Viernes, 30 de octubre de 2020

Origen del vino y sus virtudes

Llegó octubre y con él la vendimia. Todo está dispuesto: los cestos, el lagar, el pozo del mosto y la cuba limpia. Sentado en el poyo antes de la amanecida, mientras esperaba que el canto del gallo desperezara la yunta, espabilara al ama de casa y aligerara a los vendimiadores, yo me enredé en indagar sobre el origen del vino. No tenía ciencia de qué fiarme, sólo intuición en el ciclo de los tiempos y de las cosas. Y, entre tanta parafernalia, deduje que el vino nació en el mes de octubre de un año (qué más da); y, en el mismo mes y año, apareció el hombre sobre la tierra, porque ya el hombre, según la intuición, nació con un jarro de vino bajo el brazo.

Luego, vino la leyenda de aquel rey persa llamado Jamshid, que nos contó otra versión y le añadió alguna virtud “picante” a aquel brebaje oscuro, escondido en las entrañas de la uva. La leyenda lo relata así: 

“Había una vez, hace muchos siglos, un rey persa llamado Jamshid, apasionado por las uvas. Las mujeres de su harem le traían fuentes enormes y lustrosos racimos de todos los tonos y fragancias inimaginables, que él desgranaba displicente, sólo atento a las sorpresas que podía depararle el ocio.

A fin de saborearlas, cuando concluía la temporada, las guardaba dentro de unas vasijas en una habitación fresca de su palacio. Un día descubrió que las uvas habían estallado y que un líquido espeso manaba de ellas. Era un licor que olía fuertemente con una acritud, que, en nada, recordaba la dulzura de los frutos. Jamshid, descorazonado, tuvo la certeza de que el jugo se había convertido en veneno y advirtió a sus cortesanas del peligro.

Una de ellas, habiendo perdido los favores del rey y, por lo tanto, el sentido de la vida, decidió suicidarse y se deslizó en la celda de las ánforas. Bebió un sorbo de la extraña pócima y se sintió inmediatamente mareada. Las piernas le temblaban y su corazón empezó a rebosar dentro de ella. Su piel se estremecía y, cada vez más, su cuerpo probaba un llamado a la alegría y al deseo. Entonces tomó una jarra, la llenó del brebaje oscuro y se dirigió a la alcoba del rey, cayendo a sus pies en medio de risas y rubores.

El rey no pudo contenerse ante una imagen tan plena de felicidad y probó aquella pócima que no era más que licor. De pronto, había subido también a las estrellas. Danzaron, rieron y se amaron. Ella reconquistó a su amante y la humanidad ganó el privilegio del vino.”

 

El vino ha estado unido a la historia del hombre desde sus orígenes. Así el hombre ha incorporado el vino a su vida social, a su vida alimenticia, comprobando cómo mejora el gusto de los alimentos y cómo le aporta una energía suplementaria; a sus prácticas curativas, al descubrir sus virtudes sanitarias; y, por fin, a su vida espiritual, al comprobar que el vino le eleva a un estado que le acerca a sus “divinidades”.

La cultura mediterránea es la cultura del vino. A España llega el vino desde las antiguas civilizaciones mediterráneas con los fenicios y griegos. Aún hoy, podemos degustar vinos semejantes a aquellos que se producían entonces: el “Resina”, elaborado en Ática, al que se le añade, durante la fermentación, resina del pino Alepo, o el vermut, similar al vino que tomaban los romanos, al que se le asociaban hierbas aromáticas.

En la cultura mediterránea, el vino se ha incorporado a la vida cotidiana. Se consume, principalmente en casa, junto a las comidas, y en familia. Alrededor del vino, se entablan las grandes conversaciones, que, probablemente, serían menos elevadas si nos faltara. Alrededor del vino, celebramos nuestras alegrías y mitigamos nuestras tristezas. Sin vino, no hay una buena comida, y quizás "la comida no es más que una excusa para beber buen vino". Y alrededor del vino, también nace una cultura, la cultura del buen vivir, de gente civilizada que cree en la amistad y mira la vida desde un plano diferente.

Desde el principio de la humanidad, se sabe que el vino, producto natural y ecológico obtenido de la fermentación del zumo de la uva, tomado con moderación, es beneficioso para la salud. A lo largo de la historia, el vino ha sido utilizado como estimulante fuente de energía, e incluso en el tratamiento de diversas dolencias.