Lunes, 28 de septiembre de 2020

Salamanca sin ferias -Y la Glorieta cerrada-

“Público de toros, suma de subjetividades cuyo resultado es la infalible objetividad”

Dicen, que las añoranzas encierran tristeza: Pienso sin embargo que, añorar es rendir un tributo al recuerdo de las cosas agradables que de uno se han ido alejando, y que tal añoranza del pasado, tiene un natural sentido espiritual.

Si bien es verdad, que pasaron aquellos tiempos tantas veces evocados, en que por las calles y avenidas que conducían a las plazas de toros, se llenaban de curiosos, para ver el ir y venir de los concurrentes al coso taurino, que ya de por si constituía un agradable, bullicio, alegre y pintoresco espectáculo que dejaba constancia, que nadie era ajeno, ni podía sustraerse a una tarde de toros. El gentío tomaba posiciones en puntos estratégicos de las calles, balcones y aledaños de las puertas de cuadrillas para ver y al ser posible cruzar la mirada, sonrisa o el saludo del matador del matador más o menos ídolo o figura, que lograba adueñase de su atención. Era aquel un arte de ese espectáculo gratuito, callejero, tan vistoso, tan alegre y tan simpático. Es por tanto verdad, que la fiesta de los toros, además de incertidumbre, seriedad, cogida y grito angustioso, nos ofrece vistosos momentos que captan la bondad, la luz, el colorido y no pocas veces la auténtica alegría.

Hay en la historia de esta plaza de toros, diversos hitos que señalan las épocas de la misma. Al mismo tiempo hay en el desarrollo de su protagonismo en la Fiesta un enorme caudal anecdótico y episodios más o menos trascendentales, que han contribuido a formar un ambiente determinado a través del tiempo.

No me atrevo a pronosticar que, otros tiempos taurinos sean mejores o peores – sino que son otros -. Lo que si puedo afirmar, es que hace muchos años, y desde que la Mariseca anunciaba los carteles de feria, y toros en Salamanca, comenzaba a vivirse un desasosiego en sus gentes, incluso, su estado de ánimo era más desenfadado y gracioso. Aquella Salamanca en ferias, donde era imposible sustraerse del ambiente el día de corrida, y donde todo el mundo terminaba yendo a la plaza. En sus aledaños, había tanta gente fuera como dentro, iban a ver cuanto fuera posible, a oír el vocerío de los ¡oles! O el grito trágico de la cogida, vitorear la salida a hombros de los triunfadores, o simplemente ver pasar el coche de toreros y cuadrillas.

Era aquel transitar de Plaza Mayor a Plaza de Toros, el vocerío ¡a la plaza eh, a la plaza! Autobuses destartalados llegaban de los pueblos cercanos repletos. Aquella estampa de la avenida Torres Villarroel en tarde de toros, donde en la conversación de caminata, no se hablaba más que de la corrida, a veces conservando el hervor del entusiasmo y comentario apasionado, lances, incidentes, faenas de los diestros, ritmos de la lidia, juego de los toros. En ocasiones, la frialdad, el hastío, el cansancio y el silencio de la muchedumbre, era todo un curso de desencanto. Los que esperaban el desfile de público, notaban por las medias palabras, en los gestos y ademanes, cual había sido el resultado de la tarde.

Siempre habrá quien mantenga, que puedan ser las mismas o mejores ¡Pero aquellas tardes de toros se han borrado por completo y para siempre! Y los que conocimos esos tiempos lo hemos de sentir. Después de estos apuntes, la Glorieta  en el transcurrir de su historia, no lucirá sus galas, no correrán sus toros la arena luciendo sus divisas, no brillaran los trajes de luces de los toreros, no habrá un Septiembre de color ferial.

Un toro traicionero en modo de pandemia, un toro invisible, que ha llevado y lleva la muerte con un ahogo cruel, y que no morirá a espada en presencia pública. Pero si, nos seguirá llenando de temor, angustia e incertidumbre, por eso grito: ¡… Por Dios que acabe este año…!.                    

Fermín González - Salamancartvaldia.es     (blog taurinerías