Lunes, 28 de septiembre de 2020

Un derecho fundamental: la libertad religiosa

 

 

 

 

 

 

 

   

     Está claro que ahora lo que nos preocupa es la salud. Salvaguardar la salud de todos, sobre todo en tiempos de pandemia es y debe ser responsabilidad y tarea de nuestros políticos, de toda la sociedad, de cada uno de los ciudadanos y mía.

     Pero la salud es un derecho relativo. Quiero decir, que la salud tiene muchas componentes y solo se logra consiguiendo un equilibrio de dimensiones aparentemente contradictorias, lo que no resulta fácil.

     Pondré un ejemplo: hay padres que quieren tanto a sus hijos, o tienen tanto miedo, o ambas cosas a la vez, que están dispuestos a no enviar a sus hijos al Colegio. Puede que tengan razón. Pero eso no es lo que piensan algunos expertos muy conocedores de los niños y muy comprometidos en preservar su salud. Me refiero a los médicos pediatras. Llevan días diciendo que es necesario enviar a los niños al Colegio precisamente para mejorar la salud de los niños. O de otra manera, en general, perjudica más a la salud de los niños quedarse en casa que ir al Colegio, a pesar del riesgo de contagiarse…o de contagiar. No imagino yo a los pediatras como señoras o señores irresponsables e estoy seguro de que han colaborado en la elaboración de protocolos de salud para que la vuelta al Cole de los niños y adolescentes sea lo más segura posible.

     Hay muchos niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, mujeres o varones, que pueden enfermar no solo por la Covid-19 sino por aburrimiento, soledad, incertidumbre llevada en solitario, sin poderla compartir con sus amigos, con su tejido social. También pueden enfermar por desorientación, o por no encontrar sentido a sus vidas a base de tanto aislamiento prolongado. Los derechos humanos de todas esas personas son una red muy delicada que puede estirarse, tensarse y tensionarse, pero que no debe romperse. Hay derechos, y deberes –que ahora están menos de moda- que parecen contradictorios de otros, sobre todo en tiempo de pandemia. Esos derechos se pueden suspender temporalmente, pero no definitivamente, salvo en las dictaduras, y los responsables políticos y todos los ciudadanos debemos intentar un equilibrio en su ejercicio si no queremos que nuestra sociedad enferme gravemente.

     Durante el confinamiento se suspendieron o se limitaron gravemente algunos derechos, pero ha sido necesario moderar esas limitaciones porque si no, por ejemplo, la economía se hundiría hasta el colapso y el hambre, o el estrés acumulado durante el confinamiento, sin unos días de descanso, podría acabar con la salud mental de muchos. Cerca hemos andado y muchas personas y familias, desde luego, han tocado fondo. Como siempre, la clave del arco es la prudencia política, procurar causar el menos daño y buscar el mayor bien posibles. La proporción y la prudencia son virtudes políticas necesarias, aunque escasas hoy en día por lo que se ve.

     Debo denunciar y denuncio que en punto a un derecho fundamental, el de la libertad religiosa, la Junta de Castilla y León no ha actuado, a mi juicio, con proporcionalidad y ha actuado imprudentemente, con el resultado, no buscado, de lesionar un derecho fundamental: la libertad religiosa. Por poner solo algunos ejemplos: en los cinco mil metros cuadrados (y muchos más metros cúbicos, que son tan importantes o más en esta pandemia) del complejo catedralicio de Salamanca solo puede haber un máximo de 25 personas, todas con mascarilla, distancia social y lavado de manos, excepto durante tres segundos a la hora de comulgar, cosa por cierto no obligatoria. En un restaurante menos amplio, cerrado, puede haber cinco mesas de seis comensales cada una, treinta personas en total, con la distancia social adecuada, sin mascarilla durante mucho más tiempo que tres segundos, pues el almuerzo o la cena, como es normal, duran mucho más tiempo que la comida eucarística.

     Una de las eucaristías de Primera Comunión que teníamos programado celebrar en la Purísima –con capacidad para unos ochocientos feligreses sentados en tiempos “normales”- durante este fin de semana, tuvimos que trasladarla a un jardín privado –naturalmente al aire libre- en las afueras, para que pudiera acoger a los 50 familiares y amigos de los niños (6,25% del aforo máximo de La Purísima). ¿De verdad que hubiera sido peligroso para la salud ese desaforado aforo del 6,25%? Hubiera sido curioso ver a los 50 en la foto “de familia” ocupando la magnífica escalinata de acceso al presbiterio guardando la distancia social aconsejada. Ese día, camino de La Purísima precisamente, en una terraza cercana a nuestra maravillosa Plaza Mayor, pude contar 53 personas, guardando las distancias reglamentarias y con sillas y mesas libres, de modo que, al aire libre hubieran podido concentrarse allí, sin incumplir la ley, 100 personas. O sea, al aire libre, en terraza, sin mascarilla a la hora de tomar algo, pueden estar 100 personas, pero en una celebración eucarística, también con distancia social y sí con mascarilla, solo 50. A mí me suena a desproporción.

     Creo que los pediatras tienen razón, pensando en favorecer la salud de los niños, en animar a los padres a mandarlos al Colegio. Y creo que tengo razón a la hora de reclamar de nuestras autoridades autonómicas un poco más de proporción para ejercer el derecho de libertad religiosa. La salud espiritual y mental de una parte no despreciable de la población está en juego. Y, por ende, la salud democrática de una sociedad abierta.