Miércoles, 25 de noviembre de 2020

Las lanas y su tipificación

La vida pastoril caminó siempre al unísono con la presencia del hombre sobre la tierra. Si el ser humano primero fue cazador, una vez que optó por el sedentarismo, sus preferencias se centraron en la domesticación de los animales y en el cultivo de la tierra. Muchas facilidades halló el hombre en la docilidad y mansedumbre de la oveja. La raza churra era la oveja originaria que pastaba aquellos pastos abiertos y sin lindes de la Iberia tribal. “Sus vellones, - nos cuenta Klein -, se distinguían por un color marrón rojizo y por una hebra inusitadamente larga y suave”.

El hombre primitivo empleaba la lana de su oveja autóctona en tejer sus sayales, que conciliaba con las pieles de los animales como elementos de su atuendo. Una vez que el hombre medieval descubre las cualidades de la lana merina, el churro va perdiendo su importancia y padece el menosprecio de los pastores trashumantes por “su basto y escaso vellón”. En nada se parece aquél al recién llegado producto corto y crespo de la oveja merina. Los hatos de oveja churra quedan relegados al pastoreo de prados y rastrojeras de la localidad, lo que se denominó ganado estante.

La oveja merina es introducida en España hacia 1146 por los benimerines, tribu del Norte de África. Y, precisamente, de estos invasores le viene el nombre de merina. De los pastores benimerines o bereberes, nuestros rabadanes aprendieron muchas cosas: a seleccionar los sementales del rebaño, a aplicar formas nuevas de castración, a engordar la oveja destinada a la matanza y a usar distintos sistemas de esquileo, lavado, teñido e hilado de lana.

El primer dato documentado del término merino, se registra en Castilla a mediados del siglo XV.  Se lee en el inventario de las tarifas que Juan II de Castilla, en 1442, fija para el paño confeccionado con lana merina. Aunque parece cierto que el nombre “merino” no se generaliza, como voz popular, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVII.

Pronto el lanero macoterano se hizo con las características básicas de las lanas finas. No es extraño pues nació entre la lana y su inclinación innata le facilitó su rápida adaptación a la nueva tipificación de finas y entrefinas. Él distinguía su finura por simple contacto, sin tener que recurrir a un sistema científico; y para calcular su longitud, le bastaba con tomar un trozo de lana sucia y estirarlo entre las manos. Ventura el Morenito me habló de la suavidad de la lana, de su resistencia y de su elasticidad.  Para explicarme la suavidad de lana, me puso un ejemplo que él había leído en “La lana y su mundo” de Manuel Hernández: “Una lana es suave cuando no notas el tejido al subir las escaleras, y deja de serlo, cuando el mismo tejido se te agarra en las rodillas”.

Mucha curiosidad he sentido siempre por conocer los distintos tipos de lana. Para la ocasión, acudí a mi amigo Pedro el Esparrama. Me fue trazando las características de las distintas lanas y comenzó por las colchoneras (las churras). Se llaman del tipo 7 y 8. “Las churras tienen las greñas muy largas y son bastas.

Las de tipo 6, la greña es más corta y con un porcentaje muy alto de pelo grueso, se vendía en Palencia para mantas. Se lavaban en el río.

Las de tipo 5, la fibra es corta, con un 50% de pelo corriente. La lana de tipo 5 se enviaba a Alcoy, Valencia, Onteniente y Crivillente, y a Burgos, a un pueblo llamado Pradoluengo. La lana, que se vendía a este pueblo, iba desgarrada, con el vellón roto y trabado con los añinos. Pradoluengo es un pueblo plenamente textil. En cada casa hay un telar. En ellos, se fabrican bilbaínas y calcetines de punto.

Las lanas de tipos 5 y 6 se crían en Zamora (Benavente, Villalpando y Villafáfila); en Salamanca (Fuentes de San Esteban); en Valladolid (Medina, Rueda y Mojados) y en las provincias de Soria, de Guadalajara y de Madrid.

La de tipo 4 se produce en el Campo Charro y en la comarca de Peñaranda, ésta es de inferior calidad; también se adquiere en la Moraña y en la tierra de Arévalo (Ávila). Esta lana se lava en lavadero. Su fibra es más corta y contienen poco pelo, menos del cincuenta por ciento.

Las de tipo 3 son muy finas, inferiores a las merinas, pero de muy buena calidad. Se compra en Ávila (Moñico, Solana, Urraca Miguel, Tornadizos, Las Berlanas, Río Cabao...) y en Ciudad Rodrigo (Salamanca). También se da esta lana en las provincias de Cáceres y Badajoz, junto a la de tipo 2, natural de Tierra de Barros.

Las de tipo 1, lana merina por excelencia, se encuentra en el valle de Alcudia (Ciudad Real) y en Andalucía.

Apenas se negocian las lanas negras. A éstas se las catalogaba dentro de tipo 9, competían, en calidad, con las blancas de tipo 4. Las mejores eran las salmantinas; los tipos 10 y 11, se igualaban a las blancas de tipos 5 y 6. Se producían en las provincias de Zamora y de Valladolid.