Viernes, 30 de octubre de 2020

Perplejidad

Que la política no goza de buena salud es evidente. La incapacidad de algunos gobernantes la ha situado en sus horas más bajas. 

Es perplejidad lo que sentimos algunos ciudadanos al contemplar la pasividad con que se afrontan cuestiones que no admiten espera. El parlamento se ha convertido en un avispero, cuyo desconcierto se hace extensible a la opinión pública a través de los medios.  Todo es confusión y desarreglo; mientras, lo verdaderamente importante, no encuentra solución.  

Hoy, en distintos ámbitos de nuestra sociedad, se escuchan comentarios despectivos a cerca de la política, como si se tratara de algún ente extraño que, por alguna razón, hubiera perdido su esencia. Sin embargo, la política goza de buena salud; sus caminos están bien definidos y sus cimientos, como en otras ocasiones, soportarán el temporal. Pues de la misma forma que hoy es estigmatizada por la ineptitud de quienes la ejercen, puede recuperar el crédito de confianza que ha perdido. Pero son necesarias personas más capacitadas y, sobre todo, comprometidas con los problemas de los ciudadanos. Pues cuando entregamos nuestro voto a una determinada formación política, no le otorgamos el derecho de utilizarlo de forma arbitraria, ni para obtener beneficios individuales o colectivos, sino para que fluya el diálogo entre todas las partes y se puedan obtener resultados en beneficio de todos.

Por otra parte, tendríamos que preguntar: ¿quién elige a las personas que nos representan? Creo que los ciudadanos tenemos algo que ver con tanto desastre. Pues no sirve de nada  criticar lo que hacen los demás, sin poner sobre la mesa argumentos más convincentes. También los ciudadanos tenemos que colaborar en la solución de los problemas.  Irresponsabilidad y  rebeldía son caminos que conducen al fracaso; sobre todo, en momentos tan difíciles como los que estamos atravesando. 

A tenor de los asuntos que están por resolver, algunos de ellos sin marco legislativo donde puedan ser encuadrados, se hace más necesario el entendimiento. Es fundamental no perder más tiempo en discusiones insustanciales. Utilicemos las palabras y, sobre todo, la inteligencia.  

Pero no olvidemos que, esas palabras, han de mostrar reciprocidad con los hechos. De no ser así, sobran los argumentos para defenderlas, porque entonces, estaríamos hablando de engaños. Pues saber utilizarlas desde una tribuna no garantiza su veracidad, ni la capacidad como servidores públicos de quienes las pronuncian. 

Basta de discrepancias; de oportunismos absurdos que manchan la política y agravan los problemas de las personas. Nuevas leyes tienen que ver la luz para resolver los problemas pendientes. Hoy la muerte nos persigue, y nos alcanza con suma facilidad, quizá porque hemos perdido demasiado tiempo en enfrentamientos inútiles.