El don de la inoportunidad

Intento escribir sobre el grave y complejísimo fenómeno de la pandemia que estamos padeciendo, desde un punto de vista que no sea el de la política de partidos; no ejerzo ninguna política (salvo el acto de votar cada cuatro años) y soy consciente de que el punto de vista político solo habla de los intereses, objetivos o ideales del  modo deseado por un grupo de que funcione la sociedad.

Si alguien está interesado en profundizar en las raíces que sustentan nuestra sociedad del espectáculo e individualismo a ultranza, le recomiendo la lectura del artículo de A. Fernández-Savater “Necesidad y dificultad del encuentro”, publicado el sábado 19 pasado, en Diario.es.

Pero ocurre que ante un fenómeno sanitario tan grave como el Covid19, si el destino ha querido que aún uno no sea una víctima directa (contagiado, muerto o sumido en la pena por haber perdido a un ser querido) la realidad ofrece algunos espectáculos gratuitos en los que es imposible que el humor no aparezca. Como observando el espectáculo casi diario de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Ayuso y compañía. Todos estaremos de acuerdo en que sus actuaciones forman parte o están muy próximas a lo que el gran escritor Valle-Inclán definió como esperpento; ese modo tragicómico de encarar o actuar públicamente sobre un problema social.

Convencido de que el humor es la señal de que, una vez que lo sientes, ya no puedes dar a la causa que lo provoca la dimensión de lo serio, reconozco que desde hace tiempo eso mismo me ocurre con las palabras, acciones, decisiones y dudas de la Sra. Ayuso: soy incapaz de tomarlas en serio. Como a todos nos ocurre con el Sancho Panza cervantino o con el trío inmortal de cómicos “los hermanos Marx”. El humor es inevitable para el que lo siente: por más que uno se diga a sí mismo “no te rías, pues estamos ante un tema muy serio”, la carcajada, la risa, la sonrisa aparecen. Incluso siendo consciente de que estás siendo testigo de un disparate, de una injusticia o de decisiones que apuntan a lo trágico. Hay tantos disparates, situaciones tragicómicas en el “curriculum” de la presidenta madrileña, que sería interminable hacer la lista. Me quedo con tres: una de las primeras, su decisión de que la empresa de catering contratada durante el confinamiento para alimentar a los niños de riesgo social pusiera como único menú, durante meses, una pizza ( ni siquiera se le ocurrió una paella o un cocido madrileño, muchos más ricos en nutrición, a ella tan nacionalista y tan madrileña).

Una segunda situación esperpéntica ocurrió el día que abandonó la reunión convocada de presidentes de todas las CCAA para ir al aeropuerto a esperar un avión que traía, supuestamente, miles de mascarillas para la población de Madrid. El avión llegó sin las mascarillas, pero la foto inundó toda la prensa española. La tercera escena tragicómica ha sido la del viernes pasado, cuando después de muchos meses y días pasados gritando contra el inútil, destructor, rojo…presidente de la nación, Sr. Sánchez, le pide, casi con lágrimas en los ojos que acuda a su llamada de auxilio para ayudarla en el intento de frenar la hecatombe de contagios y saturación sanitaria que se cierne sobre Madrid y provincia.

El humor desenmascara la incapacidad intelectual, o general, de alguien que es responsable de algo que está muy por encima de sus capacidades. No tengamos miedo a reírnos (no se trata de sentir ningún odio ni ninguna falta de respeto, ni desprecio). La naturaleza humana es así: a veces la risa, el humor puede cambiar más que una imposible moción de censura. Quizás el Sr. Gabilondo, filósofo, lo sabe y por ello calla.