San Mateo. La tornaferia de 1943. Una burra y 50 reales

Mi madre se marchó ancá el señor Alfonso el Maruso a comprar fideos para el cocido de mañana y un poco de escabeche. “Algo tenemos que cenar esta noche”, dijo. Me dejó en la cocina con un rescaño pringado con tocino. Como estaba cansado y, al caer de las tardes de finales de septiembre, se nota un poco de fresco, me senté en el tajo de tres patas frente a la lumbre de garrobaza. En el morillo de la derecha, estaba el fuelle y, en el de la izquierda, las tenazas. Cocían unas patatas en un puchero de barro.

Yo miraba las llamas que saltaban de los cuatro palos de una carga, que compró mi padre en la plaza de la Leña. Era como si estuviera ardiendo un espantapájaros con los huesos de encina y el cuerpo de paja. Estando en estas, dióseme vuelta la vista y empecé a ver lo que tenía dentro de mi cuerpo. Digo yo que... como recordando lo que había visto la otra noche en Salamanca.

Se celebraba el día de San Mateo, 21 de septiembre, la Tornaferia. Yo estaba allí con mi abuelo José Antonio en una posada del Arrabal del Puente, sentados a la puerta tomando el fresco, con otro hombre forastero y otro muchacho. Por mi parte, no hacía más que mirar las luces de p´allí lejos. Me escapaba hasta la esquina para verlas más de cerca. Mi abuelo me reñía: “ven p´acá lebrel”. Yo volvía una y otra vez. Tenía como hormigas por dentro del cuerpo, en la barriga. Es como cuando quieres mear y no tienes donde. Y va el otro hombre y dice: “Déjalos que vayan hasta el puente. Anda, Antonio, (Antonio era su hijo, un muchacho ya grande), idos y lo veis de cerca.”

¡Qué guapo era aquello! ¡Cuántas luces! Se veía todo claro, claro como si fuera de día, como cuando sueltan tralla los relámpagos en las tormentas. Pensaba yo que el cielo tenía que ser una cosa así. Y es que no estaba acostumbrado a tanta claridad. Ahí, al lado, en las Cuatro Esquina, en la pared de la tía Isabel, la Carnicera,  luce una bombilla de cuarenta que, desde la puerta de mi casa,  parece la estrella de los Reyes Magos, por lo lejos que se aprecia. Eran fiestas y la música llegaba hasta el puente de hierro, donde estábamos nosotros. Decía el muchacho forastero que la banda tocaba subida al templete de la Plaza Mayor. Yo no sabía qué era eso del templete.

 Cuando volvimos a la posada, el hombre forastero le contaba a mi abuelo Churris la corrida que se había celebrado, por la tarde, en la plaza de la Glorieta. Los astados se habían criado en Portugal, en la finca de don Emilio Infante da Cámera y la terna la formaban Nicanor Villalta, el salmantino José Amorós y Antonio Bienvenida. Las entradas se podían comprar desde 8 pesetas, en ellas figuraba un número para la rifa que se celebró en el descanso. El premiado podría elegir entre una obra de arte del artista Mariano Benlliure,  o un sobre con 5.000 ptas. Estos detalles los leí en el cartel que estaba pegado en la esquina.

“Vamos, muchachos, con Dios me acuesto... que mañana hay que madrugar”. Mi abuelo se durmió enseguida. Estaba muy contento porque había hecho un buen trato. Los gitanos se habían quedado con el burro negro y bravío y, a cambio, le habían entregado una burra, un poco vieja me parecía a mí, y con el pelo cano, y a más le habían dado 50 reales. Yo no acertaba a dormirme porque me distraía con las luces del puente de hierro y con los ronquidos de los hombres. Por lo menos eran diez o doce, más el muchacho del que he hablado antes y yo. Unos llevaban el saco con la paja y la manta y otros, como a mi abuelo, se los arrendaba el posadero.

A la ida, hicimos el viaje en dos días; bueno en día y medio. Salimos de Macotera el lunes, día 20 de septiembre, al rayar el alba. A la hora en que el día de san Roque espantaban a los toros en los altos de la Carrallano. Lo decía la copla: “Los novillos vienen al amanecer...”. Me despertó mi madre muy pronto: “Vamos, que ya está aquí abuelo con el burro”. Me lavé como los gatos. Mi madre me puso la camisa con cuello Mao, los pantalones con los tirantes, calcetines y, creo recordar, que unas botas y un jersey. Estaba yo muy guapo con el hato de los domingos

Cuando llegábamos por la cruz de piedra en el camino de Tordillos, asomaba el sol de Salmoral p´allá; detrás del alto las Diez.  El sol estaba colorao, colorao como un tomate. Le daba vergüenza aparecer. No sé por qué, a esas horas, no hay casi nadie en ninguna sitio. Paramos en el prao, cerca del puente Angorrilla, donde está la zarza que inspiró a un macoterano aquel inmortal enunciado filosófico: “Los hombres pasan, las zarzas permanecen”. Almorzamos un  cacho y seguimos, después que mi abuelo guardara la bota de vino en las alforjas. Me montó, cogió el ronzal y tiramos p´alante, to tieso para la feria. Aquel burro estaba entero y cuando le daba el reniego era muy peligro. La fiebre de sábado noche ardía Troya, le daba la sacudida, cuando veía a una burra, y no había quien lo sujetara. El abuelo Churris le tenía miedo y, por eso, fuimos a la feria de Salamanca a venderlo o a cambiarlo por otro.