Martes, 20 de octubre de 2020

Joker visita a estudiante. La responsabilidad de los universitarios

La Salamanca universitaria sale en los telediarios de máxima audiencia todos los años, para dar cuenta de la ya tradicional nochevieja universitaria. En estos días ha sido también noticia por la expulsión cautelar de 36 alumnos que supuestamente incumplieron las normas de protección ante el COVID-19. 

Desde el Rectorado se insta a las residencias privadas para que actúen con contundencia ante casos similares. ¿Tiene derecho la universidad a controlar los comportamientos de los estudiantes más allá de los centros donde desarrollan su actividad académica? El desarrollo del derecho a la intimidad es una cuestión moderna. Solo en casos donde la actitud del estudiante pone en peligro la salud pública, y siempre que sea en un contexto de alarma social por algún acontecimiento extraordinario, entendemos la oportunidad de esa vigilancia, observada por algunos como una intromisión en la vida privada.

Sin embargo, en otros tiempos no fue así. Los estatutos de Covarrubias, de 1561 establecían obligaciones de quienes vivían en casas de pupilajes, regentadas por un bachiller que debía solicitar el permiso y someterse a una meticulosa instrucción. Cada curso recibían la visita del maestrescuela, quien acompañado de dos visitadores, pasaban un cuestionario de 25 preguntas estandarizadas. Se conservan en los archivos de la universidad aquellos interesantes libros de visitas de los cuales podría extraerse material para una novela, como observaba Florencio Marcos en su libro Historias y leyendas salmantinas, en una bella edición de 1987 de la Caja de Ahorros de Salamanca. La comitiva comprueba el estado de la vajilla en la que se sirve la comida a los pupilos o si estos estudian. También registran la casa en busca de escalas de soga por las que podrían salir por la noche. Este punto parece recurrente. He aquí el testimonio de la mujer del dueño de una de estas pensiones, un tal Salazar:

Que las ventanas se cierran con cuidado, que don Francisco es distraído e que no estudia ni él ni su compañero Rodrigo Alonso. E que en su cofre se hallaron unas escalas de sogas con 12 escalones e que por dó salen, no lo sabe. Lo que es mal caso es tener escalas, e que no se presume bien de personas que las tienen.

Resulta pues que, lo que hoy algunos llaman el ocio nocturno, que ocupa la principal actividad de tiempo libre y que consiste en escapadas nocturnas para beber fundamentalmente, no es un fenómeno novedoso. Lo nuevo es la libertad para hacerlo masivamente y que, en tiempos de epidemia, se ejerza de una forma tan desaforada e irresponsable, tan impropia de quienes deberían dar ejemplo de civismo en la sociedad, por su papel de estudiosos y futuros profesionales y funcionarios que regirán los destinos de la ciudadanía. Lo triste es que dediquen no una parte de sus energías sobrantes del estudio al bebercio nocturno, que es muy natural en esa edad, sino todas, y no dediquen ni una pequeña parte, nadita, a repartir comidas como voluntarios a las familias que lo necesitan, que son muchas, y que a lo mejor viven al lado del piso donde hacen la parranda; o a acompañar un rato a las personas mayores en un paseo para que estén menos solas, o a cuidar un rato de animales abandonados, o a tantas otras actividades que luchan por un mundo mejor y que necesitan de voluntarios.

Esa es su meta confesada, luchar por un mundo mejor, pero desde la solidaridad del sofá, como diría Zygmunt Bauman, o ni siquiera eso, porque en el sofá, y esa sí que es una novedad de la época que nos toca vivir, el ocio se ha adaptado a las nuevas tecnologías. En mayo hemos entrevistado a cerca de mil estudiantes de 43 universidades españolas. Durante el confinamiento, el 70%  había leído un libro o ninguno. Sin embargo, habían dedicado una media de 13,4 horas a la semana a ver series y películas. No a escuchar a Bach o a participar en foros para salvar a las ballenas, o a las maltrechas encinas castellanas. No a escuchar a adolescentes deprimidos, o mujeres que sufren maltrato.

 Entre las películas que algunos vieron, seguro que estaba Joker. Mi imaginación literaria no sigue los derroteros de los pupilos de Salazar. Se despliega en una pesadilla que tiene una universitaria de Derecho que transmitió el coronavirus por no llevar mascarilla a una mujer que iba apurada a la farmacia de guardia. Apostada en la acera, con un cubata en la mano, en medio de una aspaventosa discusión sobre cierto actor de cierta popular serie, dio en el suelo con la pobre señora. La mujer se lo pegó a su madre anciana, que murió por esa causa. Pero resulta que en aquel tropiezo tan aciago, iba acompañada de una niña en quien quedó grabada la escena y que buscará a la estudiante para vengarse de ella.

En realidad, nada de eso sucedió. La causa del sueño es que se siente culpable al ver las noticias y pensar que ella era bien pudiera ser una de las estudiantes expedientadas. El mal rato que pasó soñando forma parte de su penitencia. O a menos así me lo imagino yo.