Miércoles, 21 de octubre de 2020

La sanidad en esta nuestra España vaciada

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Nuestra Castilla profunda, esa que siempre fue leal a la Corona, fiel a los dictados del nacional catolicismo y obediente ante un ejército servil con las altas clases sociales, esa tierra eternamente sumisa ante el absolutismo y los desmanes de quienes les gobernaron en el pasado, es la que también históricamente ha sufrido las decisiones de ese poder omnímodo, caciquil y clientelar. Mientras en nuestro tiempo hemos visto progresar, sobre todo a las regiones periféricas, como Cataluña, País Vasco ó Valencia, Castilla (con la excepción de Madrid, por ser el centro político del Estado, donde se encuentran sus instituciones de gobierno y donde también han proliferado, no sólo los servicios, sino la industria y el comercio) ha ido cayendo progresivamente, sobre todo el corazón de esa gran región, que es la actual demarcación administrativa autonómica de Castilla y León, con la pérdida progresiva de tejido productivo y la salvaje emigración de muchos de sus habitantes hacia otras regiones españolas e incluso del extranjero.

En la historia reciente -me refiero a toda la del S. XX hasta nuestros días- la situación pudo cambiar con el advenimiento de la Segunda República, en 1931, y las ansias de progreso y libertad que tuvieron nuestros gobernantes producto de la ilusión colectiva de la mayoría de los ciudadanos de España. Castilla y sus ciudadanos debieron estar agradecidos a esta esperanza porque nada más proclamarse la Segunda República uno de los primeros Decretos del Gobierno Provisional, publicado en la “Gaceta de Madrid” (antiguo BOE), fue el que instauraba la “bandera tricolor”, como la mayoría de las Repúblicas surgidas de la triada revolucionaria francesa de la “libertad, igualdad y fraternidad”. Y sabemos que la bandera, como los símbolos de cada Estado, nos identifican a todos y nadie puede adueñarse de lo que realmente representan: un sentimiento colectivo asentado en ideales democráticos de libertad, justicia, pluralismo, tolerancia y solidaridad. Estoy seguro que si muchos ciudadanos (sobre todo de Castilla) conocieran el argumento del Gobierno Provisional a la hora de declarar oficial la bandera tricolor, le tendrían más aprecio y menos animadversión. Entre los Decretos publicados el 28 de abril de 1931, estaba el que declaró oficial esa bandera y en sus argumentos decía lo siguiente: “la República cobija a todos. También la bandera, que significa paz, colaboración de los ciudadanos bajo el imperio de las justas leyes. Significa más aún: el hecho, nuevo en la historia de España de que la acción del Estado no tenga otro móvil que el interés del país ni otra norma que el respeto a la conciencia, a la libertad  y al trabajo. Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad, con lo que el emblema de la República, así formado, resume más acertadamente la armonía de una gran España”. En clara alusión al color morado del pendón castellano.

Pero, por desgracia, los caciques, los aristócratas, los poderes fácticos y los económicamente más poderosos, vieron en la República una amenaza grave a sus privilegios y unieron sus fuerzas a los rebeldes  para imponer, por la razón de la fuerza, sus principios y sus dogmas y en ese gran pueblo, como en el resto de España, la inmensa mayoría de los habitantes pasaron de ser ciudadanos a ser súbditos.  Castilla, o mejor dicho, los castellanos, pasaron de esa ilusión, de esa aspiración de progreso y modernidad, a ser lo que siempre fueron: sumisos y pisoteados por los que siguen disfrutando de privilegios históricos (que son una minoría en relación a la mayoría de la población: labradora, ganadera, de pequeñas empresas y del comercio y los servicios).

Las consecuencias ya las conocemos. Se ha producido una sangría poblacional sin precedentes en Castilla y León, sobre todo en los últimos 50 años y las previsiones para el futuro son poco halagüeñas, porque según las proyecciones de población 2020-2070 publicadas a finales de septiembre por el INE, nuestra comunidad Castellano-Leonesa liderará la pérdida de población en los próximos años. Y nada se ha hecho ni se está haciendo para remediarlo. Además, corremos el riesgo de que se supriman servicios básicos y esenciales como la sanidad en nuestras zonas rurales, cada vez más aisladas, cada día más vilipendiadas. Desde la declaración del Estado de Alarma en marzo, los pequeños municipios sólo están recibiendo atención sanitaria previa cita telefónica y, en muchos casos, no llega a ser ni personalizada aún con esa cita previa, intentando resolver los problemas de salud a través de la propia conversación telefónica entre médico y paciente. Es, a todas luces, lamentable.

En los últimos días hemos conocido dos casos de grave desatención médica con consecuencias funestas que han sucedido en nuestra comunidad en estos últimos tiempos en los que la pandemia de la COVID-19 está desbordando la capacidad de la ya debilitada atención primaria y hospitalaria, provocada, no lo olvidemos, por los deleznables recortes en políticas públicas en los últimos años. Las burgalesas Sonia Sainz y Lidia Bayona fallecieron después de padecer síntomas graves durante varios meses sin ser atendidas por los servicios médicos correspondientes. La única atención fue la telefónica, errando en el diagnóstico. Lo que resultaron ser tumores malignos graves que acabaron con sus vidas fue confundido por otras afecciones leves como meras diarreas o gastroenteritis

Esta semana me puse en contacto telefónico con una vecina de Mieza a la que intervinieron quirúrgicamente en el complejo hospitalario de Salamanca de una severa afección traumatológica en un pie, durante varias horas. Me contó que inmediatamente después de tres horas de quirófano la bajaron en silla de ruedas y la dejaron “literalmente abandonada a su suerte”, pues estaba acompañada por su pareja. Ni le proporcionaron ambulancia para llevarla a su pueblo, que está a casi 100 kilómetros, ni le facilitaron ningún otro medio de transporte. Al no poseer vehículo propio, tomaron un taxi que les llevó a la estación de autobuses para enlazar con la línea regular que los trasladase hasta su lugar de residencia. Debido a los esfuerzos realizados en el traslado y ya en Mieza, tuvo una fuerte hemorragia en el pie. Se pusieron en contacto con el centro de salud de Aldeadávila y les dijeron que en ese momento no podían acudir a atenderla en su domicilio y que se trasladara hasta el centro. La solidaridad ciudadana, que por suerte aún existe, hizo que un vecino del pueblo la trasladase inmediatamente al centro de salud para que fuera atendida de urgencia.

Y mientras todo esto sucede, ese gran hospital que se ha construido en Salamanca y que tenía que haber entrado en funcionamiento hace algunos años sigue sin inaugurarse aunque ya esté terminado. ¡Así estamos en esta noble tierra de León y de Castilla.