Lunes, 28 de septiembre de 2020

El silencio

Yo no sé, mi poeta  Ana Montojo, si la vida se acaba cuando cierran todos los bares. Lo que sí sé es que cuando doblo la bocacalle y me encuentro con el terrible silencio de esta que un día fue  taberna médula de una comunidad que negaba los vacíos, toso más y peor.

Aquí tres taberneras trotando generaciones de cuchicheos maravillosos entre cangrejos de río, amigos de fuera y de dentro, sucesos vestidos de memoria muda, cruz de navajas no por una mujer, ni siquiera por un renuncio en el tute cabrón, sino por una discusión. Aquí la sinfonía de todas las reconciliaciones, aquí el parlar los pensamientos para que el verbo se hiciera carne, aquí el amante ruido de las calles más limpias que el sol, aquí los niños omnipotentes entre sauces, setos, rosas, y farolas con vereítas de hierba, madre, para ir y venir jugando la bote boleiro.

Aquí el fragor de la vida que ahora se va para allá y se calla y se funde y se deja y nos deja una ternura de pueblo.

Aquí el silencio. Patria salvaje de todas nuestras pausas: va por vosotras, Pepa, Vega y Eva, puentes sucesivos entre los macizos ayeres donde fluyó tanta gente que hoy os añora como se añora toda una arrulladora zambra de latidos de amores que no volverán. Las tres merecéis romances y habaneras  mejor que la del puerto con sus eres alta y hermosa como tu madre, qué días aquellos de la juventud  y ese marinero vete a la mar, donde quería morir  Alberti con su novia  labradora de los huertos submarinos.

Novios. Aquellos que compartían una fanta de naranja en dos vasos  y ella protestaba porque el vaso de él tenía más. Y fue en la otra taberna donde Jesús, el tabernero cabal, anchas espaldas frente a las ruinas de su casa después, perdida la mirada frente a la inmensidad del agua, la vieja calle donde el eco dijo tuya es su vida, para luego  volver con la frente marchita, las nieves del tiempo plateando su sien.

Y sentir que es un soplo la vida.

Jesús, el admirable hombre de bien que nunca tuvo una palabra de más, se echó un sorbo de fanta de naranja del vaso del novio, los midió, y le dijo a la novia: ahora estáis los dos igual, a quererse, cuidarse en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe.

Las dos tabernas hoy guardan silencio como los secretos pasajes o las zarzamoras sombrías. Y las dos hablan desde su silencio el mensaje de paz de un pueblo donde nunca truena y han vuelto los nidos.

Y en este instante de silencio que cabe íntegramente en la mano veo a mi padre subir a la taberna de tío Atalá a suavizar sus bronquios con un chato y unos pececitos fritos que tanto le gustaban. De aquella taberna sólo queda el reclamo físico y la llamada al remordimiento del arco de la sinagoga y la ventana donde se aparecía la virgen, a la hora de la siesta.

El hijo que soy, en el nombre del padre que él fue, hoy disparo   contra el silencio de los mensajeros del conocimiento. Todos vivimos en un país carcomido por el silencio de la total corrupción que va desde la jefatura del Estado hasta el último mono que nos presta Gibraltar.

Ochenta años de silencio, todos supieron entonces, ahora saben, nadie habla, nadie escribe. Y este no es un silencio inocente como el de las tabernas muertas. Nunca el silencio estuvo mejor pagado. Parece que hasta el propio presidente del gobierno ha optado por ocultar al gobierno la gran escapada. Pobre. Cree que apagando una linterna acaba para siempre con el sol. El silencio sobre una crisis institucional, tapada por casi 50.000 españoles muertos en unos meses, no podrá jamás parar a millones de ciudadanos que perdieron un día su capacidad de reacción, y que ahora están ocupados en poner a salvo sus pulmones. Nada será igual cuando la tempestad amaine.

Tampoco servirá de mucho la frenética y asombrosa (por novísima) actitud de una monarquía que de forma inaudita ha salido de su burbuja a recorrer plazas, mercados, calles, fábricas, ciudades, archipiélagos del país tratando de lavar una imagen dañada por el ruido judicial y un desmembramiento tan terrenal como inútil. Demasiado tarde.

Toda la maquinaria mediática del Poder se ha puesto en marcha no para informar, sino para que no sepamos. Hace tiempo que la gente perdió también esa fe. Pero la información se escurre desde dentro y desde fuera, y hasta los indiferentes se pringan de lo que ocurre. El patetismo de disparar al aire buscando una profanación que distraiga pasó a mejor vida. Mucho estrépito para tan poco botín.

No hay tremendismo alguno al afirmar que asistimos en un silencio total a la descomposición del Estado. Creíamos acabados los años del cainismo que causó dolor y muerte. Y resulta que no. Que hay signos que indican que hay mini estados dentro del propio Estado. La policía patriótica haciendo su trabajo en las cloacas. Un gobierno que no gobierna  ni ante la impune actitud de 3.000 delincuentes dirigidos por un mamarracho. La gravísima situación personal  de algunos elegidos por los votos: expulsados por la ultraderecha de la casa de un amigo, antes el silencio tapó el escándalo de que las fuerzas de seguridad usaban el sistema de protección de su vivienda para espiar a la familia en tiempo real. La abogada que hace un llamamiento popular para convertir la vida de sus tres niñitos en un infierno, mientras gobierno, oposición, Fiscalía y medios de comunicación se ausentan también de este horrible delito de odio. La derechona que tiene coartada: los motines contra los desahucios de familias bajo la ley Zapatero. Entonces actuó la justicia ¿y ahora? Supongo que hay diferencia entre acosar a una familia que viven en su casa y  evitar que a otra la echen a la calle. Yo estuve allí, vengan por mí, pero vengan de uno en uno, ya saben que tengo una reputación tenebrosa. Un grupo privilegiado que se autodenomina salvador de su cultura intenta linchar a una ministra. Un locutor que convoca desde su radio al Ejército y la Guardia Civil a que repitan un golpe de Estado. Las comunidades sanitarias y educativas casi dejadas a su suerte. Tenemos 18 gobiernos que se lavan las manos. Todo esto y mucho más está pasando mientras no pasa nada. Salvo que el jefe del Estado durante los últimos 40 años ha huido del país.

Ecuación final del silencio: Don Juanito que llora, un judío francés antaño dueño de Turquía le consuela, el primer presidente democrático que asiente, un abogado que se juega la vida y la pierde más tarde concluido el trabajo, el país no lo sabrá y tampoco cuándo empezó el camino a la libertad,  el general genocida aún respirando pólvora de la mañana, un escribidor callado testigo, un libro que el escribidor no escribe y explica a la editora más importante de entones que vale más la lealtad que esa pila de dinero, y la editora que le llama señor al escribidor por las calabazas. Prohibidas apropiaciones indebidas si no es Rosalía. El escribidor avisa con su otro ojo biónico que todas las vidas son sagradas, también la suya. Y como está hasta los güevos, rompe esta vez su silencio: Ojo, que las calumnias traen consecuencias. Porque Trotaconventos ha cogido en brazos a un enano pensando que era un niño. Amos, amos, amos.