Aniversario

Ante el desprestigio general que muchas instituciones nacionales e internacionales están sufriendo al ser exigida la demostración de su valía y la prueba de su utilidad por una ciudadanía sometida a la tragedia de una pandemia imprevisible, muchas de ellas, en lugar de por el esfuerzo de superarse y servir el motivo de su existencia, han optado por el autobombo y la más inútil auto-historiografía, tratando de justificar su, ahora evidentemente inútil, pervivencia. Entre ellas, quizá la mayor, por su extensión, es la Organización de las Naciones Unidas.

En este desmoronamiento del llamado “orden internacional”, se han iniciado estos días los actos de celebración del septuagésimo quinto aniversario de la fundación de la ONU, y en las grandes pantallas del salón de plenarios de su edificio de Nueva York, la intervención telemática  de mandatarios de todo el mundo ha conformado una suerte de universal plañido por la situación sanitaria del mundo, y aunque algunos, inmunes a la emergencia y refractarios a la inteligencia, han aprovechado para remachar sus particulares afanes o utópicas intenciones, todos han cumplimentado el aniversario de la ONU como si ignorasen el fracaso del proyecto inicial de su fundación, y sus relojes se hubiesen detenido en la antigua época de la palabrería, lass fachadas y los protocolos.

Al margen de la parafernalia seudopacifista que tal conmemoración ha concitado en agencias de noticias, empresas periodísticas, dirigentes, políticos y analistas de todo pelaje, la vuelta a la actualidad de lo que es (debería ser), significa (debiera significar) y justifica (tendría que justificar) la existencia de la Organización de las Naciones Unidas, provoca de nuevo la deprimente sensación de inutilidad de una organización de tales dimensiones, la certeza de la parcialidad en su funcionamiento y ya indisimulada arbitrariedad de sus resoluciones, que llevan evidenciándose décadas, no en los literarios discursos ante el mármol verde de su tribuna, sino cada vez que su pomposo Consejo de Seguridad ha de enfrentar algún problema que interese o afecte a alguno de sus cinco miembros permanentes con derecho de veto.

Sin desprecio alguno a la labor humanitaria que  diferentes organismos de la ONU llevan a cabo desde su fundación en 1945 (sometidos, claro está, a concretos intereses geoestratégicos), se hace imposible justificar ciertas decisiones políticas de sus resoluciones, ciertas acciones militares por esa organización patrocinadas que, bajo los manidos argumentos de pacificación o atención humanitaria,  instauran regímenes y cambian gobiernos a la medida, apoyan opciones políticas concretas o dictan repartos territoriales y acciones globales, siempre en consonancia con los intereses, no de los países afectados sino de cada uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, a saber: Estados Unidos, China, Francia, Inglaterra y Rusia, es decir, los dueños de la Tierra.

El gran fantoche ciego en que se ha convertido la ilusionante idea de la ONU, va hoy dando tumbos por las cancillerías del mundo, intentando influencias que nunca en realidad tuvo. Cuestiones relacionadas, por ejemplo, con la permanente usurpación territorial del estado palestino, que son condenadas por resoluciones votadas por el plenario de la ONU, no son jamás aplicadas debido al veto que ejerce un país, Estados Unidos de América, sobre resoluciones firmadas por los restantes doscientos países. O, como otro ejemplo, el lamentable comportamiento de la organización respecto a la arbitrariedad e ilegalidad internacionales de las represalias tomadas por ese mismo país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, o la desorientación, inoperancia, negligencia y, consecuentemente, complicidad en los genocidios y escalofriantes comportamientos militares que tuvieron lugar en 1995 en la llamada “antigua Yugoslavia”, cuando los enfrentamientos, vetos cruzados, complicidades militares, incapacidades e intereses políticos, hicieron de la ONU un fantoche mirón ante una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX.

Recordar la incapacidad y, peor, la indiferencia ante las hambrunas africanas del último tercio del pasado siglo, consecuencia de las innumerables barbaries de los procesos de descolonización en ese continente; remitirse a las consecuencias de las guerras de Vietnam y Corea, u hojear siquiera la historia de los campos de exterminio de Camboya; rememorar el horror de Rodesia o las criminales dictaduras en Latinoamérica; nombrar Sierra Leona, Afganistán o, ayer mismo, Siria y los campos de Moria, Calais..., es pensar en la incapacidad de una organización internacional creada para preservar la paz, la justicia y los derechos humanos; una organización, la ONU, inútil hoy día para ejercer la principal función para la que fue creada. Pensar en los perseguidos sin refugio, los ocultos por el miedo, los desaparecidos, los torturados, los silenciados y los ninguneados por pensar y luchar por lo mismo que la ONU; pensar en Assange, en Falciani, en Snowden..., y pensar al tiempo en la Organización de las Naciones Unidas, en su carta fundacional, en sus brillantes frontispicios, en los discursos telemáticos que estos días se suceden en sus pantallas..., es como asistir a la celebración de una deprimente esquizofrenia social.