Viernes, 30 de octubre de 2020

Penados y condenados

No son los cuerpos ya sino desechos, / y fosas y jirones!”  JOSÉ MARTÍ, ‘Amor de ciudad grande’, Versos libres, 1882.

Hoy, 10 de octubre, se ¿celebra? en todo el mundo, una vez más, el Día Mundial Contra la Pena de Muerte, un recordatorio de la necesidad de la lucha que contra la aberración de la pena capital llevan a cabo un número creciente de personas y organizaciones, y un llamamiento mundial a la dignidad y a la moralidad de todas y cada una de nosotras, para que exijamos a los países que todavía (¡todavía!) conservan en sus ordenamientos jurídicos la brutal salvajada de la pena de muerte, la inmediata anulación de semejante inhumanidad.

Sabido es que la escasez de los logros de estas celebraciones de días mundiales dedicados a cualquier causa, corre paralela con el desinterés que esas mismas causas concitan en los otros trescientos sesenta y cuatro días del año, y que es precisamente el hecho de que organismos internacionales dediquen un día a recordar y difundir una lucha, la persecución de un logro o una reivindicación, el reconocimiento implícito de que esos mismos organismos han sido incapaces de superar, precisamente por su propia incapacidad, la necesidad de su reivindicación.

Tantos argumentos, y de tanta profundidad, existen para rechazar que la pena de muerte siga existiendo en el mundo, que sería más fácil calificar la indecencia moral de quienes todavía (¡todavía!) defienden la vigencia de tal aberración, que relacionar las innumerables razones para su eliminación. Los crímenes cometidos judicialmente por los estados que aún se deshonran a sí mismos sentenciando a muerte a seres humanos y ejecutando esas condenas, hablan del miedo, de la inseguridad, de la auto-desconfianza y de las grandes carencias humanísticas que aún cimentan la identidad de algunos países, entre los que se encuentran varios punteros en su influencia global y, por tanto, peligrosos ejemplos a imitar para gobernantes de todo el mundo.

Más allá de la conmemoración de este 10 de octubre, que quiere gritar una vez más la fuerza de la Razón, el poder de la Inteligencia y la capacidad del Derecho para rebelarse contra la pena de muerte, no deberíamos olvidar que cada día del año, cada hora y cada minuto, el mundo entero ejerce y ejecuta con indolencia sobre millones de personas una pavorosa, indigna y repetida pena de muerte, condenándolas a morir de hambre, enfermedades, sufrimiento y tristeza. Invistiéndonos todos de jueces con la toga de la injusticia y de verdugos con la máscara de la indiferencia, miramos hacia otro lado abandonando y condenando a la muerte segura a miles y miles de personas en los campos de refugiados, en los grandes desiertos de las hambrunas, en los expolios globales, en las guerras ocultas o mediáticas, en la esclavitud de todavía, en el infanticidio permanente, en la celebración criminal de ritos salvajes y religiosos, en la sed, en la ceguera, en el abandono y en la indiferencia con que, también, al volver la esquina de nuestra propia casa, ejecutamos sin piedad y sin conciencia la más cruel de las condenas a muerte cuando toleramos la indignidad del hambre y de la miseria, impávidos ante el abandono, refractarios al sufrimiento y cómplices de la injusticia, que van minando velozmente la vida de quienes no son siquiera reos de ninguno de esos ‘delitos capitales’ con los que en las grandes cortes de justicia del mundo se argumenta la venganza y se rubrica lo infalible cuando se condena a la pena de muerte.