Viernes, 30 de octubre de 2020

#SanidadRuralDigna en la hora de la reorganización

Es hoy sábado, 3 de octubre, a las doce del mediodía en las puertas de los centros de salud y, ¡sobre todo!, de los consultorios locales. Un gesto. En la inmensa mayoría, sin prensa. Acaso la cámara de un móvil para recordar que alguien atendió a la invitación de parar unos minutos por su pueblo y reivindicar una sanidad rural digna. Este año la iniciativa de los diferentes grupos y plataformas de esa España vacía o vaciada, que el otoño pasado rogaba un pacto nacional contra la despoblación, se ha fijado en la sanidad rural.

No todas las comarcas rurales españolas son comparables, ni mucho menos. Trabajo desde hace cinco años y medio largos en una zona básica de salud extensa, intensa, entrañable, la de Aliste, en Zamora, pero también me he desempeñado en varias del norte de Extremadura, a su vez muy diferentes entre sí, por lo que tampoco la sanidad rural puede abordarse como un todo sin matices ni peculiaridades. En Aliste se intentó ensayar una experiencia organizativa diferente, que bastantes de los de dentro, pacientes y profesionales, sí queríamos esperar a vivir para juzgar, mientras muchos de los de fuera ya descalificaban de raíz. Arrancó un lunes, segundo día de marzo, y todos sabemos lo que ocurrió antes de llegar a la mitad de ese mes. Hay quien opina que, realmente, la emergencia sanitaria ha servido para una prueba más generalizada de la reorganización en la asistencia, tanto la rural como la urbana, la primaria pero también la hospitalaria. Por ejemplo, con el incremento de la consulta telefónica (ya existía, y bien usada aligeraba mucha burocracia, sin suplir los actos médicos que requieren presencia física). Sin embargo, se retome o se aparque el “proyecto piloto de Aliste”, no puede darse, por estos meses tan convulsos, como experimentado. Si se juzga, se hará sin justicia.

A todos los que a las doce se reúnan, debidamente protegidos, en la puerta del consultorio de su pueblo, cerrado como estaba siempre salvo los martes de nueve a diez cuando venía el médico, o los jueves de once y media a una cuando pasaba visita la enfermera, quiero darles la enhorabuena. Por comprometerse. Por preocuparse. Por alzar la voz. A partir de esa inquietud se puede siempre dialogar sin el ruido de fondo de los intereses de los partidos políticos, que enturbian a menudo estas reflexiones sobre qué hacer y cómo hacerlo para, más que conservar una asistencia sanitaria, mejorarla.

Sé que muchos son escépticos con la cita previa de las consultas, pero resulta fundamental para una adecuada organización y aprovechamiento del tiempo. Si el teléfono no es un medio adecuado para solicitarla, aunque eso pone en entredicho que lo estemos usando para requerir atenciones urgentes, se puede pensar en otras maneras: quizá una persona designada por el ayuntamiento, o por los servicios sociales, que la recabe en persona y se encargue de formalizarla. También los farmacéuticos se han mostrado dispuestos. Puede ser necesario en algunos casos concretos, no en la mayoría.

Otro cambio de mentalidad, en los pacientes pero sobre todo en los profesionales, otorgaría a la consulta programada su lugar. Durante estos meses, al recibir llamadas de los pacientes, he concertado muchas citas a demanda, pero más fructíferas a medio y largo plazo serán las que he programado llamándoles yo a ellos, para hacer esa analítica que habían olvidado, para recordarles los programas de detección precoz del cáncer, para seguir sus enfermedades crónicas, para charlar un rato sobre su ansiedad o su depresión, para dejar de fumar… Que el médico de cabecera controle la consulta, programando a los pacientes, no resta accesibilidad pero sí ordena el trabajo de acuerdo con el sentido real de la atención primaria. No se excluye por supuesto la asistencia urgente y del proceso agudo (ni el rastreo de brotes epidémicos, ni el dichoso papeleo que nos agota, ni tantas otras cosas), pero si eso lo copa todo, si los pacientes que lo necesitan pero también los más demandantes cubren toda la mañana, la parte menos vistosa pero más útil de la Medicina Familiar y Comunitaria queda sin hacer. ¿Hay algo más gratificante en nuestro oficio que sorprender a un paciente que lleva años sin venir e invitarle a empezar a cuidarse un poco?

Comprendo, y no niego que como referencia puede ayudar, que se reivindique la conservación de esa consulta de los martes de nueve a diez, o de los jueves de once y media a una, pero más importante que el marco temporal se me antoja la relación personal, que sean el mismo médico o la misma enfermera, los de cabecera, quienes atiendan al paciente. Aunque sea el lunes en vez del jueves, o el miércoles en lugar del martes. La organización de los centros de salud, que además son puntos de atención continuada para las urgencias, no siempre permite garantizar la continuidad asistencial, y eso se puede contrarrestar sacrificando el día tradicional, a través de la cita previa y la consulta programada, sin necesidad tampoco de apartar a los médicos de cabecera rurales de la atención continuada como sugieren algunos compañeros. Trabajar de lunes a viernes sin hacer guardias, completando unos mil trecientos kilómetros semanales como mínimo, por poner mi caso, no creo que contribuyera a cubrir esas plazas que ya hoy son de difícil cobertura. Porque, no nos engañemos, casi todos los médicos de Castilla y León residimos en capitales de provincia o localidades alejadas de las comarcas más periféricas de nuestras regiones.

Por último, un temor. Esta innegable difícil cobertura puede terminarse, no sé si completa o parcialmente, si los gobiernos de las diferentes comunidades hacen uso de ese decreto tan discutible del Ministerio de Sanidad que dispensa de ser especialista para ejercer la Medicina Familiar y Comunitaria (y las demás especialidades). Ya no bajo el paraguas del estado de alarma, como se asumió para el verano, sino con la posibilidad de contratos de un año, prorrogables. Un precedente peligroso, porque el fin de la pandemia, cuando se dé por controlada, no traerá consigo la resolución del problema previo de falta de médicos. Si contratan a estos compañeros, que lo son, sin título MIR, recién graduados o con una capacitación obtenida en el extranjero pero no homologada en España, es fácil deducir que terminarán en muchos de estos centros de salud y consultorios ante los que hoy reclama dignidad la España vacía. No les culpo por querer trabajar. Nada me entristece más que ver a un médico en la lista del paro, porque yo lo he estado y hace muy poco, en 2015, cuando ya faltaban médicos y los españoles se iban a otros países… pero retroceder cuarenta años, cuando se lanzaba a los médicos a los pueblos con el maletín y el sentido común, como le pasó a mi padre, también me entristece. Y a él. Y supongo que a todos.

En la fotografía, el castaño que alfombra cada otoño la puerta de urgencias de mi centro de salud.