin limpiar,  porque se te echó encima el otoño sin sentirlo,  te agobian? , ¿te aburre el crujido repetido de las persianas, los visillos un poco sucios,  el gato gordo que ha regurgitado en el sofá?,  ¿el perrito que te obliga a salir un poco más lejos del vecindario te cansa?


Pues mira,  no tener casa mata Echa un vistazo

https://www.youtube.com/watch?v=-CYtjQzPguY&feature=youtu.be
Llega la tarde y llueve,  el viento sacude todas las esquinas de esta pobre vieja ciudad, tan hermosa, sí, cuando lo era,  con el ir y venir de los turistas,  las terrazas rebosantes,  la algarabía de la juventud sobrevolando la Plaza Mayor. Pero no, estamos confinados, retenidos, vuelta a casa. ¡Qué inconscientes somos a veces, casi siempre tan ingratos y con frecuencia quejumbrosos y descontentadizos!
Seguramente tú,  que estás leyendo estas líneas,  tienes una casa, más o menos grande y bonita, pero confortable, hecha a tu piel y a tus manías, llena de cosas inútiles, o alegre y despejada, con risas de niños  por el suelo;   quizá con el nido  ya vacío,  pero habitada por los años, los recuerdos de  familia, los ecos y las fotos de quienes convivieron contigo.
Y  ¿te molesta el confinamiento,  tus libertades conculcadas,  las restricciones que te limitan? Porque ya está bien, voy donde quiero y hago lo que me da la gana, esto es una exageración, nos están tomando el pelo…


Ay, pero no tener casa mata. 


Sueños rotos junto a un basurero, oportunidades perdidas al amparo de unos cartones, inseguridad constante durmiendo  junto al cajero, que se acentúa en estos tiempos de Covid, por la desconfianza que genera lo marginal, lo pobre, lo extraño. Aporofobia llaman los  moralistas  a ese carrito imposible entre mantas y ropa vieja en el banco del parque, que no me atrevo a mirar.
Llueve, se nos echó encima el otoño, pronto será invierno, la pandemia  avasallando con sus muertos y sus miedos, mientras el periódico o la televisión siguen informando machaconamente más de lo mismo, en casa...,  al abrigo, a la mesa, mientras preparamos la cena, o esperamos que acabe la lavadora, o que el adolescente de turno baje la música, o que la abuela quiera tomarse hoy la sopa. Pero no tener casa mata, nada de ese recorrido  del cuerpo, del aire, de las ventanas, nada de asomarse al sol y la lluvia para quien  habita todas las intemperies, para quien no tiene casa. 


Sobre el corazón desnudo la palabra del poeta es una queja lacerante:   Eras la casa, el lugar donde el sol ardía sobre la piedra, la piedra sobre el mundo, el mundo sobre el corazón. Cómo podías, una a una, soportar las lágrimas del mundo, nadie lo sabía: el lugar del sol era la casa- y ardía. E. de Andrade