Lunes, 26 de octubre de 2020

Dulce nombre de barrio, Agustín Casillas

De sus manos, con la humildad y la cercanía de su trato y trabajo, salen los mediorrelieves que adornan la fachada de la parroquia del Dulce Nombre de María

         En el Alto del Rollo, a finales de los sesenta, el barrio era barro, calles apretadas de casas bajas, corrales y edificios que se alzaban para recoger a las gentes del campo que venían a trabajar a la fábrica de plásticos, a la de zapatillas de Tejisa… Ejemplos laboriosos de una Salamanca industriosa, modesta, de parejas jóvenes deseosas de casa, agua caliente, futuro para sus hijos, vida decorosa y digna asomada al río, casi en el campo cuya mies lamía los límites de una ciudad esperanzada, de una ciudad lenta, macerada en la fe de los mayores y de las nuevas ideas de los curas modernos, los curas a pie de calle, las gentes de la barca, el pez, el báculo que sustenta desde la cercanía y la humildad… Era la iglesia de los pobres, la iglesia obrera que ocupa un local como un pesebre en la calle Colombia y que se instala, Dulce Nombre de María, en los bajos del edificio alzado con el orgullo de la modernidad en el barrio más allá de la Prospe.

         Fue el sacerdote Helidoro Morales quien en 1967 hizo del local que mira al Alto del Rollo, la parroquia pequeña, la parroquia entregada, la parroquia solidaria que quisieron representar con el símbolo de una tienda de campaña… lugar de abrigo, de cuidado, frágil como una tela que el viento lleva de un sitio a otro allá dónde se necesite. Lejos de la eterna iglesia románica, de la filigrana gótica, de la hermosa mole barroca, las iglesias de los años sesenta, ladrillo y hormigón, eran un ejemplo de ese espíritu cercano al primer cristianismo, pescadores de hombres, símbolos sencillos, artistas de la tierra labrando materiales humildes con los que construir casas. Era el espíritu del nuevo concilio, limpio y lejos de todo adorno, cercano, a pie de calle, de casa, de barro, de ladrillo, de cemento con el que hacer comunidad laboriosa…

         Muy cerca, tan cerca de la iglesia de los curas solidarios en los bajos de una casa, vive el escultor salmantino Agustín Casillas. Cerca, muy cerca, en la calle de la Paloma, tiene su humilde taller de barrio que recreó en verso: Tú sabes, local de la Paloma,/ tú sabes, y también mis esculturas/ cuánto me cuesta sacarlas a la luz/ y cuánto amor yo dejo en ellas. De sus manos, con la humildad y la cercanía de su trato y trabajo, salen los mediorrelieves que adornan la fachada de la parroquia del Dulce Nombre de María. Símbolos litúrgicos limpios, de una sencillez extrema, como el espíritu que anida en los párrocos solidarios, en la iglesia obrera, cercana, abierta a la calle.

         Humildes como caricias sobre la piedra, florecen las sencillas corolas y hojas, nadan los peces, se alza la tienda de campaña que representa el cuidado solidario y precario, la montaña se cubre de flores, símbolo de la cercanía de la tierra y el cielo, la unión que eleva. La cruz es de una desnudez extrema, las letras, de factura moderna, nos recuerdan los tiempos vivos, jóvenes, revolucionarios de una iglesia en comunión con la gente de la casa, de la calle, del barrio obrero de la periferia. Ejemplo admirable de trabajo estilizado, sencillo, que debió recordar al maestro Casillas su necesidad durante años de ser escayolista y decorador antes que escultor, artista. Hombre de barrio, cercano y laborioso ¿Cómo no salir de su mano el símbolo que adorna las puertas de su iglesia? Ejercicio humilde que pasa desapercibido en estos tiempos de paso raudo y que recrea el fotógrafo con su gusto exquisito por el detalle.

         Este es mi barrio y me acompaña la mirada de Amador Martín, cómplice siempre. Su objetivo recorre enamorado las curvas de la Náyade que quiso el maestro Casillas, una vez montada la reproducción en otro vaciado, que se quedara en este rincón del Alto del Rollo que era su casa. Él la colocó en este espacio que baja hacia el río y se alza de puntillas antes de descender a la ribera de la Flecha, allá por la finca de los dominicos, por la carretera de Aldealengua. El Ayuntamiento le dio gusto al maestro y la Náyade, su mirada recogida hacia la pequeña rana que adorna su cuerpo de agua, está situada frente a la parroquia humilde de sus símbolos puros.

         Nunca tan necesaria esta tienda de campaña en la que refugiarnos del éxodo, del fuego, de la pandemia, de la pobreza, de la marginalidad, de la tristeza. Obreros fueron las gentes que, ahora mayores y solos, se refugian en los salones parroquiales del Dulce Nombre de María. En el proceloso mar de la vida, las palomas alzan ramas de olivo y los hombres del báculo suben la montaña hacia el cielo de las flores. María sigue teniendo el nombre más bello, más dulce, ideal femenino de una belleza que en la obra de Casillas es curva y delicadeza. Hay algo cercano, familiar,  en esta humilde pared tan nuestra. Y es el recuerdo eterno de un hombre bueno que habitó entre nosotros y llenó la ciudad de un arte que nos acompaña. En su paseo pleno de sentido, el fotógrafo se inclina hacia lo más pequeño, hacia la humildad de una pared… y es el disparo de su obturador, un gesto de reconocimiento hacia un tiempo de solidaridad, de hombres y mujeres fuertes, deseosos de vida y esperanza, de cambio, de comunidad, de alegría, paloma y obra que se alza, Agustín Casillas.

Amador Martín, Charo Alonso.