Lunes, 28 de septiembre de 2020

Amores divinos V: La Bella, el Bueno y el Malo. Afrodita y Hefestos

Sin duda la pareja de hoy es la más loca y extravagante de todo el Olimpo. La diosa de la belleza y la sensualidad y el dios lisiado, enfermizo y grotesco repudiado por sus propios padres.

En el Olimpo todo era belleza y perfección, por eso cuando Hera y Zeus vieron a su nuevo hijo, Hefestos, feo, pálido y enclenque, se sintieron tan avergonzados que para deshacerse de él lo arrojaron a la Tierra de los mortales. Una semana entera tardó en tocar el suelo en la isla de Lemos. Allí, la oceánida Tetis y su hija Eurínome lo encontraron malherido y conmocionado. Recogieron al pequeño dios y sanaron sus heridas, pero nada pudieron hacer por una de sus piernas que quedó afectada de una irreparable cojera.

Hefestos creció sano junto a sus salvadoras al tiempo que desarrollaba una increíble habilidad para los trabajos de orfebrería y el forjado de armas asombrosas, fruto casi con seguridad, de su divina imaginación. Las flechas de Eros, el casco que hacía invisible a Hades, las sandalias de Hermes, el tridente de Poseidón, el carro del dios del sol, Helio;  incluso los rayos de Zeus fueron creaciones suyas. Para sus madres adoptivas fabricó innumerables joyas, diademas, pulseras, anillos, broches, todos ellos hermosos y repletos de piedras preciosas.

En una fiesta, Tetis lucía uno de esos incomparables broches. Aquel broche deslumbró a Hera, que le preguntó quién era el artesano capaz de crear algo tan bello, a lo que la hija de Urano y Gea, contesto que era obra de Hefestos. De inmediato Hera pidió a Zeus que lo invitará al Olimpo.

Enterado el dios del fuego y la fragua, supo que su momento había llegado. Comenzó a construir un gran trono de oro con el que quería dar una lección tanto a su madre como a su padre. Llegado el día se presentó en la casa de los dioses con un sillón construido con tales filigranas de oro y decorado con tal cantidad de joyas que todos los asistentes quedaron maravillados y Hefestos invitó a su madre a sentarse en él. Nada más hacerlo Hera quedo atrapada por el cuello, las manos y los pies sin posibilidad de levantarse, ante la sorpresa de todos los presentes.

Zeus ordenó a su hijo que la liberara, pero Hefestos puso tres condiciones para hacerlo. La primera, ser incluido entre los dioses que viven en el Olimpo, la segunda contar con una fragua en todos y cada uno de los volcanes del mundo y tener como ayudantes a los Cíclopes, y por último, que le fuera concedida la mano de Afrodita. El padre de los dioses no pudo negarse y todo le fue concedido, Hera quedó libre y tuvo lugar el singular matrimonio. Pero la unión de la diosa más bella y glamurosa con el deforme dios herrero no pintaba bien. Y así fue, porque a Afrodita le faltó tiempo para buscar otra compañía y sedujo al apuesto y fornido dios de la guerra, Ares.

Hefestos se enteró pronto del adulterio de su esposa (se comentó que fue un chivatazo de Apolo) y urdió su venganza. Tejió una finísima red de hilos de oro prácticamente invisible que colocó sobre el lecho conyugal y le dijo a Afrodita que esa noche tenía mucho trabajo y no podría volver hasta el amanecer. Al caer la noche la diosa recibió deseosa a su amante confiada en que podrían disfrutar ambos de una larga velada. Hefestos regreso sin ser visto y sabiendo que Ares encargaba a su servidor Alectrión avisarle antes del amanecer, hizo caer sobre este un profundo sueño[1]. Al salir el sol la red cayó sobre la pareja de amantes que quedaron inmovilizados sin poder liberarse. Hefestos entonces llamó a todos los demás dioses olímpicos para que pudieran ser testigos de la ofensa que había sufrido, pero el escándalo que pretendía provocar no fue tal. Muchos dioses afirmaron que se cambiarían con gusto por Ares con tal de disfrutar de una noche con Afrodita, sólo Poseidón le prometió que ambos pagarían por aquella ofensa, pero nunca fue así.

Hefestos pensó en repudiar a su esposa pero era un ser compasivo y esperaba que su esposa hubiera aprendido la lección porque él la amaba de verdad y deseaba perdonarla. Y es que por más desagradable que pudiera ser su aspecto y sus poco cuidadas maneras, su noble carácter, su generosidad y su buen corazón terminaron por ser apreciados por todos, bueno por todos no.

Afrodita nunca aprendió la lección y le fue infiel muchas veces. Entre los dioses tuvo relaciones con Hermes y también con Dionisos cuyo fruto fue el bello Príapo, dios protector de los jardines, vides, abejas y rebaños. Pero sin duda fue Adonis el que siempre trajo de cabeza a la diosa.

Adonis, el dios eternamente joven era hijo de Mirra y de su propio padre, Ciniras rey de Chipre, un amor incestuoso que, se cotilleaba, fue provocado por la propia Afrodita para castigar a la muchacha por presumir de ser la mujer más bella tanto entre los mortales como entre los dioses.

Sobre la muerte de bueno de Adonis hay varias versiones, pero la más poética cuenta que el celoso Ares transformado en jabalí hundió sus afilados colmillos en su pecho. Afrodita, tal vez para calmar su mala conciencia al conocer lo sucedido, espolvoreó néctar sobre las heridas del joven y cada una de las gotas de su sangre se convirtió en una pequeña y hermosa flor roja llamada anémona[2] que por primavera el dios del viento del oeste, Céfiro, arrastraba para sembrar con ellas los jardines del Olimpo.

Entre sus amores con mortales el más sonado fue el que tuvo con Anquises, un pastor troyano, de cuya unión nació Eneas[3]. Este una vez destruida la ciudad de Troya viajó hasta el centro Italia y se asentó en El Lacio.

Por cierto Hefestos nunca repudió a su esposa, estaba loco por ella, y muchos dicen que con el tiempo, mucho tiempo, Afrodita terminó por reconocer que, si bien no podía decir que llegó a amarle, sí que le agradaba estar a su lado y gozar de todas las atenciones que le dispensaba. Y es que el amor siempre debe tener su punto de locura, tal y como el dramaturgo español Jacinto Benavente dejó escrito: En asunto de amor los locos son los tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos porque aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca.

 


[1] Ares convirtió a Alectrión en gallo, para que siempre avisara la salida del sol

[2] En la Grecia antigua su nombre significa «la hija del viento».

[3] El largo viaje lo cuenta Virgilio, poeta del siglo I, en La Eneida que escribió por encargo del emperador romano Augusto, narró sus aventuras en La Eneida de esta forma el origen mítico del pueblo romano queda emparentado con el griego