Viernes, 30 de octubre de 2020

¡Basta!

Después de varias semanas de retiro voluntario inmerso en mundos imaginarios y mitológicos de amores, traiciones, infidelidades, asesinatos y traiciones; llega el momento de volver a la realidad y constatar que, desgraciadamente, las cosas han cambiado poco, es más, yo diría que en ciertos aspectos ha empeorado.

En mi opinión, y es mi deseo, cosas como las mascarillas, los hidrogeles, las pantallas de metacrilado o la mal llamada distancia social, porque es una distancia física  ya que se mide en metros, quedarán en un futuro esperemos próximo, como simples anécdotas aunque hoy nos parezcan, y lo son, de una enorme importancia. Si aprendimos conceptos básicos de economía con las crisis de hace unos años (prima de riesgo, crecimiento negativo o “brotes verdes”), hoy estamos en una fase avanzada de aprendizaje de términos relacionados con la ciencia médica, la investigación y la salud en general (PCR, confinamiento, alerta sanitaria, test serológicos, fase de la investigación de vacunas, etc.). Y, tal vez sea por eso de que cada español (también catalán, vasco o gallego) lleva dentro un árbitro y un entrenador lo que le hace experto en fútbol o un versado crítico taurino que le permite aconsejar a los maestros del arte del toreo; que en la actualidad observamos la aparición, por generación espontánea, de una oleada de experimentados virólogos y especialistas en salud pública que saben todo lo que hay que saber para enfrentarnos a este nuevo patógeno y sin ningún rubor opinan sobre todo, lo peor es que hay gente que les cree.

El caso es que si a todos estos charlatanes de la COVID, les sumamos la torpeza en la comunicación y falta de precisión y coordinación que las distintas administraciones públicas están poniendo de manifiesto a la hora de implantar medidas que frenen los nuevos contagios; la realidad, sino fuera por lo dramático, resultaría extravagante y esperpéntica.

La responsabilidad de poner freno a una grave pandemia a nivel nacional recae sobre Gobierno de la Nación, pero también de todos y cada uno de los ciudadanos, entonces ¿por qué muchas autonomías reclamaron de manera tan insistente,  incluso agresiva y grosera, la delegación de competencias? Y aún más importante ¿por qué el Gobierno se las dio? Si es prioritario, parece que siempre lo fue, detectar lo antes posible a las personas portadoras del virus ¿por qué aún, después de tanto meses, los Servicios de Atención Primaria siguen sin ser reforzados y no se contrata el personal sanitario necesario? Si las medidas de confinamiento han ocasionado la perdida de centenares de miles de puestos de trabajo y el cierre de incontables negocios, y si para paliar las consecuencias se han habilitado, y dicen que dotado económicamente, varias medidas urgentes ¿por qué resulta tan complicado para las personas acceder a ellas? Si la vuelta a los colegios debería haberse comenzado a planificar desde el día siguiente al que fueron cerrados ¿por qué los protocolos y las normativas se dieron a conocer una semana antes, y de forma confusa, a docentes y alumnos? Si las medidas preventivas las deben prescribir los expertos en salud, como debe ser ¿por qué su aplicación queda en manos de los tribunales de justicia, en manos de jueces que no son ni virólogos, ni epidemiólogos ni expertos en salud comunitaria? Y tantas otras preguntas que seguro que ustedes se han hecho.

Pero mientras todo esto suceden en la vida real, nuestros gobernantes se dedican a crear grupos de trabajo de todo tipo en los que muchos de los verdaderos expertos en salud y también medianos empresarios, asociaciones de vecinos, madres y padres de alumnos, etc.; brillan por su ausencia ¿Por qué las comisiones de Congreso y Senado se enzarzan en temas como los dimes y diretes del Rey emérito, la legitimidad de la monarquía española, el ya manido tema catalán, los indultos o la inhabilitación del Presidente Torras? Y lo hacen entre insultos, descalificaciones, ofensas personales y muchos "tú más…”? ¿Por qué les interesa tanto hacerse fotos rodeados de banderas escenificando situaciones de normalidad y acuerdo, que nadie se cree, para desmentirlo todo nada más terminar el acto? ¿Por qué se pierde el tiempo en registrar una moción de censura al Gobierno, cuando todos sabemos ya de antemano que está perdida?

¡Señores que estamos en la segunda ola de una grave pandemia que ya ha matado a mucha gente, que ha dejado sin trabajo a muchos miles de personas y que ha arruinado muchas empresas y pequeños negocios! Menos protesta y más propuesta, menos partidismo y más pensar en el bien común, menos postureo y más humildad.

Si el rey está en los Emiratos Árabes, si a Pablo Iglesias o al Señor Rufián no les gusta vivir en una monarquía parlamentaria, si algunos quieren sacar pecho, cual avezados legionarios, presentando una farsa de moción de censura o si se deja vacía la silla del expresidente Torras (por cierto condenado por incumplir la Ley no por defender la libertad de expresión). Todos son temas menores, porque ahora lo prioritario, creo que para una amplia mayoría, es no morirse y después saber cómo vamos a seguir adelante con la que se avecina.           

El sociólogo francés Gustave Le Bon, dejó escrito: Las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes, en actos. El filósofo y escritor inglés Aldous Huxley advertía Cuanto más siniestros son los designios de un político, más estrepitosa se hace la “nobleza” de su lenguaje. Y por último, el que fuera Alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, dejó dicho El triunfo político es la suma del sentido común y la capacidad de liderazgo. Pues, desafortunadamente, todo apunta a que nuestra clase política tiene una voluntad débil, abusa en demasía de un estrepitoso lenguaje, y en cuanto al triunfo político carece de ambos sumando. Vergüenza ajena. ¡Basta ya, hombre! ¡Basta ya!

¡Grande Quino!