Lunes, 26 de octubre de 2020

Trece

Me asomo a “mis decenas” con sabor agridulce.

Lo que suele ser una leve fiesta para celebrar las cifras que vamos cumpliendo juntos en esta columna, hoy cambia, porque ese pequeño guiño que acostumbramos a hacernos de vez en cuando, se tiñe de preocupación.

A menudo me pregunto cómo estarán las personas que me leen, cómo esta pandemia habrá cambiado sus vidas, desde los pequeños gestos cotidianos que hemos ido incorporando a nuestros más básicos quehaceres hasta las inquietudes, las inseguridades, los miedos, el débito en caricias, abrazos, aromas cercanos, calidez de los encuentros; también las ausencias, grandes pérdidas de personas queridas, quiebras emocionales, incluso económicas de menor y mayor calado…

Vivimos tiempos convulsos ocasionados por un enemigo invisible de tamaño diminuto que, ya desde hace meses, causa estragos, y cuyas consecuencias se agudizan por la falta de perspectiva de algunos de los que deberían velar por todo lo que atañe a la ciudadanía, se acrecientan por la ineptitud de otros cuantos y, a su vez, se multiplican por la enorme irresponsabilidad de tantas personas de a pie que se saltan normas a su antojo poniendo en serio peligro la salud de cualquiera que se cruce en su camino (incluida la de sus propias familias y otros entornos próximos). Así de crueles son algunas almas. Así de insensibles, así de banales, de fútiles, de superfluas, de perversas.

Ante esta perspectiva, se prevén pocos visos de solución, aunque he de decir que fe nunca dejamos de tener, porque quizás, algún día, a todos ellos, se les encienda una luz en la conciencia y se pongan a trabajar de verdad en lo que es su responsabilidad: resolver problemas sin cacarear a diestro y siniestro; y a otros, simplemente, que se les abra un pequeño resquicio por donde les ilumine un rayito del espíritu de la solidaridad, la empatía, el ponerse en el lugar de otros, sean, o no, de otra edad, que pueden enfermar e incluso morir.

Escribir en pandemia se hace especialmente difícil, al menos si se tiene un corazón sensible a lo que existe alrededor. Si cada día nos hiciéramos eco de lo que vivimos, no saldríamos del mismo centro de interés, que da de sí para unos cuantos volúmenes. Pero a veces, muchas, logramos despegarnos de esa realidad que nos quiere aplastar a todos, intentando ofrecer otros temas, otras visiones del mundo, otros sueños que nos saquen del insomnio para poder ser una ayuda, una sonrisa, un cálido abrazo.

Si bien no podemos hacer tanto como quisiéramos (se han tenido que suspender y posponer sine die lecturas en público de mis escritos que iban a celebrarse en meses anteriores) sí podemos comunicar que “Te veo… te imagino” ya ha sido traducido, convirtiéndose en mi segundo relato en inglés, algo que me hace muy feliz.

Es tiempo, éste que vivimos, de entrenar el músculo del ánimo y no desfallecer, porque la vida nos va poniendo trabas en el camino. Pero esta carrera no es de velocidad, sino de resistencia. Se trata de tener muy claras cuáles son las prioridades, los sueños, los horizontes en distintos aspectos y seguir perseverando para conseguirlos.

Sigo confiando en que tendremos salud para encontrarnos, saludarnos, acercarnos, abrazarnos, hablarnos y escucharnos, para disfrutar unos de otros, para debatir, compartir, escribir y leer, regalar y recibir. Mi sueño sigue siendo mi libro. ¿Cuál es el tuyo?

Con este enfoque y esta visión de las cosas, conmemoramos, mis lectores y yo, estas trece decenas, estos ciento treinta artículos en ciento treinta semanas. Y estoy tan agradecida…