Viernes, 30 de octubre de 2020

Al amor de la lumbre 

Como no ha habido verano, nos pilla el frío a contramano y andamos todos buscando el abrigo del jersey, el calefactor y el brasero en tanto no se enciendan las calefacciones de las casas, esas que se adornan de ropa tendida que el viento esparce y desordena, como en el poema de Garcilaso. Qué bonito el campo, me dice el conviviente urbano después de hartarse de higos y de recoger membrillos que el viento ha tirado del árbol antes de dorarse al sol de Erice y Antonio López. Muy bonito, sí, pero la tierra para el que la trabaje, amor.

En la casita de los amigos, arde la lumbre y se corta el jamón con esa pericia de los encuentros, la misma con la que beben del porrón que se pasa de mano en mano. Hay cosas que son como siempre y a la pandemia que le den tila. Nosotros cambiamos la bolsa de los membrillos por las uvas donde duermen, borrachas de arrope, las avispas.

-¿Hoy no te traes al perro chico?

Los gatos nos miran desde las vigas riéndose del peludo de la casa del pueblo, que cuando viene al huerto amigo se harta de perseguir sombras y pájaros ahítos de uvas. La parra es una bendición para aves, avispas y visitantes, porque el dueño está harto de cortar racimos y amontonarlos ¿Te cojo uvas para tu padre? El maletero del coche de mi hermano está lleno de bolsas y hasta una berza inmensa desborda, generosa y humilde, en su desproporción de hoja.

-Trae acá una bolsa y te llevas unas manzanas.

Este año no se han dado los tomates, pero las calabazas parecen esperar a los primeros exámenes. La lumbre está preparada para la brasa, pero nosotros nos vamos, el aperitivo comido y el coche lleno. La avispa, resguardada en el grano de uva medio mordido, era de un amarillo casi plástico, de una geometría imposible, círculo perfecto.

-Están medio dormidas, por el frío. Ahora sí que no pican.

Viva y adormecida, como la razón de todos, aletargada por tantos meses de noticias contradictorias. Ahíta de paradojas, la razón nuestra. Trump negaba al coronavirus y paladeamos, con maldad y resentimiento, un final adecuado a su discurso.

-Tendría bemoles que se muriera, el payaso ese.

Al amor de la lumbre, se habla poco del virus, solo para reírse de la mascarada. Hacer el chiste fácil, pasarse el porrón de nuevo, alargar la mano al plato común donde reside la esencia de lo bueno. Es domingo por la mañana y el vino tiene una densa cualidad de posos. Estamos en tiempo de otoño y apenas hemos saboreado el verano. Cuando salimos, los gatos, distantes y descreídos, buscan la sombra del perro chico que hemos dejado en el patio, buscando el charco de sol donde tumbarse. Es otoño quizás y nos hace ese frío inesperado, me cago en la restalla y aquí que no ponen la calefacción ni nada y me entran ganas de quedarme al amor de la lumbre y de la charla, que razón tienes, amor, eso del campo, qué bonito.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.