Viernes, 27 de noviembre de 2020

Morder la manzana

El republicano de la CNT Juanito Valderrama quizás sea el primer cantautor español si miramos el calendario. Compuso junto a Manuel Serrapi y Manuel Pitto  la canción "El emigrante", según él una canción protesta y no un himno sentimental a la nostalgia de España por todos los que tuvieron que irse en busca de pan. Sea cual sea la intención que alumbró entonces a Juanito,  esa canción se convirtió con el paso del tiempo en una de las más sentidas por los que se fueron y por los que se quedaron.

La emigración es un exilio con un estrépito interior que quien sólo lo probó lo sabe. Y este país está doctorado en viajes a ninguna parte que nos llevan a decir estos que ves ahora campos de soledad, mustio collado nunca pudieron ser  la eterna mansión de la infancia donde el pájaro cantaba generaciones antiguas por el amor de los muertos, o ese pueblo de ventanales abiertos donde la raza del padre pasó a ser nuestra y luego de nuestros hijos y de ellos a nuestros nietos. Qué cortas fueron todas las travesías.

En la España franquista mientras volvía a reír la primavera, en la década de los años 50 casi tres millones de españoles con sus familias (2.720. 988 según datos oficiales) tuvieron que emigrar del campo a las ciudades. No encontraron ni trabajo ni viviendas con la mínima dignidad.

Dos millones más de españoles emigraron al extranjero, especialmente a Alemania, Francia y Suiza. Ya es tarde para  proclamar que la abuela fuma: la mitad de ellos lo hicieron de forma irregular y no con contrato como se sigue sosteniendo. Pero todos ellos fueron recibidos con recelo en sus países de destino. Ana Fernández Asperilla  en su “Historia de las Migraciones” denuncia que en Suiza eran considerados un peligro para las mujeres, y que en todos los países tenían dificultades para alquilar una vivienda.

La emigración española de los 60 supuso un alivio para una España que se ahogaba económicamente y que veía que el hambre en muchas familias no salía nunca de casa. Para los países industrializados de Europa, los emigrantes españoles fueron  mano de obra barata. Lo documenta muy bien Félix Santos. Y ya en la década de los 70, en mis paradas en Alemania, vi cada mañana cuadrillas de españoles en las estaciones de algunas ciudades esperando a que el camión del patrón eligiese a un grupo y se los llevase: algunos tenían esa suerte porque ese día iban a trabajar.

Para el franquismo, la emigración española al extranjero supuso una válvula de seguridad ante las tensiones provocadas por el paro, las huelgas, y el trasvase de los pueblos a las ciudades.

Supongo que nos suena de algo ahora, cuando somos las dos cosas: recibimos refugiados, y a la vez vemos cómo 4.500 salmantinos fueron los últimos en emigrar en la última hornada.

Hay dos testimonios que destapan la dureza de aquellas vidas: el arrojo de José Antonio Nieves Conde rodando en 1951 la película “Surcos” donde denuncia la crueldad, el desengaño, las penalidades, y la rendición final emprendiendo el camino de vuelta. Y el último libro de Luis Pastor donde relata en “Memorias en verso” su desarraigo de la jara extremeña para después de dar tumbos por los cuatro puntos cardinales vino con su familia a parar en un poblado de chabolas madrileñas.

Resulta muy identificable leer el abandono de la primera casa, porque yo viví lo mismo. En realidad he emigrado tantas veces que tengo varios pueblos y -como ya he dicho otras veces- si me preguntan, tengo que parar la noria para responder, porque llega un momento en la vida en que hasta los pueblos parece que te los van cambiando de sitio.

No me resisto a reproducir sílaba a sílaba lo que Luis Pastor escribe:” A las puertas del futuro/ se te cierran los caminos/. Agua que mueve el molino/ sigue su rumbo sin más/ y nosotros, como el agua/ nos tuvimos que marchar/. Y la imagen se repite/ a la salida del pueblo/ instantánea en blanco y negro/ de mis hermanos y yo/ sentados entre los muebles/ subidos a los camiones/. Y la emoción contenida/ del que sabe que se va/ para vivir otra vida.”

Así emigramos nosotros y él.

El exilio es muy áspero. Yo he vuelto a vivirlo al ojear el libro de Juan Sánchez para conmemorar los 50 años de Santa Inés, mi penúltimo pueblo. Ahí dejé yo una mínima colaboración hincada en los colmillos zarcos de un niño que a los 10 años tuvo que apagar sus días salvajes e irse.  ¿A dónde? A un pueblo que no existía.

Sé -porque el primer enemigo de un niño nunca se olvida- que hice los 30 kilómetros dejando mi casa atrás a lomos de una burra blanquecina enfadada con el mundo. Que crucé un río sin puentes. Y que aterricé en un barracón de ladrillo, uralita, suelo de tierra, una chimenea, y dos ventanitas de hierro. Y ni un solo servicio, porque ni luz eléctrica  había, que con carburo nos alumbrábamos. No se puede decir que nos esperase en El Matón y la Cañá del Caño mucho bienestar, no.

Arriba, en la colina donde luego construirían el pueblo, se hacinaban familias compartiendo las casas antiguas de dos en dos. La misma servidumbre humana que en las décadas de los 50 y los 60 sufrían los que tomaron el camino de las ciudades españolas o europeas.

Al ver el libro, sé que otro cachito de  memoria es para dar voz a los seis más viejos que quedaban de aquella tribu del desarraigo. Aquellos seis pioneros coincidían en algo: los mejores años de su vida los habían dejado en el pueblo del que se vieron obligados a irse.

Y me doy de bruces con mi padre y mi madre. Y ahí el amor revienta como se levantan los viejos países de la memoria. Si yo no me acostumbré nunca a vivir en un pueblo sin río, imagino su brevedad de desierto al dejar atrás, como muchos de aquella generación, sus niños muertos.

Su vida debió de ser ya una puerta cerrada, sin ni siquiera una nube de guardia suspendida sobre sus silencios.

Hoy que repaso aquella emigración bajo la bruma del conocimiento que jamás se desvanecerá, me doy cuenta de que aquel niño emigrante se aferra a la fascinación probablemente mentirosa de que una llave de una de aquellos barracones tan míseros abría todas las puertas.

Morder la manzana se paga. Quizás con la pedrada de saber hoy que a mi edad, mi padre llevaba casi 20 años habitando profundidades. Lo mató la muerte, lo mató la pena.