Martes, 24 de noviembre de 2020

La cara oculta de los futbolistas y de otras gentes

El jugador que se comportaba en el partido de una determinada manera configuraba un comportamiento idéntico a su vida privada

            Como entrenador de fútbol, he mantenido siempre la idea de que los futbolistas con los que conviví cuando ellos tenían 14 años, o así, pasadas décadas, mantienen rasgos idénticos que el tiempo no ha podido borrar ni cambiar. Incluso, lo he comentado numerosas veces, el jugador que se comportaba en el partido de una determinada manera configuraba un comportamiento idéntico a su vida privada, trasladable en muchos aspectos. Lo que es difícil contrastar pasado el tiempo, pero yo me afiliaría a esa idea sin ningún miedo a equivocarme.

Aquel que en los entrenamientos no se “escaqueba”, tampoco lo hacía en los partidos; y seguramente en la vida privada tampoco lo hará. El que era vago, “perro” como le decían algunos compañeros, en el partido mostraba los mismos rasgos y, posiblemente, pasados los años, su comportamiento como ciudadano habrá cambiado muy poco a este respecto. Nuevamente el fútbol es un reflejo de la vida misma.

         También he comprobado que muchas gentes son personas sensatas, comedidas, responsables y sujetas a comportamientos civilizados; pero, cuando van al fútbol, pierden esa sensatez y se vuelven exageradamente críticos, intransigentes e intolerantes con los fallos de los futbolistas, no digamos con los del árbitro…

Me gustó la reflexión de “La cara oculta de la gente” en internet: “Como ocurre con la Luna, todas las personas tenemos una cara oculta que los demás no observan a simple vista: Una cara oscura. ¿Oscura, por qué? Porque, salvando las excepciones, la mayoría de nosotros tendemos a ofrecer una buena cara en público; una cara adaptativa, bien portada y lo más agradable posible. Es muy humano. Deseamos ser apreciados, aceptados, comprendidos por otras personas. Por eso, cada uno elige qué parte de sí mismo desea mostrar a los demás. En la vida de todos hay problemas o carencias que, quienes no tienen demasiado contacto con nosotros, no perciben”. 

Recuerdo que, en uno de mis equipos, un futbolista entrenaba sensacionalmente y, para mí, se ganaba el puesto por su esfuerzo y calidad. Resultó que, a la hora de los partidos, no sabía digerir los momentos difíciles del partido, la presión del público le podía, cualquier jugada fallida servía para buscar excusas mientras el contrario le superaba. Hubo que insistir una y otra vez, sin mejoras útiles, hasta que hubo que prescindir de él como titular. Un jugador excelente que se hundía por motivos mentales.

Lo peor fue que, cuando dejó de jugar, se dedicó a poner verde a compañeros y entrenador lo que llegó a trascender, tuve que “leerle la cartilla” y explicarle los motivos de su exclusión. Un auténtico fracaso, quizás de él, pero mucho más el mío. Es de esas experiencias negativas en mi vida de entrenador. Y no prosperó una mejora evidente cuando tenía las condiciones técnico-tácticas para triunfar. Hasta el punto que, finalmente, tuvo que causar baja en la plantilla para dar paso a otros candidatos dispuestos a jugar buscando mejoras.

Se ve que todos tenemos una cara oculta, quizás se manifiesta en momentos de tensión, ya en un equipo de fútbol, en una empresa, en la familia, en las amistades. Pero cuando aflora, tenemos que enfrentarnos a esa situación con decisión, transparencia y personalidad; comunicándose con empatía y sin “secretitos”. De aquella situación, lo más edificante fue que aquel futbolista siguió siendo mi amigo en la vida civil, aún lo es...