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Miércoles, 20 de enero de 2021

La rebelión de los mayores

Estamos asistiendo a un verdadero duelo entre responsables. Que en España se están haciendo las cosas muy mal, está fuera de toda duda. Figuramos en los primeros lugares de contagios y fallecimientos, tanto en la primera ola como en esta segunda. El gobierno tomó las riendas en la primera con el resultado de todos conocido. Llegó la desescalada y volvió a equivocarse. Para evitar más críticas, se quitó de en medio y trasladó la responsabilidad a las comunidades autónomas. Como las cosas siguen haciéndose mal, nos vemos de nuevo con el agua al cuello. Los políticos encargados de gestionar esta pandemia, entonces y ahora, han fracasado. Las medidas adoptadas no han dado los resultados que se buscaban y conviene aclarar responsabilidades. Mientras tanto:

Primera pregunta: ¿Todas las medidas tomadas por nuestros políticos fueron las más apropiadas?

-Por supuesto que no. Al final, se ha sabido que el gobierno tuvo noticia de la gravedad del virus con antelación suficiente para haber puesto en marcha medidas protectoras. Si no lo hizo fue por prepotencia, no por desconocimiento. No podemos olvidar que se mintió al anunciar la existencia de un comité de expertos; se mintió cuando no se tomó en serio esa información para propiciar la celebración de concentraciones de carácter deportivo, que disimulaban otras de índole propagandístico –había que potenciar la manifestación del 8-M-; y se siguió mintiendo cuando se nos dijo que aquí el problema se reduciría a dos o tres casos, o que para nada era necesario el uso de mascarillas.

Segunda pregunta: ¿Tenemos que cargar toda la responsabilidad en la clase política?

- Habiendo constancia de lo mucho que se ha mentido, la responsabilidad del pésimo resultado de esa gestión hay que repartirla entre la ambigüedad de las órdenes dictadas por la clase política y la patente ineficacia mostrada por las medidas coercitivas aplicadas al incumplimiento de las mismas. Las sanciones han estado constantemente en entredicho. Por culpa de repetidas órdenes y contraórdenes, hemos visto demasiadas veces las dudas que asaltaban a propietarios de establecimiento y a sus clientes.

Tercera pregunta: ¿Los ciudadanos estamos libres de culpa?

-Debemos admitir que, en los primeros compases de esta pandemia, a pesar de que ya se contaba con información procedente de otros países, la realidad es que aún se desconocían muchas de las características del Covid-19. Se dieron muchos palos de ciego hasta que las cifras de muertos llegaron a ser trágicas. Por fin, se comprobó la eficacia de tres medidas esenciales: el empleo de la mascarilla, el frecuente lavado de manos y adoptar la llamada distancia de seguridad. A pesar de todo ello, y ya que las cifras de muertos no descendían, se necesitó un duro y largo confinamiento para poder doblar la terrible curva.

No obstante, quedó abierta una válvula de escape. A pesar del empeño que se puso en ocultar a los muertos, una cosa ha quedado clara: salvo rarísimas excepciones, sólo se mueren las personas mayores. Sin las durísimas imágenes de enfermos conectados a un respirador y agonizando en la UCI, en el pasillo de un hospital colapsado o en la residencia de ancianos, son muchos los jóvenes que no han podido –ni querido- valorar la gravedad de la situación.

Ahora que ya conoce todo el mundo cuál es el final del proceso, esos jóvenes irresponsables siguen haciendo de las suyas. Y lo hacen porque les sale muy barato. No es de recibo que el incumplimiento de una norma, origen directo de la muerte de tantas personas, sea castigado con una sanción económica –que todavía no se sabe si se hará efectiva. Las personas que en estos momentos componemos el colectivo de los “reclutas” –dícese del que está a punto de entrar en caja- exigimos a quien corresponda que se tomen las medidas necesarias para que esas conductas, no sólo sean prohibidas con leyes actualizadas, sino que sean perseguidas y castigadas con la dureza que requiere el caso.

Siendo triste la actitud de esta parte de la juventud, e intentando encontrar una explicación, podía justificarse en jovenzuelos menores de edad, o en jóvenes sin cultura ni principios -puede que más de uno pertenezca al grupo de los ni-ni. Lo que de todo punto resulta inadmisible es admitir esa actitud en jóvenes universitarios, que ya no pueden alegar desconocimiento de las consecuencias de su conducta, y que, a pesar de ello, persisten en masivas concentraciones. Sin medidas de seguridad, desafiando la normativa legal y conscientes de que, al llegar a sus hogares, a sus facultades o sus lugares de reunión, tienen muchas probabilidades de contagiar a otras personas, estos jóvenes –digámoslo con todas las letras- pueden ser considerados responsables directos de alguna muerte.

A la vista de algunas imágenes, habría que replantearse el grado de conocimiento que tienen algunos padres de las compañías y ambientes que frecuentan algunos de sus hijos e hijas, con unas edades y a unas horas difíciles de explicar. En cualquier caso, creo no equivocarme al asegurar que detrás del 90% de cada contagio siempre está la irresponsabilidad de alguna persona, y que, también en el 90% de los casos, ese irresponsable no es una persona de la tercera edad.

Cuarta pregunta: ¿Cuántos ancianos más deben morir para que nuestros políticos dejen de perder el tiempo en solucionar sus problemas y dedicarse a solucionar los de los demás?

          - Lo ignoro. A la vista de los últimos movimientos de este gobierno, no hay nada que pueda movernos a la tranquilidad. Se ve que tiene otros problemas más urgentes. De momento, por la ineptitud de los responsables y por la actitud de los irresponsables, España está en medio de una gravísima crisis, sanitaria y económica. De conductas así se llega a confinamientos que suponen escalar a un mayor grado de pobreza y, no lo olvidemos nunca, nuevas muertes de inocentes. Ya no hay que mirar a Madrid, aquí también se disparan las cifras. La lastimosa situación de nuestra ciudad también debe agradecer esta nueva puñalada a conductas insolidarias.

 En cualquier caso, bueno sería llegar al convencimiento de que los afectados por la ineptitud de los políticos tenemos también nuestra parte de responsabilidad por haberlos dado nuestra confianza. Cuando la situación empeore –que ya lo está haciendo- y te des cuenta que es tu vida lo que está en juego, párate a pensar quién podía haberlo evitado y no lo hizo. Si es alguien al que has votado, si tienes dos dedos de frente y si aún estás vivo, ya sabes lo que debes hacer la próxima vez. Si no, no te quejes.