El cauce de los días 

Nos han mudado las costumbres, cambiado las efemérides, tapado la boca con la mordaza del miedo. Sin embargo, el otoño, pertinaz como la lluvia fina, constante como el atardecer cada vez más temprano, llega con su aviso frío, su manga larga, su olor a cuaderno nuevo, a página recién estrenada. Y en ese lugar donde solo venden fruta de temporada, entre los higos y las brevas y las primeras mandarinas ácidas, revientan de puro dulces, las uvas negras.

         Granadas del amor, cristal secreto, tomates tardíos, calabacines que dejaron crecer en el huerto del fin de semana hasta que se pusieron duros de tan grandes… y las manzanas sirven para hacer tarta, compota, paciencia y cuchillo ante la olla donde mi madre sueña con soles de membrillo y dulce que se reparte, laboriosa tarea.

         -¿Te llevas un poco para tu casa?

         De la cocina de mi madre siempre salía algo para que no nos fuéramos nadie con las manos vacías. Ahora es al revés, somos nosotros los que llegamos con la dádiva engañadora que nunca podrá devolver la suya: estaba a mitad de precio, es que compré dos kilos, mira qué bueno ¿Te dejo la mitad? Hice una tarta y te traje un poco, pero no está tan buena como la tuya.

         De la calle a la casa hay un peso que se come, que se comparte, que entra y sale. Y mi padre, las tardes de lluvia, baja y trae churros, o quizás se sienta generoso y suba el pan, él que nunca se ha ocupado de esas cosas. Bajar la basura, cargar con la leche, arrastrar el peso de las patatas… las mujeres como mi madre tienen un estigma en las manos de tantas bolsas de plástico como han acarreado para alimentar el hambre insaciable de una generación de atlantes.

         -Este todo lo ha echado en crecer.

         Mi madre le quitaba el cuscurro de la barra a los bocadillos de mis hermanos y ya, esos bocadillos enormes que alguno de mis alumnos saca al recreo mientras los otros se atiborran de bolsas que huelen a plástico. Los hay que rumian un chicle eterno. Los hay que sacan, pocos, una pieza de fruta, los hay que siempre tienen una moneda para la cafetería, y los hay, como mi hija, que a veces se dejan en casa lo que le preparan a las siete de la mañana. Y los hay que no traen nada. Nada.

         Mientras soñamos en otoño con el fuego del invierno y con las brasas de la carne, en mi casa seguimos el trasiego de bolsas y tuppers mientras nos comemos a dentelladas los días y las estaciones. De los litros de gazpacho a la sopa de cocido, de la lechuga a la escarola, de la cerveza al vino. Pasa el tiempo y muda la estación mientras nosotros, desorientados, encontramos remota vida en Venus. Es lo imposible, cercar, cerrar, confinar, acotar… vamos y venimos. Y comemos. Y el atardecer, en el pueblo, tiene una pátina dorada de tiempo. Se irán o no las cigüeñas… lloverá sobre la sementera. Y compartiremos el pan nuestro de cada día. Esa es la constante.  

    

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.