Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Pupilas blancas, Manuel Marcos Robles: miradas que sanan

“Sobre la mascarilla, la del prestigioso cirujano oftalmólogo salmantino Manuel Marcos Robles, se demora en los mapas, en la geografía de un viaje que quiere que veamos”
Manuel Marcos Robles presentando su libro en una entrevista a SALAMANCA AL DÍA | Fotos: Carmen Borrego

Hay miradas que curan, miradas sabias, miradas plenas de ternura. Miradas que sanan. Sobre la mascarilla, la del prestigioso cirujano oftalmólogo salmantino Manuel Marcos Robles, se demora en los mapas, en la geografía de un viaje que quiere que veamos. Por eso ha escrito el testimonio de su experiencia en Nouadhibou, África, miradas con pupilas blancas, un libro que no solo es el relato de una experiencia personal vista con humildad y sosiego, sino una manera de ejercer la medicina desde la generosa lucidez.

¿Cuál es el principal objetivo de este libro?

Dar a conocer una realidad cotidiana de la pobreza de África que se escapa a cualquier visitante en rutas turísticas: por ser pobres sufren enfermedades y en el campo de la oftalmología sufren ceguera por patologías evitables, como son las cataratas que les dejan ciegos porque no hay oftalmólogos que les puedan operar. Yo he colaborado en mi viaje de acción humanitaria con la Fundación Jorge Alió para la Prevención de la Ceguera, fundación que necesita más fondos para mantener activo el hospital que han construido en Nouadhibou, un hospital bien equipado pero que no tiene especialistas que desarrollen actividad quirúrgica con continuidad. En ese hospital de allí se puede hacer la misma cirugía que aquí, la misma oftalmología que hacemos en nuestra clínica de Salamanca si contara con médicos formados. Ese hospital oftalmológico, Centro Kuwaití Municipal Nouadhibou Visión (edificio Yacoub al Nafisi), funcionó a pleno rendimiento durante 2019 solamente durante una semana; en lo que va de este año 2020, ninguna. El segundo objetivo, tan importante como el primero, es por tanto recaudar fondos para mantener más activas las instalaciones de las que ya se dispone en Mauritania.

¿No ha funcionado el Centro por culpa de la pandemia?

Claro. ¿Quién va a querer ir en esta situación? Tampoco estarían permitidos los viajes, obviamente. Hay que conseguir estabilizar a profesionales allí, en Nouadhibou. Ahora, en este momento en el que posiblemente se pudiera viajar, no sabemos lo que va a pasar ni siquiera lo que está pasando. En este contexto, no te puedes ocupar de ir a África. Estas expediciones cuestan mucho dinero. En nuestra semana africana, viajamos 14 personas y dos más trabajaban en la organización desde Alicante, se invirtieron alrededor de 140.000 euros para costear los gastos de los viajes, los salarios del personal mauritano necesario para nuestra labor (traductores, recepcionistas, vigilante…), equipamiento y material quirúrgico, intendencia y alojamiento, permisos y visado de entrada…

¿Era su primera “experiencia africana”? ¿Qué le llevó a decidirse?

Ha sido la primera, sí. Conocí en Casablanca, al Dr. Chahbi, oftalmólogo capaz de realizar 12-15 cirugías de cataratas por hora, y me pareció una técnica muy interesante para poder realizar muchas operaciones en esos países de África donde hay muchísimas personas totalmente ciegas por cataratas. Siempre he admirado en mis recuerdos profesionales la dedicación que mi amigo Luis Francisco Cuadrado, ya fallecido, tuvo para los ciegos de África. Aprendimos juntos las técnicas de cirugía extracapsular y él viajó muy pronto a Mekele, en el norte de Etiopía, donde en una misión de los Padres Blancos puso los cimientos del actual Hospital St. Louise Eye Clinic de Mekele y realizó durante años cirugía de cataratas y logró equipamiento para una moderna actividad quirúrgica. Empezó operando en chozas y en salas preparadas del convento y cuando la fundación ONG a la que se asocia hoy el proyecto presentó su libro Los ojos que no ven le ignoraron absolutamente, hecho que me pareció indignante. Claro que Luis no se prestaba a hacer fotos, estaba allí para otra cosa. A mí tampoco me gustan esas fotos que se hacen otros compañeros con los pacientes operados…

El altruismo tiene una parte de pose, quizás sea necesaria.

La hay, recuerdo de mi adolescencia, cuando ya tenía ilusión de ser oftalmólogo, un reportaje en una revista donde hablaban de los Fernández Vega que cazaban en África y trajeron a un niñito negro con cataratas congénitas para operarlo en Asturias y salieron en muchos periódicos. Me pareció publicidad de su clínica, pero ciertamente le salvaron de la ceguera. Alguien puede pensar que mi libro también es publicidad, pero si lo es, lo es del Proyecto para que quien quiera se ponga en contacto con la Fundación Jorge Alió para la Prevención de la Ceguera.

¿Cuál es el verdadero precio de un viaje como éste?

Podría deciros lo que dejé de ganar y dejó de facturar la Clínica por esa semana de viaje a África, pero es una renuncia implícita a la idea de ir allí a ayudar. He hablado ya de un coste de unos 140.000 euros para sufragar la expedición de 14 personas (oftalmólogos, optometristas, enfermeras, auxiliares), de dos técnicos que habían estado preparando los equipos en las semanas anteriores, una responsable de la expedición que coordinaba traslados, alojamiento, comidas, imprevistos y al personal del Centro local. Un cirujano viajó desde India y otro desde Egipto. Estimo que cada intervención podría tener un coste repercutido de 1000 euros y sospecho que sería más cómodo, más seguro y quizás más barato y eficaz traer en un avión a los pacientes a España. Viajas allí y ayudas; hay muchos pacientes ciegos, operas a algunos y pueden ver y vemos otros que no tienen solución posible, llegan con patologías como el glaucoma o retinopatía diabética y no pueden tener arreglo ni en África ni en Europa. El problema fundamental es que no hay médicos oftalmólogos; el joven oculista egipcio de la expedición se iba a quedar a trabajar en Nouadhibou y se le había ofrecido un sueldo cinco veces superior al que ganaba en su país de origen, pero sólo permaneció allí mes y medio… Vuelvo a citar a Luis que decía que hay que enseñar a alguien vocacional, que se quede ahí y no tenga argumentos para marchar a otro lugar…

¿El dinero que cuesta la expedición es mucho o poco?

A mí me parece una barbaridad pensando en lo que cuesta un viaje en avión. Se pueden traer a cien personas y en una semana están operados y se les devuelve y se les hace el seguimiento en la clínica de allí. En Nouadhibou se va la luz, por ejemplo, y no puedes hacer nada para evitarlo. Hay mucha más voluntad que infraestructura. Y la clínica tiene aparatos, algunos que no se utilizan. Y hay que pagar traductores, hay que pagar por entrar en el país. A Luis, la segunda vez que fue a Etiopía y llevaba una radio para estar conectado con su familia, se la confiscaron en la aduana; yo le dije “si a mí me hacen eso, me vuelvo”.

Qué terrible...

Allí en el aeropuerto, funcionarios militares vestidos de uniforme y armados te imponen respeto y cierta desconfianza. Haces los trámites del pasaporte ante esos militares y se pagan los derechos de un visado pese a la justificación de un viaje humanitario y altruista. Conozco colegas que van a Gambia, al sur de Senegal, y operan de cataratas a gente pudiente que paga las cirugías y además a pobres sin cobrarles, pero es un planteamiento con objetivos económicos diferentes.

No parece tan mal sistema

No sé, pero al menos no les cuesta tanto e incluso pueden ganar algo y no tienen el coste del dejar de producir en sus clínicas de origen.

¿África tiene remedio?

No. África no tiene remedio en mi primera impresión. Es una situación descabezada, un país descabezado. Mi amigo el Dr. Chahbi de Casablanca, que puede operar diariamente 60-80 cataratas, no cuenta con buenos especialistas formados allí, así que hay lugares donde los pacientes que no tienen quien les opere y por eso se quedan ciegos. En los años 80 se puso en funcionamiento el proyecto ORBIS de una ONG con un avión con quirófano en el que operaban y enseñaban a operar cataratas por diferentes aeropuertos de diferentes países. El mejor proyecto que yo conozco de África es el de Elena Barraquer que hace muchas expediciones y puede operar más de 500 cataratas cada año.

Hay que insistir en formar a la gente de allí.

Mi amigo Luis decía que si enseñamos a operar al que está en Mekele, en el norte de Etiopía, cerca de esos países que están una vez en guerra y otra también, se marchan a Adis Abeba a operar, porque una cosa es ver la miseria y otra, vivir en ella. No puedo hablar mucho porque he estado en la segunda población de Mauritania, un país que tiene una riqueza pesquera y minera importantes y no salí más que a caminar por el zoco/mercadillo y a cenar en casa de un mauritano que nos invitó. No salíamos de la clínica ni para comer y tomábamos un bocadillo y refresco o agua mineral allí mismo.

¿Volvería?

Si, volvería, aun sabiendo que es peligroso. Pueden contraerse enfermedades infecciosas, gastrointestinales (tres compañeros de expedición se vieron afectados); hace poco tiempo a cinco miembros de una ONG les han matado. Hay gente mala por naturaleza en todas partes, pero en África la vida no vale nada y hay gente a las que les chirría lo que hacemos; a los pacientes no, claro, pero a quien manda, sí.

¿No hay apoyo del gobierno de ese país?

El gobierno municipal anterior había facilitado que se construyera el hospital y lo hizo y financió un adinerado kuwaití, paciente y amigo del Dr. Alió, de esos que teniendo mucho dinero tienen ese espíritu altruista. Él financió el proyecto y como tenía buenas relaciones con el alcalde le favoreció. Cuando cambia la alcaldía, el nuevo no considera importante este proyecto humanitario, lo que repercute en la gente pobre y sufriente que se ve menos atendida. Aquí podemos tener crisis económica pero comemos todos los días. Allí la miseria es infinita.

¡Qué desastre!

Es un desastre social, económico, sanitario… colonizado desde el punto de vista médico por cubanos. Yo oí siempre decir que la oftalmología cubana era una maravilla, pero está varada en el siglo XX. Nunca hasta ahora había querido ir a África por las responsabilidades que tengo que asumir en nuestra clínica, pero ahora, cuando tengo proyectos para mejorar la actividad del centro existente en Nouadhibou, vienen estos líos del coronavirus. Tengo idea de volver y enseñar a operar al médico oftalmólogo cubano que trabaja en el hospital español (así le denominan) y que no hace cirugías; enseñar incluso al optometrista para entrenarle en cataratas en una figura creciente en África: asistentes del médico oftalmólogo

Siempre volvemos a  la necesidad de enseñar a los que viven allí

Es que hace falta. La gente, cuando sabía que íbamos, caminaba dos días de viaje para que les atendiéramos. Imaginad que os tapáis los ojos o simplemente los cerráis; notáis la luz de la habitación pero no veis, no podéis trabajar, no podéis comer… el desastre es total. En África, en India, en muchos lugares hay millones de ciegos por no poder ser operados de cataratas. No hay palabras para describir la miseria, la que viene del abuso político. Cuando vas a Marruecos y te enseñan por fuera los palacios del rey y aunque ves casas europeizadas no puedes dejar de ver miseria y pobreza cuando paseas un poco por las calles. Eso es África: cuatro que viven bien, incluso muy bien, y un pueblo que nada en la pobreza. Yo he visto siervos, no quiero decir esclavos, pero siervos sin ninguna duda, que te lavan las manos antes de comer, se inclinan ante ti, trabajan en las casas de gente que puede tenerlos y mantenerlos. Son los que vienen de países más al sur de donde están escapándose, que en su fuga y viaje a Europa pasan por ahí y encuentran un trabajo y subsistencia en su peregrinación a un mundo mejor. Es un servilismo que impresiona.

Luego nos extrañamos que se suban a una patera.

Nos contaban unos gallegos que tenían allí un restaurante que hay gente que engaña a esos inmigrantes, les cobra el viaje y los desembarca en el Sahara, diciéndoles que es España y que va a venir la Guardia Civil a por ellos y que salgan corriendo hacia la inmensidad del desierto… Se pierden y mueren, o pisan las minas que hay sembradas en los territorios del sur del antiguo Sahara español…

¿Les cobran por mandarles a la muerte?

Es que en África la vida no vale nada. Una de las primeras experiencias que aprendes es esa. Hace años me contó un jefe que tuve y que frecuentaba cacerías en África, que un guía les explicó que si venía alguien desconocido hacia ellos, le dispararan sin dudar; “Si no le matas, te matan a ti”

¿Nos gusta leer este tipo de cosas, saber la realidad de estos lugares?

Lo dudo. Ignorar estos problemas y circunstancias nos hace estar más felices con nuestro ocio y nuestras comodidades. He regalado ya un centenar de libros y habrán sido unas veinte personas las que me han transmitido que les ha gustado. He intentado en el texto ser tibio, sin hacer carne de la pobreza. Es una tristeza. De todas formas, no hace falta irse tan lejos para ver cosas tristes. Recuerdo que en Roma, junto a la zona del Panteón, mi hija dio una patada a una caja que estaba en la acera… y había un hombre dentro... Eso sí, se aprende muchísimo cuando vas a un lugar como África. Se necesita juntar mucho dinero para hacer el bien en África. Aunque pagues tu viaje y el de la gente de tu equipo, hay que comprar y llevar batas, gasas, guantes, paños, material para cirugía, lentes intraoculares, suturas, instrumental quirúrgico. La Fundación necesita fondos y material. Es una tristeza la dependencia. Y eso sí, cuando entras en la Clínica y ve a tanta gente esperando, y operas a muchos y le devuelves la vista,  merece la pena.

Es un relato luminoso, contado con mucha viveza y sin recrearse en lo malo.

Creo que la descripción no se recrea en nada. Eso sí, me quedé corto en la descripción del equipo. Si voy solo, poco o nada puedo hacer. Hay que ir en equipo. Es fundamental para hacer los trámites, necesitas apoyo, que todo esté coordinado para llegar sin problemas a un país de estos donde incluso tienes que pagar en cuanto pisas el aeropuerto aunque vayas a regalar tu actividad profesional de la que allí carecen. Parece mentira que vayas a hacer caridad a quien te maltrata; el paso siguiente es que te asesinen.

¿Ha pasado miedo en algún momento?

Sí, hubo un momento en que me quedé atrás en el mercadillo y me vi rodeado. Los guías-traductores siempre insistían en que no nos quedáramos solos. Me gustaría transmitir más optimismo, pero… es un desastre. Lo único positivo es que había personas, muchas, que estaban ciegas y ahora pueden ver.

Es un mensaje maravilloso, eso es lo importante.

Es milagroso, eso es lo que quiero contar en el libro, que salían viendo después de hacer esa cirugía que es tan asequible y sencilla para cirujanos expertos. Eso lo compensa todo, el viaje, las dificultades, que se fuera la luz, que no pudieras hablar con los pacientes porque a veces eran precisos tres traductores para pasar al francés los dialectos en que se expresaban. Yo soy un cirujano que hablo mucho con los pacientes y no podía hablar con ellos. Y en el caso de las mujeres no podía ni darles la mano para ayudarles a acomodarse en la mesa de operaciones…  Eso tiene que cambiar

Quizás la religión sea su único consuelo.

Es tremendo el papel del Islam en sus vidas; los rezos interrumpen el trabajo, los traductores van a rezar… Las mezquitas, la preocupación de los pacientes que te preguntan antes de nada si se pueden inclinar para rezar si les operas… Eso me llamaba la atención, verles esperar con su rosario, tasbih, en las manos horas y horas.

Las ilustraciones del libro muestran este cuidado para contar las cosas así, con cariño.

Después de criticar tanto las fotos que algo tienen de exhibicionismo o fetichismo facebookiano, no quería ponerlas, aunque en esas ilustraciones se reconoce a todo el mundo. Los dibujos le dan otro aire y ciertamente reflejan cariño y cuidado. Son de Paloma Badía, una gran artista que es hija de oftalmóloga.

Un libro para recordar lo afortunados que somos aquí…

Esa es la primera lección de África. Y hay muchas más. Por ejemplo, a mí me decían que recogiera gafas para llevarlas y siempre decía que no creía en eso porque la graduación podía no corresponder. Pero cuando venían pacientes podía coincidir o muy aproximadamente la corrección para él o sus acompañantes y el óptico adaptaba los cristales a otras monturas más adecuadas. Y mejor resultaban esas gafas adaptadas que ninguna. Y hemos dado más de trescientas gafas de sol que son muy necesarias allí para la protección de los ojos y de las córneas. Mauritania es el país de los hombres velados, velados porque usan un velo con el que se cubren la cabeza y el rostro para evitar el sol y el viento que lleva arena del desierto que les destroza la piel y las córneas de sus ojos.

Hay miradas generosas, miradas directas, miradas sabias. Ojos que escriben y describen miradas. Y que valen más que mil palabras, ahí, en el desierto donde se pierden los horizontes y la entrega de los hombres hace milagros… a pesar de las distancias, las arenas que hieren, la falta, la falta...