La muerte desaforada

 

Desde que accedo por la puerta lateral, la más próxima al aparcamiento del tanatorio, allí donde una reciente inscripción recuerda las solitarias despedidas en el tiempo extraño que no ha pasado, suelo caminar de más. Los pies todavía no se saben el camino de memoria, como cuando entraba por la puerta principal, donde otra leyenda, más antigua pero eternamente cierta, hace recuento de orígenes y destinos, de cómo del todo surge la nada que al todo vuelve.

No han grabado aún mis pies la ruta cuesta arriba para regresar por el otro lado, bordeando galerías y musitando oraciones, buscando desde aquel mirador de los durmientes la mejor silueta de la ciudad despierta. Nos piden, en silencio, que la miremos por nosotros, ya que, al dejarnos caer por sus descansos, hemos aceptado mirarnos por dentro. Cuando se mira a esa muerte de la persona querida, por muchos lustros que hayan transcurrido, siempre está uno mirando a la propia vida. Por muchas décadas, o semanas, o segundos, que falten hasta el día y la hora que no sabemos. Y también miro entonces a esa otra muerte cotidiana, la del paciente que también es querido, porque has querido y has luchado por estar ahí, en su trance. Os ha tocado compartirlo y la miras, a la muerte, a su muerte, no como adversaria pero jamás tampoco como aliada, porque no has querido ni has luchado para eso, porque no es tu profesión. ¡Matar no puede ser un acto médico!, lo gritaré mil veces. También aquí, donde nadie grita y donde mejor me entienden. Al llegar la próxima, pronto, volveré a sentirlo cuando la acompañe y la certifique.

Sin conocer el camino más corto, pocas veces el mejor, mis pies siempre alcanzan su destino. Se dejan llevar en la tranquilidad de que sabrán llegar. Así fue la última vez que miré a la muerte allí, donde parece más sosegada, más natural, más asumible. Limitada la concurrencia en San Carlos para estas fechas de tradición, vuelvo sobre mis pasos de hace casi cinco semanas, cuando por primera vez añadí a mis estaciones una junto a la tumba de Miguel Ángel. Prefiero mirar así, en esa quietud, la muerte desaforada, fuera de aforo y de fuero, legalizada o perseguida según convenga. Porque es ella, al venir de golpe, la que nos está golpeando. Porque ocultada a los ojos de tantos es mayor su fuerza y escondida en disparidad de cifras suena a broma macabra.

¿Cuántas muertes son asumibles?, titulaban el otro día en una noticia que me interrogó, no más que a nadie. Es la habitual cuestión incómoda que, por imposible respuesta, se suele esquivar mientras se acumulan otras que bullen en el interior: ¿cuántas muertes evitables no se han evitado?; ¿cuántas enfermedades y muertes se achacarán en el futuro a la lucha por aminorar las que puedan ocurrir potencialmente ahora?; ¿quién se atreve a elegir, a escoger, a decidir?: ¿acaso hay expertos en eso?; ¿dónde empieza la justicia y acaba la igualdad, o viceversa?; ¿cuál es la frontera entre el mal menor colectivo y el bien mayor individual, borrosa en ese gris dilema de salud o economía?

Con un camino entre cruces despejado por delante, obsequiado en el horizonte con una torre de las campanas que tocan a vida y apunta al cielo, no tengo tampoco respuestas libres de dudas pero sí menos miedo a las preguntas. Aunque sé que las cruces a menudo dejan la orilla y salpican el camino, y cuesta distinguir su sombra protectora del peso de sus brazos. Sé también que el horizonte, de día en día, se oscurece, y que las campanas pueden tornarse mudas cuando más se necesita su repicar. Se escribe “menos miedo” pero se pronuncia esperanza en ese domingo sin ocaso para todos, que vendrá a dar sentido al lunes, o al jueves, o al domingo incompleto de cada uno. Porque los pies, aunque creamos que no, nos sabrán llevar.