Podemos ofrecer esperanza

 

 

B. Häring remitiendo a P.T. de Chardin, afirma que el mundo pertenece, como un don, como un regalo, a los que son capaces de ofrecer la esperanza más grande a sus semejantes. Nosotros podemos ofrecer al mundo el mensaje de nuestra esperanza e invitar a todos a colaborar con ella, sólo si prestamos escucha también a las esperanzas del mundo.

El Concilio Vaticano II insistía en que las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres, son las alegrías y esperanzas, las tristezas y las angustias de los seguidores de Jesús.

C. Blumhardt observaba que en el padrenuestro no pedimos a Dios “llévanos a tu Reino”, sino “venga a nosotros tu Reino”. Sabemos que el Reino de Dios comienza ya aquí y, por tanto, “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra”.

El cristiano está llamado a transformar un mundo que se presenta con estructuras y formas de esclavitud y pecado. Mirando la realidad social en la que vivimos, podemos preguntarnos: ¿Este es el mundo creado por Dios? ¿Este es el mundo que Dios quiere?    El Vaticano II nos dice de que la espera de una tierra nueva no amortigua la preocupación por perfeccionar ésta. ¿Cómo hacer posible “ya” ese nuevo cielo y esa nueva tierra? El cristiano tendrá que ver qué tareas tiene que hacer, en todos los ambientes, para transformar el mundo.

El cristiano, lo decimos una vez más, tiene que ser fermento de luz y esperanza. Pueblos y personas que dicen no a la guerra y sí a la no-violencia; personas pobres que comparten lo poco que tienen con los que son aún más pobres; padres y madres que defienden la vida y dan la vida por sus hijos… Todos ellos son estrellas en la noche, rayos de la esperanza que necesita la humanidad.

Pero el ser humano no puede vivir sin esperanza y sigue aferrándose a todo lo que le prometa un futuro mejor. Y cuando falla la esperanza en Dios, puede conducir a considerar al ser humano como centro absoluto de la realidad, haciendo que ocupe el lugar de Dios.

En cualquier lugar, allí donde anida sufrimiento, hay un hueco para la esperanza.

La vida no es nada fácil. Ya Pablo VI afirmaba en su testamento que la vida es “dolorosa, dramática, magnífica”. A pesar de todos los pesares, hay que apostar por la esperanza, por esa esperanza que nace contra toda esperanza. Hay muchos signos de que el Reino de Dios está más cerca que nunca: hay hambre de justicia, de paz, de amor. Llegarán días en que los seres humanos serán más hermanos, hablarán la misma lengua y los conflictos se solucionarán en la mesa del diálogo. No está muy lejano el tiempo cuando la verdad se imponga a la mentira, y el desierto será vencido por la vida. El mundo camina lentamente, pero camina.