Viernes, 30 de octubre de 2020

Una pequeña historia familiar

Nuestros abuelos maternos, los albercanos Pablo Hernández Martín y Juana Hoyos González tuvieron tres hijas: Dolores (nuestra madre, campesina, que se casaría con Alejandro, nuestro padre, que llevaría una vida muy sacrificada de emigrante en Francia y Alemania), Vicenta y Carmen; estas dos últimas maestras, que han desarrollado una profesión de docencia entregada por muy diversas áreas de la geografía española.

A nuestra abuela Juana, no llegamos a conocerla, pues falleció, apenas pasados los cincuenta años, en plena madurez vital. Tuvo, sin embargo, una fortuna duradera: fue fotografiada nada menos que por el gran fotógrafo español José Ortiz Echagüe, en una bellísima fotografía, mostrada en muy diversas exposiciones, muy reproducida y que aparece siempre en los libros de fotografías de José Ortiz Echagüe. Y siempre hemos sentido que es una forma de estar resucitada, a través de esa foto.

Nuestro abuelo Pablo es para nosotros un personaje fascinante. Ha sido uno de nuestros iniciadores vitales más decisivos. Aparece de continuo en nuestra obra literaria y poética. Era emprendedor y vitalista. Tuvo una camioneta, se dedicó a la chacinería, a la corcha, a elaborar cera y vivió siempre a ras de la vida. Tenía muchos amigos. Yo lo acompañaba cuando iba a verlos. Y aquellos encuentros eran para mí siempre lecciones de vida.

Traigo aquí esta pequeña historia familiar, porque ahora, a mi tía Carmen Hernández Hoyos, que reside en Sevilla desde hace muchos años, se le ha concedido, por parte del arzobispado de Sevilla la Medalla “Pro Ecclesia Pontifice” y se le ha entregado en un acto celebrado en la capital hispalense este pasado y reciente 9 de octubre; en un acto que ha tenido que ser privado, debido a las graves circunstancias que está ocasionando en nuestra sociedad la pandemia del corona virus.

Mi tía Carmen, hasta su jubilación, ha desempeñado por diversas tierras de España la profesión de maestra de escuela, en una tarea de plena y continua entrega a los niños y a los pueblos en los que ha desarrollado la docencia. Ha hecho mucho bien por todos los lugares por los que ha pasado; porque la actitud de entrega y de disponibilidad se nos ha inculcado a todos desde nuestro núcleo familiar.

Ha sido maestra en Las Hurdes, en las alquerías de Martilandrán y de Fragosa, colaborando en tal etapa con el Cottolengo del jesuita P. Alegre, ubicado en Martilandrán, una maravillosa iniciativa que tendríamos que conocer más todos, pues la labor que allí se realiza nos reconcilia con la humanidad verdadera.

También desarrolló su docencia en las apartadas tierras leonesas del pueblecito de San Fiz do Seo, en área ya de un retirado Bierzo, muy próximo a Galicia. Y después en pueblos de Sevilla (Los Palacios, entre ellos), para terminar en la capital hispalense, ‘dando escuela’ (hermosa expresión que antes se utilizaba y que nos gusta particularmente) en alguna barriada sevillana.

Y, en su jubilación, colaborando día a día con la archidiócesis sevillana, ha desarrollado y sigue desarrollando una labor catequética, educativa y social con los sectores más frágiles de la sociedad, incluidos los inmigrantes.

¿No es mucho? Traemos hoy aquí, por este motivo, esta pequeña historia familiar de nuestra rama materna. En algún otro momento, habremos de hablar de nuestra madre (con sus 93 años recién cumplidos) y de nuestra querida tía Vicenta, la tía Tula de nuestra familia.