Lunes, 26 de octubre de 2020

"Periodismo" de escarnio

“Algunos de los especímenes que pululan por el gobierno social-comunista no llegan a la categoría de ratas.” Tal cual: así reza el comienzo de un “artículo” en cierto periódico local hace pocos días. Más adelante, el autor señala a un ministro como “excremento de la vida pública”. Sin querer, la mirada escapa de estas miasmas verbales hacia otras zonas de la página, buscando un solaz que no encuentra. Pues otra “periodista” menciona a los “ignorantes, pescadores de río revuelto y ciegos de poder”, también con el gobierno como referencia. Y aún un tercero, más culterano, en la misma página, titula “Idiotas”, si bien aludiendo a los políticos en general y no sin antes explicarnos lo que significa idiótes en griego.

Hace años algunos periódicos publicaron libros de estilo donde se fijaban sus principios éticos y profesionales, acordes con una sociedad democrática, tolerante y pluralista. Algunos no se referían a ello, pues se daba por sentado en cualquier persona educada, pero otros lo señalaron expresamente: el periodista debe escribir “dentro de unos mínimos de buen gusto y de respeto a las opiniones y sensibilidades ajenas (…). Por ello, excluirá de las columnas firmadas los insultos y las críticas extremas (…), que podrían dañar la propia credibilidad del periódico”. (Libro de estilo de El Mundo). Pero se ve que el diario que comentamos carece de tal libro y de esa sensibilidad, y no cabe esperar del director función correctora alguna, pues, como se puede constatar a menudo, es de los más faltones en una tropa ya de por sí bastante echada para adelante. De este modo, casi cada día, si vencemos la repugnancia, podemos disfrutar de una exhibición de insultos surtida, aunque cansina y repetitiva.

¿De dónde salen tales pedradas verbales, semejantes ventosidades expresivas, a veces de dimensión pantagruélica? El asunto es relevante, pues estas derivas mediáticas se dan en un contexto general en el que alimentan y son alimentadas por redes sociales donde avanzan la falsedad, la descalificación, la injuria, los malos modos, en suma. Y sería de gran interés ver cómo podemos atajar esa lacra, si queremos mantener nuestra convivencia y nuestro sistema político dentro de unos mínimos de decencia.

Desde un punto de vista psicológico, podría ser que esta inflación verbal venga de una pose de indignación sistemática, que, en el caso que comentamos, se orienta hacia el gobierno. Sería una manera fácil de aparentar una superioridad moral sobre aquello que se vitupera, sin sentirse obligado a más demostraciones. Y sería una actitud crítica que, en sus debidos términos, resultaría útil y constructiva, pero que, averiada por el desmadre verbal, se convierte en algo irracional, estéril y cobarde. Irracional, pues no se fundamenta en argumentos ni ofrece alternativas sólidas (lo que indica también inseguridad en el que abusa del insulto); estéril, pues no da lugar a una reflexión ni a una acción concreta; y cobarde, como lanzada a moro muerto, pues se vocea lejos del injuriado y sólo para la galería, como esos fanfarrones que gritan tanto más cuanto más se alejan del escenario. En un país lacerado por todo tipo de fatalidades, es algo muy perjudicial, pues crea o agrava problemas donde ya hay demasiados y hace más difícil ese esfuerzo común que es imprescindible para salir del atolladero en el que estamos. Pero, sin dar demasiadas vueltas, tal pose indignada podría ser simplemente expresión de la propia miseria y descontento vital.

Y, al final, vaya chollo que tienen estos plumillas con este repertorio de escarnios y jeremiadas. ¿Alguien se imagina de qué podrían escribir cada día si no tuvieran a los ministros o a los responsables de la sanidad española para cubrirles de lodo un día sí y otro también? Bueno, ciertamente algún asunto habría; pero, de seguir con este estilo, lo que intentaran decir sería cierto, no lo que de hecho dijeran.