Martes, 22 de septiembre de 2020

Atapuerca o Congreso de los Diputados. Cuidado o Descarte. Cuidados paliativos o Eutanasia.

     Se queja el Papa Francisco de que nos enfangamos cada vez más en una contracultura del descarte. O sea, que “el sistema” está montado para que vayan subidos en el machito los fuertes, los ricos y los sanos, a ser posible jóvenes, mientras se quedan en la cuneta, perdidos en el desierto urbano o dando de comer a los peces carroñeros en las pateras naufragadas, los descartados.

     Pasados los meses de confinamiento han aparecido por estos barrios centrales caras nuevas de personas sin techo, aunque con nombre, muchos de ellos jóvenes, que vagan sin aparente rumbo de ciudad en ciudad y de recurso social en recurso social. Se intuyen –o te confiesan- historias personales de rupturas, derrotas y fracasos acumulados que se manifiestan ahora en patologías clínicas, sociales y mentales que, en algunos casos, han dado al traste con su dignidad innata o están a punto de hacerlo. De uno de ellos aún no he podido averiguar su nombre, porque tiene la neurona tan torcida por los reiterados consumos que ya no es capaz ni de decir su nombre; o pudiera ser que, en un último arrebato inconsciente de dignidad, no quiera decirlo, tanto se avergüenza de sí mismo.

     Los policías locales y nacionales conocen bien a todas estas personas, que son personas, por más que molesten; y molestan tal vez porque nos hacen de espejo de nuestra propia fragilidad, globalizada ahora por la pandemia global que nos azota, y que no solo tiene efectos sobre la salud física por el contagio y la enfermedad de la Covic-19, sino sobre cada persona en todas sus dimensiones, pero que se ceba con los frágiles de los frágiles, que tienen cara y ojos…y nombre, aunque este permanezca oculto en el fondo de su DNI, que ha perdido su chip en el penúltimo traspiés. Hablando con un policía un día de estos, sacó toda su experiencia y su frustración a relucir y sentenció, refiriéndose a una de estas personas sin techo: “a este le queda poco”. Y digo que sacó su frustración, porque su cometido y su vocación –de los policías, digo- son los de ayudar a la gente, también a los descartados por nuestra sociedad.

     Siendo realistas, el policía tenía razón. A muchos les queda poco. Es lo que hay. Otros caminan por el filo de la navaja, todavía con alguna posibilidad de reencontrarse a sí mismos, aceptar su vida, fracasada hasta ahora, y emprender nuevos caminos, que no serán los que soñaron, pero serán dignos.

     Esto del descarte no es cosa exclusiva del lumpen, de las personas sin techo y sin nombre. Lo hemos vivido y sufrido durante las primeras oleadas de la Covid-19 en las residencias de mayores. La mayoría de las familias han sufrido ante la imposibilidad de acercarse a sus mayores, con la tragedia de saber que muchos han enfermado, han empeorado, han fallecido y han sido enterrados o incinerados solos. Pero no nos engañemos: algunos de ellos llevaban confinados desde hace años, sin ningún rostro familiar que echarse a los ojos y a los brazos. Será que las condiciones laborales y sociales son ahora así y no queda más remedio. O será que hemos equivocado el camino y nos hemos dejado llevar por el tsunami del individualismo y la insolidaridad y hemos descartado a muchos de nuestros mayores.

     Los paleontólogos que investigan el origen y la historia de nuestra especie descubren en los huesos fósiles cosas sorprendentes, por ejemplo que en alguno de los huesos hay evidencia de fracturas antiguas que lograron soldarse. No es pequeña cosa e indica que, cuando nuestros antepasados eran recolectores y cazadores y no tenían campamento fijo, esa persona que había sufrido una fractura, que normalmente hubiera sido su sentencia de muerte, sin embargo la comunidad, la tribu, había cuidado de ella, con medios intuitivos y primitivos, y la había protegido durante meses hasta su plena recuperación. De modo análogo otros huesos fósiles hablan de malformaciones en algunos individuos que les pondrían muy difícil el caminar y no digamos correr para escapar de los depredadores y que, sin embargo, con la ayuda del grupo, habían llegado a adultos. También hay evidencia de asesinatos y brutalidades en las que nuestra especie siempre ha sido especialista.

     Pero ¿por qué algunos de nuestros antepasados reaccionaron cuidando al individuo frágil y enfermo y otros lo hicieron asesinando? Unos y otros se enfrentaron a un dilema moral y respondieron de distinta y contrapuesta manera. ¡A ver si va a ser que no hemos avanzado tanto! O que cada uno de nosotros, cada grupo social, cada Órgano legislativo, tiene que enfrentarse a los problemas y a las crisis, en cada época y momento, con tecnología paleolítica o digital, y dilucidar el dilema moral de cuidar o descartar.

     Eso está ocurriendo justo en estos momentos, finales del verano del 2020, en nuestra conciencia, en nuestra sociedad y en el Congreso de los Diputados: ante el hecho indudable, mostrenco, de que todos hemos de morir y de que la mayoría vamos a enfermar, hemos de decidir, una vez más, entre el cuidado y el descarte. Todavía está la pelota en el tejado, pero todos los indicios muestran que estamos eligiendo por el descarte: el Congreso de los Diputados está dando luz verde a la tramitación de la Ley de Eutanasia, el Congreso de los Diputados no ha querido considerar la elaboración de una Ley de Cuidados Paliativos, de los que solo disfrutan el 18% de los enfermos graves que los necesitan. Y la Sociedad, amedrentada tal vez por la Covid-19 y sus consecuencias económicas y laborales, y silenciada por la propaganda política omnipresente, calla y, por lo tanto, otorga su voto, sin que se lo hayan pedido, ni haya podido participar en el debate, a favor del descarte. Volvemos a Atapuerca…o a la Ley de la Selva, la del más fuerte. ¡Lástima! Ahora que el sexo antes llamado débil está empoderándose a marchas forzadas…