Sábado, 28 de noviembre de 2020

Amores divinos III: Ariadna y Dionisos. Poderoso amor

En esta ocasión la historia tiene un final más o menos feliz. Sus protagonistas son Ariadna y Dionisos. La joven dulce, inocente y enamorada y el dios de los excesos. La hija de Minos, rey de Creta, y el hijo de Zeus y la mortal Sémele, hija esta, del rey de Tebas[1] y la diosa Harmonía.

La historia de Dionisio, el Baco romano, es compleja. Zeus, en uno de sus múltiples escarceos amorosos, sedujo a la bella Sémele y la que visitaba cada noche en secreto. Pero los cotilleos olímpicos son frecuentes y su esposa Hera terminó por enterarse. Así que ni corta ni perezosa fue a hablar con la joven, transfigurada en una bondadosa ancianita y la informó de que aquel amante suyo no era ningún dios sino un hombre normal que se aprovechaba de ella.

Ojalá sea Zeus, pero ten cuidado. Muchos bajo el nombre de dioses penetraron en castas alcobas. No basta con que diga ser Zeus; que te dé una prueba de su amor, si es realmente él[2]. Le dijo Hera.

Sémele quiso saber cómo podría estar segura de no ser engañada por algún suplantador, a lo que Hera contestó que era fácil, bastaría con que le pidiera a su enamorado una demostración de que era un dios mostrandose ante ella con todo su esplendor y poder divino.

La joven, claro está, se lo pidió en cuanto volvió a verle y como Zeus estaba al corriente de su embarazo, no quiso negarse. Pero el contacto directo con el poder divino es peligroso para los mortales (bien lo sabía Hera) y la bella Sémele quedo fulminada por los rayos, truenos y vientos procedentes de la divinidad de su amarte.

El padre de los dioses consciente de la tragedia que había provocado, quiso salvar al hijo que esperaba y extrayendo el feto del seno de su madre lo injerto en su propio muslo para que pudiera cumplir el tiempo necesario de gestación. Finalizado el plazo, ordeno a Hermes que lo extrajera y lo llevara fuera del alcance de Hera. Esta es la razón de que fuera conocido como Dionisos, en griego, “el dos veces nacido”.

Hermes llevó al pequeño dios hasta los confines del mundo griego, más allá de Egipto, donde vivirá sus primeros años, siempre vestido de chica, para no levantar sospechas de la vengativa Hera. Su infancia y juvebtud la pasará rodeado de sátiros, faunos, centauros y, lo que es más importante, perfeccionando la técnica de lo que será su mayor aportación a la humanidad: la fabricación del vino[3]. La ambrosía divina que provoca el éxtasis, el exceso, las pasiones desbordadas y que le convertirá en el dios más seductor del Olimpo.

Su popularidad aumentaba de día en día, por fin Hera se enteró de su existencia y sembró en su alma la locura. Trastornado, vago por el mundo acompañado de su extravagante corte de seres siempre ebrios, hasta que llegó a Frigia donde la diosa Cibeles[4] se apiadó de él y lo sanó.

Ariadna, “la más pura”, tampoco tuvo una vida fácil. Hija del rey Minos y hermanastra del Minotauro de Creta al que Teseo mató logrando salir después del laberinto gracias a un ovillo de hilo que la joven princesa le había entregado a la entrada (el hilo de Ariadna) y fue desenrollando para marcar el camino de vuelta.

Unas versiones dicen que se marchó de Creta con el príncipe pero este la abandonó en la isla de Naxos (¿una “orden divina”, otra venganza de Hera?). Allí la encontró Dionisos se enamoró y se casó con ella. Otras afirman que el dios del vino, embelesado por su belleza, la raptó. 

El caso es que la relación entre la joven princesa cretense y el hijo de Sémele fue creciendo. El dios se sentía cómodo a su lado, no necesitaba el continuo frenesí en el que vivía rodeado de su delirante corte de bacantes, sátiros y faunos. No es que renunciara a sus exagerados hábitos, pero cuando deseaba paz, siempre la encontraba al lado de Ariadna.

Dionisos la amo, la amo porque ella no le adoraba como hacía todos los demás, simplemente le amaba tal como era. En su boda, el joven dios, regalo a Ariadna una diadema de oro fabricada por Hefestos y cuando su amada esposa murió, coloco aquella joya entre las estrella para que fuera recordada siempre. Hoy aún podemos verla si miramos al cielo con atención, es la Corona Borealis

Sólo una cosa quedaba por hacer al dos veces nacido, recuperar a su madre, Sémele. Así que tras concederle su padre el oportuno permiso, bajó a los dominios de su tío Hades, hasta lo más profundo del Inframundo y logro rescatarla del reino de los muertos para que viviera junto a los dioses con el nombre de Tíone.

Escribió William Shakespeare: ¡Oh amor poderoso! Que a veces hace de una bestia un hombre, y otras, de un hombre una bestia.

 

[1] En el reino de Tebas nacerán Edipo y Hércules.

[2] Ovidio Libro III de Las metamorfosis.

[3] Por eso la parra como uno de sus atributos y viste corona con hojas de vid.

[4] Ver colaboración anterior.