Lunes, 26 de octubre de 2020

La casa asomada

Los balcones de Salamanca, sostenidos con la fuerza de la piedra, florecen en las primaveras y se velan con las cortinas y los visillos de la vida recogida en otoño

 

Balcón en la plaza del Corrillo, junto a la Plaza Mayor

         A la casa asomada le han salido alas. Alas de piedra y de hierro para volcarse a la calle, echarse al vuelo. Los balcones de Salamanca, sostenidos con la fuerza de la piedra, con la ligereza de la balaustrada de hierro, florecen en las primaveras y se velan con las cortinas y los visillos de la vida recogida en otoño, el hábito provinciano de asomarse a los cristales, dibujar en el vaho el corazón de la calle, el deseo de libertad más allá de la casa.

         Encerrados con un solo juguete, en tiempos de confinamiento, la ventana, el balcón, se volvió espacio de privilegio, jardín secreto sostenido por nuestro anhelo de calle, calle, calle, calle. Y asomados al tiempo del encierro, el balcón abierto se llenó de golondrinas becquerianas, de nostalgias lorquianas, de vecinas que abren mapas y cosen como las de Alberti, porque a través del balcón todo parece hermoso y misterioso, esbozo de una vida que no vemos más que en el borde del escorzo.

         Al fotógrafo atento a los cielos de Salamanca le hablan los balcones con su espacio abierto a la calle. Es la forja de la belleza en las antiguas factorías de los Moneo o Maculet. Labores caladas que dibujan ovas, candeliers, flechas, hojas y volutas en el hueco del aire donde se sostiene la belleza de los barrotes antiguos. Sobre la pared secular, las barandas bellísimas de la forja salmantina son el encaje de la celosía, son el diseño novedoso de la modernidad. Geometría sostenida sobre el abismo del vacío. Los balcones se asoman a la calle, se elevan con alas de cortina y gasa, cierran sus párpados de persiana o reja y se convierten en testigos de la vida cotidiana, de la vida interior, de la vida retirada de la calle, protegida y cuidada en el hogar del que lo tiene.

         Cobijo y abrigo la casa, el balcón es el jardín al espacio abierto de las nubes, protegido del vacío con la baranda de piedra, hierro o cristal. Se asoma al abismo protegido de toda perturbación, pagando el canon municipal del espacio público que es casa elevada sobre la calle de todos. Balcones de tipo raso que engañan al pie que no tiene el acotado rincón de la calle; balcones altos, apenas entrevistos que la cámara fija, suspendidos en la nada, sin flores, sin sillas, sin tendederos del corazón. Balcones donde asomarse a ver pasar la vida, a esperar las rondas, los encuentros, las procesiones, los desfiles. Balcones donde amontonar lo que sobra, colgar una bandera o sacar al perro a olfatear el aire libre, calle, calle, cielo, nube, sol sobre las baldosas donde tenderse, sentarse, asomarse a mirar qué tiempo hace.

         Balcones majestuosos de piedra sostenida por los sillares de la historia. Balcones bordados con la rejería plateresca de una Salamanca que se curva en volutas de belleza. Balcones apenas sostenidos, balcones que son los ojos abiertos del cuerpo de la casa, recorriendo en nuestros barrios la cuadrícula repetida de los bloques de pisos… El balcón humilde, repetido desde donde un niño arroja un avión de papel, mensaje en una botella, avión que vuela sobre las cabezas, los coches, las gentes que no miran más allá de su trayecto… mientras el fotógrafo alza el objetivo hacia la casa que se asoma, balcón que vuela, mariposa del aire, alas de balaustrada, celosía calada de la belleza.

José Amador Martín, Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.