Miércoles, 21 de octubre de 2020

El Cerco de Zamora, hecho clave de nuestra historia

En más de una ocasión, todos hemos oído la expresión “no se ganó Zamora en una hora”. Sin embargo, no es tan conocido el hecho de que ésta tiene su origen en un acontecimiento histórico, el Cerco de Zamora, del que esta semana se han cumplido 948 años.

 

Este pasaje de nuestra historia finalizó en octubre del año 1072, cuando con la connivencia de la Señora de Zamora, Doña Urraca, un caballero llamado Bellido Dolfos salió de las murallas de la ciudad para dar muerte al rey Sancho de Castilla, quien había impuesto un asedio a Zamora que duraba ya siete meses, siendo esta ciudad la última plaza del Reino de León que resistía ante el empuje de Sancho.

 

Ante todo ello, cabe preguntarse: ¿Cómo se gestaron los hechos para llegar a dicho asedio? Para dar respuesta a ello hemos de situarnos en el año 1065, cuando falleció el rey Fernando I de León, repartiendo en su testamento sus dominios entre sus hijos. Así, dio el Reino de León a Alfonso, el de Galicia a García, y el condado de Castilla, que pasaba en dicho testamento a tener calidad de reino, a Sancho. Además, el finado Fernando dejaba en herencia a sus hijas, las infantas Urraca y Elvira, las ciudades de Zamora y Toro respectivamente, ambas en calidad de Señorío dentro del Reino de León de su hermano Alfonso.

 

Sin embargo, tras la muerte de Fernando I y el reparto fijado por su testamento, Sancho no quedó satisfecho con él y, ya como rey de Castilla, se decidió a tomar los reinos de sus hermanos, violando así el reparto establecido por su padre. De esta manera, en primer lugar propuso a Alfonso de León aliarse contra García de Galicia para repartirse su territorio, de modo que Galicia acabó siendo tomada por ambos, y su rey, García, fue apresado.

 

No obstante, tras lograr su primer objetivo de eliminar del tablero real a García de Galicia, el rey castellano pasó a fijar como nuevo objetivo hacerse con el reino leonés de Alfonso, iniciándose así una serie de batallas entre leoneses y castellanos que acabaron con el apresamiento del rey Alfonso VI de León a manos de Sancho de Castilla tras la batalla de Golpejera.

 

Curiosamente, el apresamiento de Alfonso, pese a darse en Golpejera, no vino como consecuencia directa de los lances de batalla, sino que fue fruto de una jugada por parte de Sancho que se saltaba todas las leyes de la caballería. Y es que, tras una jornada de batalla en la que tomaron ventaja los ejércitos leoneses, debiendo huir los castellanos (prohibiendo de hecho el rey Alfonso perseguir y exterminar a las tropas enemigas que huían), los ejércitos regresaron a sus campamentos para descansar, de cara a continuar la batalla al día siguiente.

 

Sin embargo, aprovechando el necesario descanso nocturno, el rey castellano, al que aconsejaba como alférez Rodrigo Díaz de Vivar “El Cid”, decidió lanzar un ataque al campamento de las tropas leonesas mientras éstas dormían, masacrando al ejército leonés y tomando como prisionero al rey Alfonso VI. Una acción que resultó determinante para que posteriormente el rey leonés dictase el destierro del Cid.

 

En todo caso, tras dicha batalla, ya con el rey leonés apresado, la Señora de Zamora, Doña Urraca, intercedió con Sancho para que le conmutase la pena de prisión a Alfonso por la de destierro, hecho que logró, pasando el rey leonés al exilio en la taifa de Toledo, cuyo monarca musulmán acordó con el rey castellano que el leonés no regresase para recuperar su reino.

 

De esta manera, el rey Sancho de Castilla inició, a inicios del año 1072 y con el monarca leonés en el destierro, su campaña de conquista del Reino de León. Un periplo conquistador en el cual las ciudades leonesas fueron cayendo una a una ante el empuje de los ejércitos castellanos. No obstante, con prácticamente todo el reino leonés ya conquistado por el monarca castellano, una ciudad, Zamora, seguía resistiéndose a caer bajo el poder de Sancho, resguardando entre sus murallas a lo que quedaba de las tropas leonesas.

 

Consciente de la importancia estratégica de Zamora, como centro neurálgico del Reino de León y llave en el paso del Duero que separaba el norte y el sur del territorio leonés, los castellanos, que ante la robustez de las murallas zamoranas no veían factible tomarla por las armas, decidieron someter la ciudad a un asedio, es decir, impidiendo que nadie pudiese entrar o salir de las murallas, buscando con ello que el paso del tiempo y la falta de alimentos acabasen haciendo que la ciudad claudicase por hambre.

 

Sin embargo, tras siete meses de asedio, Zamora seguía resistiendo el cerco de los castellanos, conservando tanto la Señora de Zamora, Doña Urraca, como el alcalde de la ciudad, Arias Gonzalo, intacta su fidelidad al rey Alfonso VI de León, acordando un plan para acabar con Sancho y el cerco al que sometía a la ciudad. Un plan que ejecutaría un caballero llamado Bellido Dolfos.

 

Así, un 6 de octubre de 1072, Bellido Dolfos salió de las murallas de Zamora por el actual Portillo de la Lealtad, llegando hasta el rey Sancho de Castilla, asesinándolo y volviendo a entrar a galope por dicha puerta de la muralla, seguido de cerca por la guardia castellana encabezada por el Cid.

 

El hecho, como no podía ser de otra manera, fue posteriormente narrado en los cantares de gesta medievales, con una perspectiva que, obviamente, dependía de quién lo narrase. De esta manera, en el romancero castellano Dolfos era tratado de traidor, diciéndose en el Romance del Rey Don Sancho: “de dentro de Zamora un alevoso ha salido: llámase Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco; si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.”

 

Asimismo, en dicho romance se apuntaba a la implicación de Doña Urraca en la acción llevada a cabo por Bellido: “metióse por un postigo; por las calles de Zamora va dando voces y gritos: -Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.”

 

Por su parte, en el Romance de Doña Urraca la cuestión se enfocaba de una manera muy diferente, simulándose una especie de diálogo de Fernando I con sus hijos, incidiendo sobre la herencia de Zamora que otorgaba a Doña Urraca, maldiciendo a quien tratase de arrebatársela, aceptándolo todos los hermanos salvo Sancho: “Allá en tierra leonesa un rincón se me olvidaba, Zamora tiene por nombre, Zamora la bien cercada, de un lado la cerca el Duero, del otro peña tajada. ¡Quien vos la quitare, hija, la mi maldición le caiga! Todos dicen: «Amén, amén» sino don Sancho, que calla.”

 

En todo caso, con la acción de Bellido Dolfos en octubre de 1072, éste logró la liberación de la ciudad de Zamora del asedio, por cuya larga duración, siete meses, nació el dicho de “no se ganó Zamora en una hora”, posibilitando que el rey Alfonso VI de León pudiese volver del destierro, al verse liberado el rey taifa de Toledo de su acuerdo con un Sancho de Castilla ya fallecido.

 

Como consecuencia de ello, Alfonso VI recuperó el mando en el Reino de León, y emprendió importantes acciones en el proceso de la Reconquista, como la conquista de Toledo a los musulmanes, a partir de la cual el monarca leonés pasó a intitularse como “Imperator totius hispaniae” (emperador de todos los hispanos), al haber recuperado la antigua capital visigoda de Hispania y ser la Corona Leonesa el reino cristiano más potente de la Península Ibérica por aquel entonces.

 

Asimismo, la figura de Alfonso VI de León tuvo una gran relevancia para las tierras salmantinas, al reforzar la posición de la ciudad de Salamanca, otorgándole fueros propios y encomendando a su yerno, Raimundo de Borgoña, una nueva y ambiciosa repoblación de la ciudad, proceso que extendió también a otros puntos de la provincia, como Ciudad Rodrigo, donde la repoblación fue dirigida por el conde Rodrigo González Girón.

 

Paradojas de la historia, todo pudo ser muy diferente de no haber liberado Bellido Dolfos a Zamora del cerco en 1072. En ese caso, Alfonso VI quizá nunca hubiese regresado al trono leonés y su yerno, Raimundo de Borgoña, no hubiese desarrollado unas repoblaciones en nuestra provincia, gracias a las cuales hoy nos encontramos con apellidos de origen francés en tierras salmantinas, como Martín, Bernal o Cascón.