Miércoles, 21 de octubre de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Vivo con una médica

Rubén Juy dedica este artículo a los profesionales sanitarios que están luchando en estos tiempos de pandemia

Lo sé, más de uno habréis tenido que leer el título varias veces para cercioraros de que lo que estaban viendo vuestros ojos era real. Una auténtica proeza, ¿verdad? Pues viviendo en años de Covid lo es aún más, os lo puedo asegurar.

Compartir momentos con alguien así tiene sus más y sus menos, por supuesto. A priori, podemos pensar que, si muchos ya son insoportables en consulta, convivir con ellos tiene que ser una auténtica odisea. ¿No es cierto? Nada más lejos de la realidad.

Vivir con sanitarios supone enterarse, a ciencia cierta, de mil detalles que pasan desapercibidos para la población general, pero que están muy presentes en el día a día de estas personas. Ahí es donde vamos; ¡basta ya de introducciones!

¿Sabíais que, en tiempos de Covid, los médicos residentes tienen que compartir camas en las guardias? Lo que se denomina como ‘camas calientes’, quizás en unos meses pasen a ser ‘camas corona’, por ejemplo, debido a la cantidad de contagios que puede haber en ellas. Bueno, no miremos tan lejos; si no estoy equivocado, España es el país con más sanitarios contagiados del MUNDO. Una de cada cinco personas afectadas, en nuestro país, es un sanitario. Con prácticas como esta me parece una cifra hasta baja; nótese el tono sarcástico.

Las guardias, de veinticuatro horas de trabajo, son correspondidas con tan solo unas pocas de descanso en el mejor de los casos, ya que, en ocasiones, no se les permite librar al día siguiente. Es realmente ‘tranquilizador’ que nuestras vidas estén en manos de profesionales que, en algunas ocasiones, acarrean ojeras de casi un día entero de trabajo ininterrumpido. Por cierto, las guardias no cotizan. Es un dato que les mantiene motivados, diariamente, para seguir yendo a currar con la misma sonrisa de siempre. Diga usted que sí, señora.

Aplaudimos, vitoreamos, e, incluso, gritamos a los cuatro vientos que nuestra sanidad es la mejor del mundo, pero, eso sí, solo desde el balcón de nuestra casa. En consulta el tema viene siendo bastante distinto. Insultamos, ninguneamos y, en ocasiones, llegamos a agredir. Hablo de forma general, nadie debería sentirse aludido.

En esta vorágine de locura he llegado a escuchar, y os lo puedo asegurar, quejas ante la falta de atención y competencia en los hospitales, provenientes de personas que, durante el fin de semana, compartían cigarros y felicidad en algún pisito fiestero de los que nos gastamos ahora. ¡Puto Covid, que se ceba siempre con España!

Todos los hemos criticado alguna vez; yo el primero, por supuesto. Quien más o quien menos ha dedicado algún piropo cariñoso a ese médico que no le ha atendido primero, o a aquella otra que no fue capaz de detectarle ese problemilla tonto. Es algo normal y va en nuestro ADN, debido a que somos seres impacientes por naturaleza, pero no se nos debe olvidar que esas personas son, precisamente, personas, con sus sentimientos como tú o como yo, puedes creerme. Igual en ese día, que para ti tan solo es uno más, ellos han tenido que ver, con lágrimas en el corazón (porque también está mal visto que lloren públicamente), como varias personas dejaban este mundo sin que pudieran hacer nada.

Podría hablar de cualquier profesión, de cualquier campo de trabajo, y de lo mal gestionados que están últimamente. Seguro que habría material para rellenar muchos párrafos, no os digo que no, pero hoy mi artículo tiene que ir para todos esos sanitarios que, tirando de vocación y profesionalidad, están salvando el culo a aquellos que ni la conocen ni se espera que lo hagan.

Por cierto, antes de despedirme y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ¿sabían ustedes que el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, es filósofo?

¡Ay, si Hipócrates levantara la cabeza!

Nos leemos el próximo domingo, o, si lo prefieren, en Instagram.

@rubenjuy