Viernes, 30 de octubre de 2020

Unamuno y Don Miguel, el párroco de Las Salesas

Era uno de los sacerdotes más conocidos y queridos en Salamanca y su recuerdo permanece hasta nuestros días. Su padre era pobre y de niño llegó a tener cierto temor, preguntándose cómo tiraría para adelante. Fue fábulo en el seminario y debía sacar en la mitad de las notas sobresaliente, alternando estudio y trabajo. Don Miguel González tuvo múltiples experiencias y su vocación le permitió desde 1941 repartir bondad allá donde estuvo, jubilándose en la iglesia de Las Salesas, en la que fue párroco durante 25 años, dejando tiempo durante una época para llevar también las riendas espirituales de la plaza de toros de La Glorieta.

Coincidir con Don Miguel por la calle era encontrarse con la vida. Hablábamos un rato y mientras tenía tiempo de saludar a toda la gente que pasaba, porque todo el mundo lo conocía y lo adoraba. Don Miguel, ¿es cierto que el mundo está mal repartido? “Sí, está mal repartida la riqueza. Si viviéramos la virtud teológica de la caridad viendo en los prójimos unos hermanos, habría menos egoísmo y menos pueblos necesitados”. Me cogía las manos mostrándome su cariño habitual como una señal del afecto que rendía a mi familia, aquella relación entrañable que se fraguó durante su etapa en Aldeadávila de la Ribera, un pueblo del que deseaba que no abandonara nunca sus raíces cristianas.

El legendario párroco de María Mediadora disfrutaba con su apostolado. Nunca se arrepintió de ser sacerdote, al contario, daba gracias a Dios por serlo. Le llenaba de satisfacción celebrar los sacramentos, dedicar un espacio al estudio, acercarse a los niños o a los ancianos, o a la gente que estaba sin trabajo, a la que a menudo le conseguía un oficio.

Don Miguel pasó por la guerra con fusil al hombro y por parroquias rurales y de ciudad. En Cereceda de la Sierra, Aldeadávila y Linares de Riofrío le dejaban el local de las escuelas y a todos los adultos les daba clase de gramática, aritmética y geografía, historia y religión. Dentro de su ingente labor como gran benefactor social, convirtió a una estudiante japonesa, le enseñó el catecismo del padre Astete y al mes siguiente se bautizó. Con un mahometano no tuvo la misma suerte, pero guardaba un rosario como regalo y gratitud.

Conocía a tanta gente, y algunas personas de gran talla intelectual. Un día le pregunté cómo era Unamuno… “Es cierto que lo conocí, la maestra de Espino de la Orbada fue vecina suya en la calle Bordadores, doña Salvadora. Él era muy educado aunque también muy orgulloso, era su defecto. Me acuerdo de alguna anécdota… Cuando iba por Aldeadávila le tenían  preparadas unas cayadas rústicas para andar por el campo”. ¿Y era tan agnóstico como se decía? “Él interiormente era católico en todo, no era tan agnóstico como se decía o como refleja su obra. Quería comprender todos los misterios, pero eso es imposible; se puede avanzar, pero sin poder llegar a todo”. ¿Y su epitafio? “El de un hombre arrepentido que le pide a Jesús que lo acoja en su reino, cansado de tanto bregar por el mundo. Yo creo que se salvó de sobra”.

Don Miguel González era un hombre bueno y condescendía también con quienes seguramente no merecían tanto. Me contó que había tratado a Monseñor Setién, el obispo infame de San Sebastián que no oficiaba misas por guardias civiles asesinados por ETA y se cambiaba de acera para no cruzarse con familiares de víctimas del terrorismo. “Lo conocí en Salamanca, lo admiro por sus cualidades intelectuales y lo tengo presente en mis oraciones; en otras cuestiones de sus ideas prefiero no entrar”.

Aprendió de Arguiñano en un programa de cocina de TVE y él también le enseñó las lentejas y garbanzos de La Armuña y la buena calidad del jamón de Guijuelo. Amante de la Filosofía, la Historia y la Metafísica, aconsejaba a los agnósticos leer Las Confesiones de San Agustín y soñaba con poder ir un día a La Habana a los pueblos donde estuvo su padre y su familia más próxima.

Conocerlo fue una suerte y entrevistarlo un lujo. “Hay que practicar deporte, porque favorece el espíritu. Nuestra filosofía recogió esa enseñanza de los romanos, ‘mens sana in corpore sano’ ”. Y al preguntarle por un hábito de vida que sentara ‘jurisprudencia’ me transmitió una máxima de vida tantas veces difícil de ver plasmada en la cultura actual y sorprendentemente en quienes desde arriba nos tendrían que adoctrinar con su ejemplo: “Que procuremos cumplir bien nuestro deber profesional”.

Don Miguel empezó a labrar un espíritu abierto y solidario desde la niñez, reflejado ya en sus primeros encuentros con Don Miguel de Unamuno… “Trataba con él y a mis 14 años lleno de vergüenza me arrimé a él y poniendo su mano en mi mano me dijo: dime en latín qué notas has tenido este curso. Le dije: benemeritus en Música y meritisimus en las demás. Y me dijo: ¡Vaya! Estudia latín y griego para que después expliques bien el Evangelio”. Su memoria perdura en el tiempo y su obra quedó para siempre.