Miércoles, 28 de octubre de 2020

Las caras del agua 

“Es la sorpresa cotidiana, el secreto de lo más recóndito siempre al alcance de nuestra mirada. Y es el fotógrafo el testigo privilegiado de lo más oculto”

Al fotógrafo Amador Martín no solo le acompañan las estatuas quietas en sus paseos por la ciudad de piedra. Las caras de agua, los rostros de la fundición de los canalones que se alzan en las calles, humildes y dedicados a su tarea desde comienzos del siglo XX, le ven pasar en su quietud de arroyo detenido. Son los adornos de lo práctico, la forma de cubrir lo necesario. Bajantes y canalones que dirigen el tráfico del agua, se cubren de sorprendentes rostros, geometrías, flores y hojas con un propósito no solo ornamental, sino simbólico.

         Quieren las fundiciones marcar su diferencia con moldes que emulan las medievales gárgolas de las catedrales y en ocasiones, las tradiciones populares y el sempiterno regusto grecolatino. La Venus Cloacina, la diosa que purifica y santifica la Cloaca Máxima romana, es una deidad de origen etrusco que representa la pureza y que, situada a la altura de los ojos del paseante, nos recuerda la importancia de lo más humilde: evitar las pandemias y contagios gracias a la higiene y a la eliminación de las aguas residuales de la ciudad.

         Quisieron los Moneo e Hijos, la fundición que marca a fuego nuestra edad de hierro, elegir un rostro que probablemente sea la diosa romana de lo limpio, hojas y flores en el molde de Vulcano. Las “cares d´aigua” valencianas que representaban antiguas tradiciones y leyendas, ornaban la ciudad del Turia con sus gestos grotescos, aprendidos de las gárgolas que arrojaban fuera aguas y diablos en la catedral medieval. Su valor no solo era práctico y ornamental, también servían para alejar los demonios, el mal de ojo y todo tipo de males. Eran los centinelas ciertos de la limpieza, la asepsia, el valor del cuidado… ese mismo que ahora nos piden mientras el agua limpia aquello que no vemos, río oculto por el hierro de bajantes y canalones que canta tras las caras de agua, sonido ahogado por el tráfico y el paso de la gente a la que mira la diosa con su voluntad de alejar el mal por todos los medios.

         Quiere la fundición que su tarea se conozca y marca su nombre y su constancia. De ahí que el rostro probable de la diosa sea un ritornello de agua en los recorridos del fotógrafo que recoge los diversos grados de oxidación de un material de otoño. Humildad necesaria en las paredes de la hermosa, de la pétrea, de la letrada ciudad plateresca que se ofrece a su objetivo como un descubrimiento interminable. Son las bajantes de la diosa latina Cloacina o Cloacia, humilde y necesaria, fija en la retina de quien la descubre sorprendido de su presencia constante en los muros donde la columna de la modernidad, del urbanismo, florece en forma de hojas, líneas acanaladas, flores y caras. Es la sorpresa cotidiana, el secreto de lo más recóndito siempre al alcance de nuestra mirada. Y es el fotógrafo el testigo privilegiado de lo más oculto. Y nos lo ofrece en un primer plano sorprendente, es la importancia constante de lavarse, cuidarse, protegerse… herencia de un pasado que sigue velando por la ciudad, Diosa inmutable.

Amador Martín, Charo Alonso.