Lunes, 28 de septiembre de 2020

Alicia Población Brel, el violín estremece

Olga Manzano está contenta. Ha sido un máster hermoso, dice la mujer leyenda a quien los años suman perplejidades felices. Ella no para de enseñar seducciones.

Alicia Población Brel  ha vuelto, después de cinco años estudiando en el conservatorio de Rotterdam, para esto: para seguir indagando en sus posibilidades artísticas nuevas expresiones musicales, componer y cantar sus propias canciones, perseguirse a sí misma. Ha sido feliz también estudiando con Olga.

Al acabar esos cinco años en Holanda donde aprendió a vivir de otra forma diferente, cerró una etapa y empezó otra: esta donde su propuesta personal es seguir aprendiendo y creciendo.

En realidad no ha parado de nutrirse de estudio, trabajo, esfuerzo, experiencia. No solamente en Holanda sino en la Universidad de Salamanca, en el Conservatorio Profesional de Música de Salamanca, en la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca. Quizás aprendió de su padre y su madre que el talento es para quien  lo trabaja. De ahí este estallido tan natural como fértil.

No sé si cuando nació Alicia Población Brel había mucho dinero en casa de su padre, el escritor Félix Población Bernardo que llegó hace 27 años a Salamanca y en Salamanca se quedó para seguir persiguiendo la memoria histórica, su gran pasión. A su libro " La memoria nombrada", publicado por  El Viejo Topo,  seguirá pronto otro en el que desmenuza historias y  nombres.

Félix Población es un hombre tranquilo pero un escritor inquieto. Cuando trabajábamos juntos, él se puso a recorrer la España literaria, la conocida y la que no.  Es un lujo nacional en el terreno del periodismo cultural que ignoro si Salamanca aprovecha o todo lo contrario. No me atrevo a decir que habrá habido tiros por hacerse con su interpretación del oficio. Todo cambió tanto que no me arriesgo a más desengaños como cuando vi en la ventana del amor de los estudiantes un letrero que decía “Peluquería de señoras”.

He hablado de perras en casa cuando Alicia Población Brel llegó. Puede que sí, puede que no. Lo que respiró enseguida fue el aire de la cultura. No se puede esperar otra cosa de un padre escritor y una madre música. Posiblemente Alicia Población Brel se ladeó hacia la madre, Margarita Laura,  porque enseguida tuvo un violín,  regalo que sus padres le hicieron a los siete años (no sé si fue una buena idea, porque era una niña muy dada a las emociones y por la tarde me llamaron del colegio porque había vomitado las lentejas, dice Félix), el de la abuela Pilar, y a continuación llegó el suyo. Tres violines enseguida en su vida desde que emergió, despejan cualquier duda.

Estamos ante una violinista que cuando hace hablar al violín, el silencio se calla abrumado. Y hay como un universo de magia que envuelve la hondura. Y cuando conmueve con la leve profundidad alegre de una canción -pongamos que esa Risa de sal marina- el gusto por las cosas y la gente, el paladeo de todo, sube y sube de tamaño.

Y es que en Alicia Población Brel, aparte de un violín innumerable murmurador de juegos sagrados, hay una poeta a quien la música camela para la belleza popular: “risa de sal marina/ tiene tu viento/que da rumbo al camino/y aleja el miedo”. Poesía dichosa, corona de luz en la voz de Alicia Población Brel mientras se canta a sí misma.

Poeta su padre, música su madre, quizás no le hacía falta esta mixtura. Pero uno es lo que es por sí mismo, pero también por el aire que respira y no solamente trece veces por minuto. Hay músicos y poetas hijos del cielo, otros que vienen de viajes lejanos, pero es más fácil llegar al puerto si vives en el puerto: “en el borde del tiempo/cruza un anhelo/y abrazamos el aire/del mismo vuelo”. Ojos transparentes, amantes de las lejanías de cristal, los de Alicia Población Brel.

Alicia lloró cuando tuvo su primer violín chino. Lo sé por su padre. Y no me extraña porque es posible que haya en ella una heredad muy propensa  a las emociones. Y al compromiso con el amor por todas las músicas del mundo.

Cuando uno escucha el violín en Alicia Población Brel le nacen las ganas de comer un cachito de placer  en su mano, como los gorriones de la ciudad que perdieron el miedo a las escopetas  y están esperando el pan para el que no necesitan ni un mudo planeo.

Y es que dentro de Alicia Población Brel hay un granero de vigilias inquietas deseando salir fuera y enseñarse. Ella avisa que tiene diversas maneras para hablar consigo misma. Cuando a nosotros nos llega ese lenguaje feraz, la carne que ella proclama (“somos emoción y carne”) se nos sube a la cabeza. Bendita ebriedad.

Estoy de acuerdo no solamente con el universo bélico del violín de Alicia Población Brel sino con ella misma. “En estos tiempos de tiempo en los que necesitamos un poquito de poesía y un poquito de memoria”. Uff, claro que sí. No había oído una definición más cristalina sobre la emergencia de una tribu de seres humanos que perdieron pie. Y sigue metiendo el dedo en la llaga con una elocuencia sencilla que deroga cualquier intento de supresión o poltronería: “Siempre tendremos la necesidad de sentir”.

No se equivocó su padre cuando habló de las lentejas, las emociones, y el violín. Era demasiado chica quizás para adivinar esta volandera lucidez que no sepulta paisajes sino que los revive.

Alicia Población Brel está estrenando vida. Una vida de sonoridades donde canta a la poesía y el primer eslabón es dar voz y música a los versos de su padre, que despertó al poeta  para escribirle el poema “La alameda del Sil naciente” a la madre, Laura. En 2016 ya empezó a manar la fuente entre los álamos silvestres: la alameda de mis sueños/tiene las sombras muy altas/por eso cuando me asomo/al río que suena en ella/no hay más sol, que el de tu rama.

Eso escribió el padre, el mensaje lo recibió la madre, y luego la hija Alicia Población Brel cantó con el ansia con que se canta el mejor poema de amor. A la sombra de un  violín que estremece.