Mi panadero está triste

     Fernando dice: “Estoy triste. Va a venir el otoño y las mujeres se taparán todo. No se les verán ni los hombros ni las piernas. Todo estará tapado, ya no habrá alegría para los ojos. Y encima tienen que taparse la boca, ya no puedo ver sus bocas”.  Y digo yo: Fernando tiene razón. Pueden decir lo que quieran sobre los ojos, pero la boca dice tanto. La boca nos comunica tanto, nos puede alegrar tanto. La boca es todo un mundo.

    Ya no es que venga el otoño, a mi me gusta el otoño. Pero las mascarillas por todas partes hacen que el mundo parezca un hospital. Y la boca tiene toda la sensualidad, toda la vida, todo el mensaje, toda la expresión, todo el aliento. Los ojos tendrán mucho, pero la boca siempre me ha dicho tanto, a veces besa aunque no se acerque, tiene densidad. El mundo se vuelve árido sin bocas y sin cara. Parecemos todos resúmenes de nosotros mismos.  Parece un ambiente aséptico y abstracto, todos con el uniforme como los chinos de Mao.  O todos con la corbata del banco.

    No es que me oponga al uso de la mascarilla. Pero qué putada nos ha caído. Porque nos están secuestrando, nos están borrando. El puto virus es calvinista, parece que odia la cara y el cuerpo. La cara es un cuerpo secuestrado por la mascarilla. La cara es pecado. Y todos usando lo mismo, perdiendo nuestra personalidad.  Esta mascarilla se parece a los uniformes de las dictaduras.

    Pero el caso es que Fernando tiene razón. En su tienda aparte de pan se venden huevos que parecen pintados por van Gogh, se venden patatas gallegas íntimas. En su tienda anida la vida. Pero él añora las bocas de las mujeres. Y no me vengan ahora con el machismo. Joder, solo es celebrar el cuerpo y la vida. La próxima vez me pondré en la piel de una mujer y lamentaré que los hombres ya no enseñen su cuerpo.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR   FOTO: CONSUELO DE ARCO