Martes, 22 de septiembre de 2020

Todos somos la vida 

En uno de los versos de ese poema memorable del mexicano Octavio Paz, titulado “Piedra de sol”, uno de los poemas largos más hermosos de nuestro idioma, publicado en 1957, el autor nos asevera: “Todos somos la vida”.

Es verdad. La vida de cada uno, por vías que nunca podríamos sospechar, se conecta con la de todos, influye en la de todos. Todos, sin saberlo ni acaso sentirlo, vivimos las vidas de los demás y los demás viven la nuestra.

Es lo que vienen a plasmar expresiones y conceptos como el de los vasos comunicantes, en la física, o ya, en la esfera de lo religioso, el del paulino cuerpo místico.

Todos somos la vida. Esta misma semana que concluye fallecía un hombre humilde leonés. Se llamaba Pepín, con ese diminutivo dialectal, que, en su caso, obedecía también a su talla escueta y baja. Vendía fruta y verdura en un puesto de quita y pon en el mercado semanal de la capital leonesa, en la plaza mayor.

Cuando me acercaba los sábados por la mañana hacia ella, lo veía diligente organizando su puesto, atendiendo a los paisanos y paisanas que se acercaban hasta él, o, por las calles aledañas y estrechas de aquel entorno, transportando algún pequeño encargo que le hubieran hecho.

Llegué a entablar conversación con él. Nos saludábamos cuando nos veíamos. Éramos de la misma edad, dato que llegué a saber, porque en alguna ocasión llegó a decirme el año de su nacimiento.

Soñaba con jubilarse y, a partir de que llegara ese momento, realizar algún viaje, pues apenas había llegado a salir de su tierra y a darse algún pequeño lujo. Era una de las cosas que, en más de una conversación de las pocas que mantuvimos, llegó a repetirme.

Hace ya unos años, en su comarca, la leonesa de La Sobarriba, cercana a la ciudad, muy vinculada por vota con el santuario de la Virgen del Camino, legué a verlo (y creo que a fotografiarlo) vestido de capa parda, junto con otros hombres de su pueblo, que llevaban la indumentaria, en una celebración procesional, que recorría varios de aquellos pueblos, en honor de la Virgen del Camino.

Aquellos humildes campesinos, Pepín entre ellos, con sus capas pardas, en aquel rito religioso, parecían hidalgos leoneses, con su porte circunspecto, su recogimiento y su sobriedad.

Era como una unamuniana imagen de intrahistoria, que podría haber pintado el mismo Ignacio Zuloaga. Entre aquellos campesinos anónimos, estaba Pepín, el vendedor de fruta y verdura en el mercado semanal al aire libre de la plaza mayor leonesa, que pasó por la vida como un soplo, o –como dijera el mismísimo Shakespeare– como una sombra.

Esta misma semana que termina, en una esquela del periódico provincial, se daba noticia de su fallecimiento y de sus honras fúnebres. Se acababa de ir del mundo a los 66 años. No sabemos hacia qué viaje.