Lunes, 28 de septiembre de 2020

Amores divinos IV. Descender a los infiernos. Orfeo y Eurídice

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta, así veía el amor el filósofo y escritor estadounidense Sam Keen y así debió ver Orfeo a Eurídice para ser capaz de bajar a rescatarla hasta los infiernos.

Sin duda estamos ante uno de los mitos más populares, sonados e influyentes de todo el universo griego. Un mito de viajes extraordinarios, de oscuridades, de protagonistas fabulosos, de extravagantes acontecimientos y, sobretodo, de tragedia infinita. Un relato en el que muchos grandes escritores del Romanticismo como Víctor Hugo, Lord Byron, Goethe, William Blake, Allan Poe o la mismísima Mary Shelley, hubieran aceptado con gusto ocupar un lugar.

Orfeo era hijo de Apolo, dios de las artes y la musa del canto Calíope. Con tales progenitores a nadie resultó extraño que la criatura naciera dotada de una voz divina y enormes dotes para la poesía, lo más de lo más tanto entre los dioses como entre los mortales. Dicen que siempre estaba alegre, que sus canciones, acompañadas por una lira fabricada por Hermes que su padre le regaló, amansaban a cualquier ser viviente, dios, mortal o animal, hasta cuentan que con ellas podía cambiar el curso de los ríos o apaciguar una tempestad.

Jasón, sabedor de sus virtudes, le suplico que se embarcara con él en la búsqueda del Vellocino de oro, una búsqueda que les llevaría hasta el jardín las Hespérides. Orfeo cantó durante todo el viaje para alegrar a los argonautas[1] pero también para librarles de caer bajo el hechizo de las sirenas, ya que su voz era más elevada y más bella.

Al regresar de aquel legendario viaje muchos le pidieron que ofreciera un recital para celebrar el éxito y fue precisamente al finalizar aquel acto cuando conoció la bella Eurídice, una joven tan hermosa como tímida, de la que se enamoró perdidamente. Después de un tiempo, ambos comunicaron a todos su decisión de casarse. Y así lo hicieron en un día espléndido, claro y templado, con la asistencia de Himeneo, el dios del matrimonio, que bendijo la unión. Pero (¡maldita suerte de las divinidades!) la dicha en el Olimpo durar poco y sin tragedia no hay mito que perdure.

No sólo Orfeo había puesto sus ojos en Eurídice, también el envidioso dios de la apicultura Aristeo. Un día en que Orfeo no estaba en casa el pervertido apicultor trato de secuestrarla, la joven escapó corriendo hacia un bosque próximo con tan mala suerte que pisó una serpiente venenosa cuya mordedura le produjo una rápida muerte. Al ver aquello, Aristeo huyó rápidamente del lugar.

Cuando Orfeo conoció la noticia su desesperación fue inmensa. A todas horas lloraba por ella y aunque trataron de darle algún consuelo, resultó imposible. La muerte de su amada esposa, convirtió al hijo de Apolo y Calíope en su ser melancólico y sombrío, taciturno, inmerso siempre en un profundo y silencioso desconsuelo. Los días y las noches se sucedían como una condena de dolor eterno, hasta que tomó una decisión loca, una decisión suicida, pero que consideró la única posible. Si existía alguna posibilidad de recuperar a su esposa debía descender hasta el reino de los muertos.

Una vez informado por Hermes de que la entrada al Inframundo se encontraba cerca de un cráter a cuyo pie estaba la ciudad de Cumas, en el sur de Italia, se puso en camino llevando como único equipaje su lira.

Al poco de entrar en el oscuro pasadizo encontró al barquero Caronte, que al escuchar su bella voz y su triste música le permitió subir a su barca y cruzar la laguna Estigia aun sabiendo que no estaba muerto Tampoco Cerbero, el perro de tres cabezas guardián de las puertas, opuso resistencia alguna. Ambos fueron después castigados por Hades. Su canto logro incluso detener por unos momentos los eternos castigos que algunos titanes como Sísifo o Tántalo[2] soportaban.

Y por fin llegó ante Hades y Perséfone que conmovidos por su triste melodía le permitieron llevarse a Eurídice con una única condición, no debería mirar atrás hasta que ambos hubieran abandonado por completo el reino de los muertos, si no lo hacía así la perdería para siempre.

Orfeo acepto y, seguido de su esposa, se puso en camino. Eurídice iba tras él guiándose por el sonido de su voz y su lira, pero el camino era largo y la impaciencia del hijo de Apolo y Calíope iba en aumento. Cuando ya divisaba la luz de la salida temió haber sido engañado y volvió la cabeza para comprobar que su esposa le seguía, pero sólo alcanzó a ver como las sombras envolvían y arrastraban a su amada hasta que, por fin, desapareció.

Ya nada podía hacer, todo estaba perdido, su error le había arrebatado a Eurídice para siempre. Su tristeza era infinita, perdió las ganas de vivir y poco a poco, en su alma, fue creciendo un enfermizo odio y desprecio a todas las mujeres llegando a ofender gravemente incluso a las bacantes que acompañaba a Dionisos por lo que este predispuso en su contra a todas ellas. 

Orfeo construyó un templo e instauro un culto exclusivamente para hombres y allí ofrecía continuos festivales de música y poesía. Cierto día las mujeres de Frigia, por inspiración de Dionisos, acompañaron a sus esposos hasta la puerta del templo donde debían dejar sus armas. Una vez lo hicieron, ellas las tomaron entraron repentinamente en el recinto y mataron a todos los hombres incluido Orfeo. A este último le despedazaron y dispersaron sus pedazos a lo largo del país arrojando su cabeza al rio. Las mujeres fueron más tarde castigadas por Zeus y convertidas en encinas con raíces profundas para que no pudieran moverse nunca.

Cuentan que la cabeza de Orfeo llegó hasta el mar y terminó en la isla de Lesbos donde fue recogida y puesta en una cueva sagrada y allí profetizaba. Su fama creció tanto que sus adivinaciones competían con las del oráculo de Delfos, hasta que su padre le ordeno callarse. Desde entonces permanece en silencio, aunque muchos afirman que por toda la isla se puede escuchar su tenue susurro que continúa llamando a Eurídice.

 

[1] Se les llamó así porque el barco en el que viajaron tenía por nombre Argos en honor a su constructos.

[2] Por ejemplo Sísifo obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y tenía que empezar de nuevo. Tántalo fue castigado por Zeus a estar en un lago con el agua hasta la barbilla y bajo un árbol lleno de frutos. Cada vez que, desesperado, intentaba beber o comer, las raíces y las ramas le impedía moverse.